El discurso del Presidente en Quebec

«Remoto o no, el peligro del Norte va adquiriendo perfil». Luis Alberto de Herrera, 1905, desde la legación uruguaya en los Estados Unidos.

Las expresiones del doctor Jorge Batlle en la reunión cumbre de las Américas del pasado domingo contienen algunos elementos previsibles, dadas la opiniones del mandatario acerca de la liberalización económica y sus hipotéticas virtudes.

Como era de esperar también, las desenfadadas palabras de Batlle en Canadá generaron reacciones disímiles, tal como la cobertura del diario plural, el único en publicar opiniones divergentes, lo registra en su edición de ayer.

Por un lado, el integrante de la Comisión de Asuntos Internacionales de la Cámara de Diputados, Arturo Heber, aprueba no sólo las expresiones de Batlle sino la línea que, en materia de política internacional, sustenta el presidente colorado.

Siendo que uno de los rasgos propios, distintivos, del Herrerismo es la reivindicación de la tradición antinorteamericana del doctor Luis Alberto de Herrera, las opiniones de Arturo Heber y la suerte de «cheque en blanco» en materia de política exterior que parece estar brindándole al Presidente Batlle, resultan por lo menos sorprendentes. Sin duda se trata de un planteamiento políticamente meditado, como estila el legislador floridense, o fruto de la constatación de que, en el marco de la coalición de gobierno en la que se encuentra el Partido Nacional, no hay lugar para «el orgulloso y quisquilloso sentido nacional» que según Quijano caracterizaba a Herrera.

Como era de esperar, desde el ángulo de la oposición progresista las opiniones han sido severamente críticas con el discurso canadiense del primer mandatario.

En nuestra opinión, y más allá de nuestra sustancial discrepancia con las concepciones neoliberales que Batlle defiende cada vez con mayor ahínco, varios tramos de su discurso de resultan inconvenientes: por ejemplo, el llamamiento para que los gobiernos, los dirigentes políticos, las cámaras empresariales, los sindicatos, e incluso la sociedad civil vayan a hacer loby a los Estados Unidos, frente a los legisladores norteamericanos de la oposición para que concedan a George Bush plenos poderes para llevar adelante el ALCA.

Con estas afirmaciones Batlle parece haber perdido la comprensión de en qué función, con qué tipo de representación él estaba hablando en la Cumbre de las Américas.

¿Qué noción de ciudadanía expresa un mandatario cuando recomienda a las fuerzas sociales y económicas que él representa ante el concierto de las naciones que protagonicen petitorios de esta naturaleza ante los poderes de otra nación soberana y hegemónica?

¿Qué sentido de la identidad nacional y de la pertenencia a un espacio político en donde la población ejerce sus derechos democráticos y su soberanía queda en pie a partir de este «pragmatismo» irreverente?

Tampoco resultan aceptables las expresiones de Batlle cuando alude a la urgencia de concretar el acuerdo del ALCA y llama a dejar de lado «los tiquismiquis como, por ejemplo, que alguien piense que esto es la invasión del capitalismo como si el capitalismo no hubiera invadido ya todo lo que tiene que invadir o suponga que vamos a desaparecer frente a los Estados Unidos como si ya no estuviéramos desaparecidos frente a las grandes naciones del mundo.»

Expresiones de este tipo resultan difíciles de empatar con las posiciones y estilos diplomáticos desarrollados tradicionalmente por el país. Tratándose, como se trata, de verdaderos virajes con relación a las prácticas de acuerdos regionales como el Mercosur o la búsqueda de la integración latinoamericana, las posiciones del Presidente aparecen sin los debidos procesos de examen y discusión por parte de las instancias políticas y parlamentarias.

También faltan los soportes en materia técnica, que permitan tomar conciencia de la naturaleza jurídica de los acuerdos que el país va a sustanciar.

Tampoco se conocen datos precisos acerca de las perspectivas comerciales y, más en general, de las previsiones en materia de estrategia económica que fundamentan el sarampión, más que norteamericano, «republicano», que parece haber aquejado al Señor Presidente.

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