El necesario debate político e ideológico
Alejandro Ventura
Desde el 8 de julio de 2000, cuando el Comité Central del Partido Socialista eligió como secretario general a Manuel Laguarda, y hasta fines de setiembre pasado, nos pudimos acercar a través de la prensa a lo que parecía ser la iniciación de un debate político e ideológico. En ese lapso, se sucedieron una cantidad de intervenciones por parte del flamante secretario –artículos de opinión, entrevistas, discursos– que prometían retomar el hilo de un debate de ideas al cual ya comenzábamos a desacostumbrarnos en las filas de la izquierda nacional. Sin embargo, sobre las propuestas de Laguarda ha caído un manto de silencio. A excepción de alguna referencia elíptica y despreciativa, que con adjetivos fuera de lugar pretendió descalificar la propuesta, nadie quiso profundizar sobre lo que aquél planteaba. Tal vez, volver a discutir sobre la «utopía» no resultaba fácil para una izquierda que se ha acostumbrado demasiado a debatir sólo cuando se trata de candidatos e imágenes electorales.
Lo novedoso del planteo de Laguarda, y esa es su gran virtud, consistió en aclarar que la izquierda no ha renunciado a debatir ciertas ideas estratégicas acerca de cómo realizar la utopía. No obstante, reconoció que en los últimos diez años las perspectivas de la izquierda le hicieron «bajar a tierra» el discurso, dejando de lado la referencia a la utopía o al proyecto final. Contra ese estado de cosas, básicamente, Laguarda sostuvo que:
1. «No renunciamos a la utopía, esa que planteaba una sociedad sin clases sociales y desigualdades, para llegar al reino de la libertad y la igualdad. La utopía planteaba la socialización de las fuerzas productivas y la superación de la propiedad privada de los grandes medios de producción. Eso lo mantendremos como el horizonte».
2. «La realización de esa utopía y valores será fruto de un larguísmo proceso histórico, que además deberá ser planetario… Un proceso de aproximaciones sucesivas, donde coexistirán distintas formas de propiedad: estatal, autogestionaria, privada y transnacional. Todas ellas reguladas por una programación democrática, que decidirá en cada paso cuál predominará sobre las otras».
3. El socialismo ha de ser «un proceso mediante el cual la democracia se extiende de la política a la economía y la sociedad». «La democracia radicalizada hasta sus últimas consecuencias es el socialismo», y el desafío en ese proceso es «cómo construir la igualdad en libertad».
4. La izquierda debe hacer dos tipos de oferta a la ciudadanía: una «material», relacionada con las cuestiones fiscales y macroeconómicas, y otra «posmaterial», relacionada con los proyectos de una vida buena. En este último sentido, dirigiéndose específicamente a los jóvenes, Laguarda defendió la pertinencia de que éstos se dedicaran a «construir un proyecto individual» (trabajo, profesión, inserción laboral, estudio, pareja, hogar), si bien los exhortó a «participar en la gestación de un proyecto colectivo», porque de lo contrario, de restringirse sólo a lo primero, «la vida es hueca y vacía».
No es poca cosa que la izquierda retome el debate de estos temas. Creemos que este tipo de discusión fortalece la unidad de la izquierda para luchar contra el neoliberalismo y para delinear una propuesta electoral progresista, mientras que, por el contrario, esa unidad se debilita cuando las discusiones son «forzadas», motivadas por fines meramente electorales o por posturas meramente testimoniales. Felicitamos entonces la iniciativa de Laguarda y queremos continuar ese debate. En este artículo consideraremos el primer punto reseñado.
Tras el desengaño con el «socialismo real» suele pensarse que todo intento de realizar en el mundo cualquier proyecto utópico conduce invariablemente al totalitarismo o al desastre. Luego, para evitar este tipo de derivación nefasta, se sostiene la conveniencia de que la utopía quede depositada en el horizonte, sacralizada en el reino de los cielos, lejos de la imperfección de la vida real. Es eso lo que hace Laguarda cuando recupera la utopía. Suponemos que de este modo pretende ahorrarse el dar cuenta de los fracasos y los desastres de los anteriores intentos de realización de la utopía, resolviendo la cuestión, de un modo simple, afirmando que «hasta el presente, nunca hubo socialismo». Consideramos que por esa vía los intentos de recuperar la utopía, algo loable en Laguarda, son inconducentes por dos razones: en primer lugar, tras esos fracasos históricos es dudoso que alguien se oriente en el sentido de la utopía si antes no se demuestra la plausibilidad de su puesta en práctica en la sociedad actual, aquí y ahora.
En segundo lugar, y esto referido particularmente a las nuevas generaciones, es necesario preguntarse: ¿qué razones tendrían los jóvenes para comprometerse en la actividad partidaria si la propuesta de construir una nueva sociedad es aplazada hacia un futuro indefinido mientras, en el presente, la política se aleja cada vez más de sus preocupaciones y conflictos cotidianos?
Esta modalidad de regreso de la utopía presenta otras características y dificultades que analizaremos en próximos artículos.
* Sociólogo. Miembro del Espacio Utópico Dodecá
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