Oficialistas enojados porque la oposición se opone

Es un signo característico de los tiempos. A los defensores del modelo neoliberal no les gusta que haya oposición a su gobierno. Así, las condiciones propuestas por el Presidente del Frente Amplio-Encuentro Progresista para participar en una reunión a la que lo convocaba el presidente Batlle, han desatado las iras mancomunadas de varios operadores políticos y periodísticos defensores del statu quo.

Es un tema por demás interesante para examinarlo con detenimiento. Muestra hasta qué punto llega la manida tolerancia de los «liberales», su grado de aceptación de otras propuestas.

Estas características para el debate político son coherentes con la pretensión del neoliberalismo de la existencia de «un pensamiento único», es decir, de una única alternativa ante los problemas de la realidad contemporánea.

Un elemento definitorio del pensamiento único es que no admite la viabilidad de otras líneas políticas que sean alternativas al modelo imperante, a su modelo. Cualquier «alternativa» es vista como una «ilusión» o como una «amenaza».

Los cultores del neoliberalismo son seguidores atentos de las necesidades de la ganancia, de las inquietudes del mercado, de las aprensiones de los inversionistas. Sus marcos de referencia se agotan ahí.

Para un gobernante afiliado a esta concepción no existe la desigualdad en la distribución de la riqueza, no existe el problema de la pobreza, ni las viviendas precarias; no existe la desarticulación de la familia obrera en las ciudades ni el drama social de los productores rurales golpeados por la falta de rentabilidad y las deudas. Todo eso no existe. Ni la inseguridad, ni las cárceles, ni los jóvenes internados en el Iname, ni las carencias de los hospitales de Salud Pública, ni los bajos salarios de los enfermeros, maestros y policías. Nada de eso les quita el sueño.

La preocupación –para nuestro buen cultor del neoliberalismo– es que el sistema financiero no se sienta amenazado, que los inversores se sientan seguros, que los organismos internacionales nos pongan su «aprobado» en el carné de calificaciones.

Es comprensible entonces que, si la desocupación no existe como problema, si los pobres no figuran en el mapa, si la noción de justicia no forma parte del sistema de valores que los motiva, no terminen de entender qué sentido tiene que exista una fuerza política que, justamente, entiende que no puede construirse un país sin tener en cuenta la situación de los más golpeados por el modelo y plantea unas propuestas y unos planes de emergencia destinados a resolver esas injusticias.

Una visión como esta es la que anima la labor del matutino El Observador. Un editorial de ayer 3 de mayo, no sin cierto simplismo candoroso, declara la intangibilidad de todo lo existente: en materia de sistema financiero, en lo que hace a los organismos internacionales, en el mantenimiento de la ganancia.

Cualquier cambio en materia tributaria o de política económica, cualquier intervención del Estado en defensa de los productores o del empleo traería aparejada la ruina nacional inmediata.

Esta óptica fatalista y unilateral, que puede estar en boga en las antesalas de algunos estudios jurídicos o de algunos bancos, es impresentable ante el conjunto de la sociedad.

El planteo de las derechas que nutre tanto al diario mencionado, como otras tesituras «ideológicas», se presenta como una mirada «objetiva» y «neutral». De las reglas de los monopolios y del capital especulativo se habla como dando cuenta de fenómenos naturales, inevitables, dependientes de «la suerte» o la divina providencia.

Situados en esa posición «negadora», ignorando sistemáticamente los problemas de las grandes mayorías, de espaldas a la pobreza y a las injusticias sociales, estos cultores del catecismo laico de los neoliberales ¿cómo van a entender las propuestas de una fuerza política que se presenta como «alternativa al modelo actual»?

¿Cómo van a aceptar a una fuerza política que como el Frente Amplio-Encuentro Progresista no cree que la injusticia sea una fatalidad ante la cual hay que prosternarse, sino una realidad social que es posible cambiar?

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