Nuevas alianzas políticas

Desde hace ya un tiempo se viene hablando insistentemente de un posible acuerdo entre el Nuevo Espacio y el Encuentro Progresista.

No se trataría –huelga aclararlo– de un retorno del partido liderado por Rafael Michelini al seno del Frente Amplio del que se había escindido en 1989, como en una nueva versión actualizada del Hijo Pródigo. No se ha planteado la reincorporación de ese grupo a la coalición de la que fue fundador, por lo que no hay riesgo de que sea subsumido por ésta; el Nuevo Espacio tiene su perfil propio y bueno es que lo mantenga.

La ruptura del PGP y el PDC con el Frente Amplio verificada en 1989 fue sin duda traumática para la izquierda nacional. No obstante, no se tradujo en una pérdida de votos significativa para la coalición de izquierda, que en las elecciones celebradas en noviembre de ese año aumentó en forma notoria su caudal electoral y obtuvo por primera vez el triunfo en Montevideo. El precio político-electoral de la escición debieron asumirlo pues los partidos escindidos: el PGP perdió una banca en el Senado y el PDC, el único diputado que lograra en 1984.

En la etiología de la ruptura hay sin duda una mezcla de factores. Sin negar el papel que jugaron los personalismos, bueno es reconocer que hubo –de parte de los grupos disidentes– un afán por aggiornar una izquierda que consideraban obsoleta y demasiado aferrada a comportamientos políticos autoritarios. Se trataba de ofrecer al electorado uruguayo una opción de izquierda menos dogmática, más independiente y, por tanto, más ‘potable’ que la ofrecida por la que ellos llamaban ‘la izquierda tradicional’.

El Nuevo Espacio surgió así a la vida política y a la lucha electoral como la izquierda renovada que marcaba distancia de la encarnada por el Frente Amplio. En definitiva, una opción que tendía más al centro del espectro y que podía resultar más tentadora para las mayorías silenciosas. De alguna manera, el Nuevo Espacio aparecía como pretendiendo llenar el vacío dejado por el Wilsonismo, fuerza que –desde los primeros golpes autoritarios del pachequismo hasta 1984 pasando por la resistencia contra la dictadura– se situaba claramente en una posición de centro-izquierda; este espacio había sido ocupado también –en otros tiempos– por corrientes batllistas.

No obstante, desde que (luego de la muerte del caudillo en 1988) el Wilsonismo se desintegró permitiendo el triunfo del Herrerismo en las elecciones de 1989, ese famoso –y a menudo codiciado– centro político fue siendo paulatinamente ocupado por la ‘izquierda tradicional’ en un fenómeno expansivo que se aceleró a partir de 1994 con la creación del Encuentro Progresista. No es que la coalición de izquierda haya tenido un corrimiento hacia el centro; parecería más bien que al concitar la adhesión de cada vez más electores se ha convertido en un partido policlasista capaz de ofrecer una gama variada de opciones: desde posturas radicales hasta posiciones más moderadas, coincidentes con el centro.

En este nuevo mapa político, la razón de ser del Nuevo Espacio como un partido independiente se ve un tanto desdibujada, y es lógico que se verifique un fuerte movimiento en su seno proclive a lograr alianzas electorales con un agrupamiento político al que lo unen, además de principios éticos irrenunciables, una misma visión de los problemas del país y el esbozo de soluciones a los mismos.

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