Matrimonio gay, medios y comunicación
Saturado del bombardeo comunicacional acerca de la Ley de Matrimonio Gay, aprobada en la Argentina, sin el debate en contexto, que ameritaba la promulgación de tan trascendente Ley que modificará para muchos el espectro social de la vida en Argentina y al margen de todo discurso obsecuente y siempre a favor de la existencia cultural y personal de la otredad y de la diferencia, me decidí a escribir acerca de la total ausencia de naturalidad en lo que a la idea de «comunicación» se refiere, con que se trató desde los medios de comunicación el tema, diría hasta que parecía una puesta en escena compulsiva de una pieza teatral que debía a cualquier precio tener buena crítica y concurrencia y anuencia de toda la comunidad.
Mi cuestionamiento me lleva a anclar en esa supuesta naturalidad que pretenden en Argentina dar a la comunicación mediática, en una absoluta ausencia de cuestión de la idea del contexto, supuesto garante del tráfico comunicativo. Y en este espacio voy a situar mi principal interés: en la pregunta por la determinabilidad de ese contexto. Y de entrada me anticipo en mi intervención escrita en este caso y procurar mostrar que nunca está asegurada la determinación de un tal contexto, pues simplemente es inexistente, se instala y luego se grafica. De allí, mi interés por mostrar una cuestión central: en la insuficiencia teórica del concepto ordinario de contexto de debate, en este caso de la Ley aprobada, intentando una homogeneidad de opiniones, por demás imposible, pues hasta el más ingenuo y manipulado espectador, en este caso puede discrepar, coincidir, no opinar o simplemente desinteresarse del tema. De esta situación planteada semana a semana, día a día, en los medios de comunicación y en Internet devienen consecuencias fundamentales, como la ruptura con el horizonte de la comunicación como apuntalar la verdad como factor vector de las conciencias, o de la presencia, como transporte lingüístico de un querer-decir, de una intención, la sustracción de toda libertad de elección del horizonte de los receptores, en las realidades construidas desde los medios de comunicación.
A partir de esta expresión inicial de mi objetivo, me aboco a una explicitación de la propia concepción de la escritura, pero, como siempre, a partir de la clara lectura de lo que desea explicitar el otro, en este caso del bombardeo visual y sonoro ausente. De ella destaco la idea de la escritura como comunicación, como extensión del campo de una comunicación locutoria o visual, que presupondría un espacio homogéneo y continuo de sentido mas no de sentir. La representación sería el dispositivo que llevaría del discurso hablado a la escritura, determinando así la teoría tradicional de la escritura, en un interlineado con lo visual, ordenado en la web. En este esquema concretamente suturado por el concepto de representación de algo sin soporte, destaco la aparición de ciertos motivos aparentemente secundarios, que sin embargo van a ir cobrando cada vez mayor relevancia en su lectura. Se trata de la cuestión del espectro, emergiendo de mi propio esquema de pensar acerca del origen de la escritura: por un lado, el espectro del destinatario, como rasgo de la escritura que pretendería comunicar algo a personas no presentes, y por lo tanto sin derecho a réplica ante lo manifestado por todo personaje que intenta manifestar lo obvio, desde la pantalla, la web, medios gráficos o radios; y por otro lado, la regulación de este espectro como progresiva saturación de la presencia, esto es, la continua modificación (no ruptura) ontológica de la presencia inicial en el proceso que va de la impostura de la cosa hasta la escritura, a través del habla. Ante esta versión que doy de la escritura, escribiendo, voy a plantear en vez de aislar el error calculado (en este caso, la ausencia de sentido y sentir) en el territorio de la creación virtual de lo que llamaron «noticia», meramente accidental, la situaré como el abismo en que muere la propia normalidad (un dispositivo con que lee tanto a los artífices de lo normal, en vivo y directo y como los románticos de lo anormal). Es así que planteo que la ausencia en el campo de la comunicación fue entregada de un «modo original» o «peculiar» y que tal noción de comunicación puede ser la habitual, generalizable a una teoría del lenguaje en general, operando así un «desplazamiento general» de lo que «debería decirse», lo que «debería comunicarse».
La ausencia, en lo comunicacional, es doble y estructural: en primer lugar, la noticia se adelanta cual espectro de imposición ya predestinado, instancia totalitaria por excelencia. Pero esta imposición en un contexto virtual, se traduce como una ausencia absoluta de validez concreta, es decir, que importa lo que el destinatario de lo que se comunica piense, «penetrémoslo» es la consigna, no dejemos un instante de golpearlo incesamente con las imágenes y el discurso a repetición de lo que fuera ordenado vender o comunicar. Como condición de posibilidad del funcionamiento del sistema, no es sólo que el que «comunique» se dirija a «personas ausentes», sino que la propia noticia, ya sea escrita o visualizada, tiene que poder ella misma ser repetible, con una prescindencia a priori de toda consideración de su destinatario, en este caso ausente.
En otro lugar, el espectro instalado nos lleva a un sujeto que trasmite autista, lo que provoca en mí el pensar también en una ausencia del emisor, sólo presta su imagen y su voz. Comunicar, pienso, es construir una máquina productora a su vez, que la futura desaparición del emisor no impedirá que siga funcionando y dándose a asimilar lo trasmitido. La comunicación, en tanto estructura, repetible, citable, se separa así de toda responsabilidad de una conciencia intencional que la ampararía, y deambula huérfana en su legibilidad productora de efectos carentes de autor. Rota la relación del contexto, se rompe ahora la posibilidad de fijar ese conjunto de presencias que organizarían el momento de su inscripción: la «intención» del autor en este caso espectral. Es a partir de este despliegue que abordo frontalmente y lo hago rápidamente, antes de que este editorial se extienda demasiado, a centrar la atención en el giro más radical de todos en este texto: la imposibilidad estructural de determinar un contexto y un espacio de legitimidad a lo que intento trasmitir o comunicar: el riesgo que entraña vivir en un presente absolutamente controlado con futuro calculado. Por ello intento romper con todo contexto y reglamentación oportunista impuesta, engendrar al infinito nuevos contextos y espacios, de manera absolutamente natural, mal le pese a las inteligencias de Estado y al servicio del sistema donde la Justicia está sentenciada por el Derecho, que se detendrán en mi escritura no saturada de matices artificiosos o especulativos, y sobre todo y ante todo por el hecho de que la palabra escrita tiene un receptor. Mi estrategia no apunta a una afirmación de la autonomía textual sobre todo contexto de producción o recepción, no apunta a ningún «contenido», sino precisamente a todo lo contrario, a romper con todo contenido, aunque sin abordar el lugar común del fetiche elevado a símbolo, de los contenidos que pueden llevar a pensar que, si no lo comunicado, en un espacio y tiempo metaforizado, sí sería un sitio de sentido estable y confiable, donde descansaría el receptor de la noticia, el emisor ya no espectralizado y la noticia o lo a comunicar, en un contingente estructuralmente rico e impredecible.
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