¿Hay que mantener la boca cerrada?

Militares en rebeldía

Como es sabido, el semanario Búsqueda suele ser vocero de cierto tipo de noticias de la interna militar.

Hace unos meses, una crónica daba cuenta de los detalles de qué habían hecho los militares uruguayos y argentinos con Simón, el hijo hasta hoy desaparecido de Sara Méndez.

La noticia de este hecho criminal, una información de carácter conspirativo provenía, como es obvio, de unas supuestas «fuentes militares» que, permaneciendo en el anonimato conseguían, mediante el semanario que los ha apoyado y apoya, seguir incidiendo en la situación.

Ahora, en la edición del semanario del pasado jueves, la «información de fuentes militares» cumple el mismo papel de darle incidencia desde el anonimato a quienes, desde la reivindicación del golpismo y la dictadura, operan contra la legalidad democrática en el país.

La impresentable rebeldía militar se alza contra un proyecto de ley que ya tiene media sanción del Senado.

El proyecto de ley, ahora a consideración de la Cámara de Diputados, que suscita el «malestar» militar, apunta a la reparación moral de los militares que, por oponerse a la dictadura, fueron obligados a pasar a retiro por los mandos militares de la dictadura.

Se trata de un núcleo de militares de sensibilidad democrática que, de acuerdo a sus compromisos y juramentos de defender la Constitución, se mantuvieron contrarios al proceso golpista desencadenado en 1973.

De acuerdo con las modalidades como operaron «las purgas» en las Fuerzas Armadas uruguayas, no se trata en este caso de oficiales vinculados a la izquierda que respondían al liderazgo del general Seregni, sino de oficiales que se identificaban sobre todo con las corrientes democráticas del Partido Nacional y en otros casos del Partido Colorado.

El mecanismo operó a través de la aplicación del «Inciso G» de la Ley Orgánica Militar, aprobada por el gobierno de la dictadura en 1974, justamente para unificar a la oficialidad en torno al proceso autoritario.

El proyecto de ley aprobado ahora en el Senado opera en el sentido simbólico de la reparación del honor a los oficiales forzados a pasar a retiro en aquel momento.

Según Búsqueda, un oficial del Ejército se quejó de lo que llama «la injerencia indebida de los políticos en los asuntos de las Fuerzas Armadas».

Según dice el semanario «no se puede estar jugando con la jerarquía de los generales repartiéndolas a diestra y siniestra como se les antoja a los políticos. Esto significa un revanchismo injustificado que juega arbitrariamente con los principios y disposiciones que regulan la fuerza».

Las afirmaciones a que se hace referencia son serias. Tienen connotaciones sobre las que no es bueno hacerse los distraídos.

Los militares en actividad no disfrutan de un orden de soberanía propia desde el cual pueden objetar «la intromisión» del Senado de la República.

¿A qué se verían reducidas las facultades legislativas que la Constitución le asigna al Senado si los representantes de la soberanía popular tuvieran que pedirle permiso a los mandos golpistas del Ejército para legislar?

¿Qué clase de vigencia de la ley existe en el país que las prerrogativas del ordenamiento jurídico se detienen en la puerta de los cuarteles?

¿Qué clase de estatuto cívico detentan los oficiales superiores que reivindican a la dictadura que se colocan por encima del Senado e intentan marcarle el paso a la Cámara de Diputados?

¿Cómo se compatibiliza esta obcecada defensa del golpe de 1973 con los llamados a un «estado del alma» que propicie la reconciliación nacional?

¿Es razonable esperar la reconciliación con las víctimas del terrorismo de Estado y con los familiares de los desaparecidos cuando los oficiales golpistas en funciones en las Fuerzas Armadas no se han reconciliado con la Constitución, cuando todavía no aceptan que no están por encima del Parlamento sino que, como todos los funcionarios y todos los uruguayos, ellos también deben acatar las decisiones de las Cámaras legislativas?

Son temas para analizar.

También frente a ellos se puede hacer como recomendaba la gran murga: «Hay que mantener la boca cerrada».

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