Si todo depende de la suerte

¿Para qué sirven los partidos políticos?

Las concepciones neoliberales, muy bien examinadas y criticadas, digámoslo de paso, en los documentos que sirven de base al «Plan Pastoral San Felipe y Santiago Siglo XXI» presentados por Monseñor Nicolás Cottugno, conducen por su lógica interna a la «eliminación de la política» como una actividad autónoma, específica de los ciudadanos en la que se expresan distintos partidos, es decir, diferentes corrientes de opinión.

Este rasgo de intransigencia apareció con singular fuerza a partir del resurgimiento de la aftosa y después del regreso del presidente Batlle de los Estados Unidos, al día siguiente de su inolvidable discurso en Quebec y la conversación mano a mano con George Bush en la que tantas expectativas se habían puesto.

Los movimientos de la cúpula nacionalista encabezados por el ex presidente Lacalle aparecieron visiblemente destinados a mostrar las diferencias de la actitud «solidaria y desinteresada» y sólo motivada en el fervor patriótico de los blancos, contrapuesta a la actitud negativa, supuestamente animada de «objetivos políticos menores», del Frente Amplio-Encuentro Progresista.

¿Cuál sería el razonamiento en que se sustenta esta gestualidad?

¿Cómo se entienden, más allá de la decodificación mediática, estos movimientos y estos ataques?

El problema de la aftosa, según esta visión, sería la consecuencia de una «fatalidad» natural, un problema de «mala suerte» ante un daño inevitable.

Algo similar sería el origen de los otros problemas que afligen al país: las trabas a las exportaciones uruguayas y las imposiciones de los mercados externos, la devaluación del real y las dificultades que paralizan al Mercosur,… todo sería una cuestión de «mala liga».

¿Qué es lo que desconoce esta interpretación?

Excluye la existencia de las líneas de acción política desarrolladas por este gobierno –y los anteriores– que han ido haciendo a nuestro país cada vez más vulnerable, tanto a los avatares del comercio exterior como a las calamidades sanitarias que atacan a la producción.

Se desconocen, por ejemplo, las decisiones plasmadas en el último Presupuesto Nacional que llevaron a desmantelar el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, tal como lo denunciara la oposición progresista en su declaración del pasado lunes 30.

Si el gobierno nacional concibe y aplica una política de desregulación y achicamiento del Estado ¿no se están echando las bases de la incapacidad nacional de resolver problemas como los planteados?

La crisis sanitaria ¿se debe a la mala suerte del desplazamiento de los virus o a determinadas concepciones políticas?

Tras la decisión de desregular, privatizar y achicar el Estado estuvieron y actuaron mancomunados blancos y colorados en el Parlamento.

Juntos aprobaron la eliminación de rubros y recursos para el MGAP, la privatización de Antel y la eliminación de decenas de mecanismos de controles de todo tipo.

Siendo que ambos partidos tradicionales, o de hecho, el partido-único-del-neoliberalismo, tienen la responsabilidad política del proceso de «reforma del Estado» no es de extrañar que aparezcan «solidarios» en la hora de las malas noticias.

A la vez a nadie debería extrañar que los representantes del «otro partido», el de la oposición progresista, no se sumen ni se mimeticen con la línea política impulsada por la coalición blanqui-colorada.

Si la inserción del país en el mercado regional e internacional fuera inamovible, si las pautas operativas del capital financiero fueran inmodificables, si los ingresos de las grandes fortunas fueran intocables, entonces no se justificaría la existencia de otro partido, de un partido de oposición.

Si, por el contrario, se piensa que hay otro camino posible de integración que no es «ir al pie» de George Bush tras el ALCA y presionar al Partido Demócrata de los Estados Unidos. Si se piensa que hay otra manera de recaudar que no es sólo a través de los impuestos que gravan al consumo. Si se piensa que la justicia social es un valor ético imprescindible en la construcción de una sociedad democrática, entonces, lejos de temer al aislamiento político, tiene sentido reivindicar la capacidad de la izquierda progresista de «ir contracorriente» y tiene sentido la lucha democrática entre los partidos.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje