El problema vasco y la izquierda uruguaya

El lunes 16 de abril apareció en LA REPUBLICA, una entrevista al abogado Joseba Agudo, integrante de la Asociación Contra la Tortura y Gestoras Pro Amnistía en el País Vasco. La presencia de este visitante en Uruguay, según explicó él mismo, tiene unos cuantos motivos: exponer «la situación de tortura y violación de los derechos fundamentales en el País Vasco y en todo el Estado español», visitar a los ciudadanos españoles implicados en el recordado proceso de extradición; difundir lo que califica como «la otra cara del conflicto en el País Vasco» y ya de paso cañazo desenmascarar al juez español Baltasar Garzón («es un impostor«).

En realidad, leyendo la entrevista uno advierte inmediatamente que su preocupación por los derechos humanos cede incansablemente ante su interés por exponer «el otro punto de vista» sobre el problema vasco.

Este Agudo quizás tenga una visión equivocada acerca de la opinión de los uruguayos, y especialmente de aquellos que somos de izquierda, sobre el conflicto vasco. Sólo así, y seguramente confiando en la ignorancia de nuestra parte de lo que ocurre en esa sufrida región, es que se entiende que venga a nuestro país a hacer propaganda para una causa que hace que se nos paren los pelos de la nuca.

Es comprensible su confusión; el famoso incidente del Filtro, que trascendió fronteras, puede haber hecho creer a más de un despistado que en Uruguay hay una fuerte corriente de simpatía hacia la ETA. Si es así, entonces es mejor que se entere de que eso no tiene nada que ver con la realidad.

Quienes rechazamos la extradición en aquel momento, rechazamos el quiebre en la forma de utilizar una herramienta jurídica y humanitaria  el asilo político- que formaba parte de nuestras mejores tradiciones democráticas y que me atrevo a decir tiene mucho que ver con nuestra identidad nacional. Rechazábamos además las presiones de España en un tema cuya decisión correspondía a nuestra Justicia soberana y a nuestra sociedad toda.

Pero Agudo debería saber que los uruguayos no aceptamos aquello de que los fines justifican cualquier medio, y que así, tranquilos y tristones como somos, también somos terriblemente porfiados. Y que tenemos una tendencia natural a simpatizar con las víctimas y a repudiar los victimarios. Por eso fue que nos horrorizamos con el brutal crimen del joven Miguel Angel Blanco, por eso nos asombramos con la crueldad de ensañarse con las viudas de las víctimas (a quienes los cobardes etarras llaman anónimamente para pedirles que devuelvan la bala asesina), por eso nos solidarizamos con los miles de ciudadanos amenazados y con los docentes, artistas y periodistas que tienen que exiliarse ante el acoso etarra. Los uruguayos sabemos lo que es la persecución y el exilio. Sentimos, además, admiración por quienes enfrentan la barbarie y el peligro real del balazo en la nuca negándose a callar y a dejarse atropellar.

Es que quien conoce la realidad del País Vasco, no puede más que preguntarse si este Agudo nos cree obtusos cuando reclama que «el reconocimiento de que la soberanía popular radica en el pueblo vasco, y que es dueño y señor de decidir democráticamente si sus ciudadanos quieren estar en un proyecto dentro de España y Francia o si desean vivir en un país independiente«. En realidad, ese pueblo vasco vota abrumadoramente contra el proyecto que Agudo apoya. Y aunque la ETA y Herri Batasuna o las formaciones que los apoyan quieren imponer a la fuerza su opción de un Estado separado con fortísimos tintes racistas, el resto de los vascos, porfiadamente –es decir, a lo vasco– sigue sin apoyarlos. A pesar de los balazos en la nuca, de las amenazas permanentes, de la tortura psicológica hacia las víctimas, hacia sus familiares, y hacia todos aquellos que piensen diferente.

Indigna el cinismo tan descarado. Quienes luchan por la soberanía de los vascos han elegido en los últimos años como víctimas de su barbarie precisamente a sus representantes más directos y cercanos: a los concejales de los pequeños pueblos del País Vasco. Al vecino elegido por sus vecinos para representarlos ahí mismo, al que discute por el estado de las calles de su pueblo mientras regentea su bar, o su pequeño negocio, aquel a quien en realidad no le interesa una carrera política sino simplemente intervenir en las cuestiones de su pequeña comunidad. ¡Qué valentía, qué heroicidad deben tener estos guerrilleros heroicos para dar un balazo por la nuca a un viejo concejal de 70 años desarmado y luego salir corriendo!

El «problema vasco» no es el nacionalismo sino el terrorismo, unido a la xenofobia, el racismo y el dogmatismo más ciego y cruel que se haya visto desde Pol Pot. Es el «proyecto totalitario de secesión violenta», como lo llama Savater, hecho contra la mayoría mediante el miedo y la coerción.

Por eso, es que a los que somos de izquierda nos causa indignación y duelen especialmente los hechos del País Vasco. Matar por la espalda a viejos y heroicos periodistas (como el comunista José Luis López de Lacalle, preso varias veces por la policía franquista y asesinado hace poco en la calle por la ETA cuando llevaba en su mano las terribles armas de los diarios del día), matar a un respetado profesor universitario en su propia cátedra, asesinar a un viejo socialista que sólo intentaba mediar y acercar partes para buscar una salida, en fin, asesinar a sangre fría a buenos y nobles seres humanos de izquierda, centro y derecha por el simple hecho de discrepar, no tiene nada que ver con la construcción de nada, y sobre todo no tiene nada, pero nada que ver con el contenido de justicia y de humanismo que está en la base de la izquierda como proyecto político, social y ético.

Ellos se definen de izquierda. Me niego rotundamente a aceptarlo. Ellos integran ese espacio macabro, junto con el stalinismo y el polpotismo, donde el genocidio, la barbarie y la deshumanización simplemente deslegitiman sus ideas y los hermanan con la bestia parda del fascismo.

No, los héroes están del otro lado. Son aquellos que siguen resistiendo la barbarie sin más armas que la palabra y la paciencia. Son los Fernando Savater (enemigo público Nº 1 de la ETA: ¡nada más ni nada menos que un filósofo que se atreve a hablar!), los Miguel Angel Blanco, esos miles de ciudadanos, como dijo alguien, «víctimas de una guerra civil en la que no luchan. Sólo ponen los muertos». El partido de gobierno en el País Vasco, el Partido Nacionalista Vasco, en los hechos se ha transformado en cómplice de la situación y su mil veces denunciada debilidad para combatir la violencia callejera y su negativa a enfrentarse a la ETA ha dejado prácticamente solos a miles y miles de ciudadanos que simplemente piensan diferente.

Si este señor Agudo viene a denunciar violaciones de derechos de presos, bienvenido sea. Lo escucharemos y apoyaremos en la medida de nuestras posibilidades.

Pero que no nos quiera pasar gato por liebre. Que sabemos perfectamente quiénes ponen las víctimas y quiénes ponen las balas.

* Periodista y dirigente de Alianza Progresista, Maldonado  

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