No sólo de victorias vive el hombre

¡Qué linda fiesta! Qué saludable baño de humanidad, como diría el querido General Seregni.

Qué bárbaro ver a nuestro pueblo tan feliz, manifestando su emoción, su orgullo, su agradecimiento. Qué bueno sentir todo eso y poder expresarlo con tanta espontaneidad. Qué bueno sentirlo por algo de verdad, por «ídolos» nuestros, que realmente se han merecido todos esos sentimientos. Y qué bueno ver que esos «ídolos» humanamente se merecen tanto afecto. Porque había que ver a los muchachos disfrutar, emocionarse, ser felices tanto o más que todos los que fuimos a agradecerles. Y qué natural que fue el homenaje. Desde el propio Mujica que tomó la mano de Tabárez y lo llevó hacia delante del estrado, elevando su brazo en homenaje al conductor y su grupo. Luego tomó el micrófono, para ser breve pero intenso: «Nunca hemos estado tan unidos, clases sociales, distintos colores políticos. Esto se lo ganaron ustedes». Mujica y Astori tuvieron la humildad y la grandeza de ­con todo respeto y afecto­ entregar las medallas a cada uno, junto a Ivone Passada.

La alegría de los muchachos daba gusto. Gurises que afortunadamente siguen siendo gurises como los miles que salieron a las calles a saludarlos. La felicidad de Lugano, la chispa de Abreu, la sonrisa de Lodeiro y sus muletas. Daba gusto verlos tan contentos, valorando tanto toda aquella demostración. Respondiendo con afecto a todos los requerimientos, los saludos, las fotos, las firmas.

 

Agradeciendo y agradeciendo.

El maestro estuvo bárbaro. Agradeció aquella demostración que «lo que demuestran ustedes es que no nos quedamos solamente en los resultados.

El éxito no son sólo los resultados, sino las dificultades, la lucha permanente, los desafíos, la valentía para superarlos. El camino es la recompensa». Allí está encerrada una de las grandes lecciones que nos deja este Mundial: Hemos aprendido a valorar. Porque hemos encarado con humildad, después de tantos años de no conseguir cosas importantes, esta participación.

Fuimos de «punto», como nos gusta decir. Pero entregándonos por entero. Con trabajo, orden, disfrutando tremendamente del camino. Fueron paso a paso. Así lo decían y así lo hacían. Cada partido una final. Pero sin drama. Viviéndolas sí intensamente. Ese disfrutar del camino, del grupo y de nosotros, es un tremendo aprendizaje de vida.

Pudimos sacarnos de encima la presión del pasado, de Maracaná y de todos lo que las anteriores generaciones no habían conseguido. Y está buenísimo que podamos disfrutar de los triunfos intermedios que se van logrando. La vida no puede ser sólo salir primero o nada. Porque hay sólo un primer puesto. ¿Quiere decir que todos los demás no tienen ningún valor? Esa es una filosofía extremadamente cruel e inconducente. Mucho más en nuestro caso, somos un país pequeño que hace años no lograba nada. Cómo no festejar todo lo que se fue logrando, con enorme mérito.

Y con esa autenticidad, como la de ayer en el ómnibus o en el estrado. Estos muchachos, a diferencia de la mayoría que se vio en el Mundial, fueron tremendamente felices jugando por Uruguay. Se mataron, dieron todo hasta el último segundo de cada partido. Con un compañerismo enorme. Y esas también son grandes lecciones de vida, en un mundo donde muchas veces predomina el «primero yo, segundo yo y tercero yo». En un mundo del «jet set» del fútbol muchas veces frío, calculador, vintenero, estos muchachos demostraron un enorme amor a su patria, al deporte, a sus compañeros, a la gente.

Son ejemplos de vida que por suerte todos nuestros jóvenes pudieron ver de cerca, conmoverse, emocionarse.

No festejamos solo el cuarto puesto, sino también el camino de cómo llegamos a él. Festejamos que 23 orientales unidos, con esfuerzo y talento desplegado, fueron capaces de una gran actuación al primer nivel.

Festejamos que nos «sacamos» el pasado de encima, que ahora los jóvenes podrán valorarlo y agradecerlo sin sentir culpa porque no podían ellos lograr sus propios triunfos. Festejamos que le ganamos al pesimismo, al escepticismo, al «está todo mal». Festejamos que los uruguayos somos capaces de hacer bien las cosas, de ser felices por ello y de exteriorizarlo sin vergüenza ni inhibiciones.

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