La guerra total de Sharon y la tradición judía
A esta altura no cabe duda de que el gobierno de Sharon se propone masacrar al pueblo palestino, transformar al ejército israelí en tropa de ocupación y extender la guerra al Líbano y a Siria.
En su sangrienta escalada, helicópteros armados con misiles, tanques y barcos de guerra bombardearon la franja de Gaza, provocaron muertes y decenas de heridos entre la población civil, dinamitaron y usaron tractores contra construcciones de la seguridad palestina, destruyeron con topadoras los humildes hogares con todos sus enseres. «Los israelíes se quedaron con mi tierra y mi casa, no puedo acercarme, mis animales no han comido ni bebido y morirán», dice un palestino. Lo único que pueden hacer es enterrar a sus muertos. Voceros del gobierno advirtieron que la situación puede reproducirse en otras zonas palestinas, y el ministro de Guerra, Binyamin Ben-Eliezer, declaró que los ataques ordenados por Sharon proseguirán.
En las horas previas, aviones israelíes irrumpieron en el sur del Líbano, bombardearon estaciones de radar sirias e instalaciones militares provocando también víctimas mortales, mientras naves de guerra tenían en la mira el puerto libanés de tiro y otros raids de aviones se desplegaban sobre Beirut, todo el sur del Líbano y el valle de la Bekaa. Un cable señala que «en la operación militar israelí por poco no queda atrapado un Airbus de EgypAir en vuelo de El Cairo a Beirut, con 116 pasajeros a bordo». En el mismo operativo, tanques israelíes penetraron en varias otras zonas de la franja de Gaza y destruyeron los centros de la «Fuerza 17″ con apoyo de helicópteros equipados con misiles.
Todo esto en menos de 48 horas. Una anterior operación de destrucción de campos de refugiados palestinos en Gaza, con muertos, heridos y destrucción de viviendas fue bautizada como «Canción gozosa». Después los operativos prosiguieron, a pesar de que en la Comisión de DDHH de Ginebra se aprobó por amplísima mayoría condenar «el desproporcionado uso de la fuerza» por parte de Israel con sólo 2 votos en contra: EEUU y Guatemala, y se votó igualmente que se detenga la construcción de nuevos asentamientos judíos en Gaza y Cisjordania por 50 votos a favor, el voto en contra solitario de EEUU y la abstención de Costa Rica. Hasta la Knesset resolvió una investigación parlamentaria sobre la invasión militar a Gaza. No obstante, las tropas israelíes con sus tanques han dividido Gaza en tres partes, impiden la comunicación entre ellas y cierran el paso a las ambulancias que vienen a recoger enfermos o heridos.
En suma: es la guerra en toda la línea, con masacres sucesivas y ocupación de territorios, en una escalada que traspasa las fronteras englobando a Líbano y Siria. El rabino Ovadia Yossef –líder del partido Shas, que sostiene al gobierno– hizo público su ruego de que «Dios destruya a los árabes» y de que el ejército israelí «los ataque con cohetes hasta el final». Cabe preguntarse: ¿en qué se diferencia la política de Sharon de la practicada por Hitler en los prolegómenos de la II Guerra Mundial? El gobierno israelí ejerce una limpieza étnica contra los palestinos. También dinamita sus viviendas, como acaba de reiterarlo en Hebron, remedando lo que hacían los nazis contra los resistentes en los países ocupados. Sharon multiplicó sus acciones terroristas en las festividades de Pesaj, que este año coincidió con la Pascua cristiana, ocasión en que el patriarca ortodoxo de Jerusalén condenó los atentados contra los palestinos.
La agresión al sur del Líbano afecta a una región ocupada ilegalmente por las tropas israelíes durante 22 años, hasta mayo pasado. Fue precisamente en el Líbano donde Sharon perpetró uno de sus actos más vituperables: la masacre de cientos de refugiados palestinos en los campamentos de Sabra y Chatila. Recientemente dictó medidas para que los israelíes concurran a su guisa a la Explanada de las Mezquitas, lugar sagrado de los musulmanes. Fue allí que el mismo Sharon (acompañado por una nube de policías armados a guerra), detonó su provocación original, que dio origen a la Intifada. Simultáneamente dictó la autorización para construir tres mil nuevas viviendas en la parte oriental de Jerusalén, que pertenece a los palestinos (y otras setecientas y pico en Cisjordania).
Todo este operativo se realiza en estrecha comunión con el gobierno de EEUU (y con el lobby de los judíos ricos de ese país). Para salvar la cara, Bush se creyó obligado a pedirle a Sharon que modere un tanto sus reacciones contra palestinos y sirios.
Los últimos sucesos marcan un agravamiento cualitativo. Ya antes, los palestinos vivían cercados. Los tanques israelíes les impedían salir, o irrumpían en los territorios para operar secuestros selectivos. Los territorios se convirtieron en gigantescos guetos. En esto pensaba al ver la película Voyages-Memoria, rodada en Francia, Polonia e Israel, que evoca una visita a un campo de concentración en Polonia y muestra fugazmente el monumento a la heroica resistencia del gueto de Varsovia contra los nazis, cuyo 58º aniversario se conmemoró el 19 de abril. Y ahora…
En nota publicada en la sección internacional, mencioné la cerrada defensa de la política del gobierno de Sharon por parte del diputado Nahum Bergstein. Me pregunto si pensará lo mismo frente a la actual espiral de sangre y terror.
En esa mesa de debates se habló de las tradiciones judías y de los ancestros, y yo también siento la necesidad de hablar de lo uno y de lo otro.
Mis amigos de la infancia, los hermanos Arie y Efraim, viven desde hace décadas en Israel. Su padre repartía pan en una jardinera tirada por un caballo de la panadería «La Palestina» y debía sufrir a menudo ataques a pedradas de muchachones de la zona. Su madre se llamaba Aúva y hacía un leikaj delicioso. Mi padre era maestro e inspector de escuelas israelitas, y en los años de ascenso del nazismo recibía en el apartamento de Joaquín Requena la visita de judíos que venían huyendo del nazismo, habían perdido todo y buscaban trabajo. Se me quedaron grabados sus rostros, sus voces y sus relatos en que la vida y la muerte estaban separados por un hilo. Más adelante, las narraciones versaban sobre los familiares muertos o recluidos en los campos de concentración. Al lado vino a vivir una familia escapada de Berlín, y con el hijo Bertold (con d, no con la t de Brecht) nos hicimos amigos. Recuerdo una pelea con el hijo del puestero, que se burlaba de mi amigo y lo hostigaba: terminamos con el Cholo rodando a las piñas por la bajada hasta Rivadavia. Mi primera novia, del Zorrilla, vive ahora cerca de Tel Aviv. En esos años juveniles tuve amistad con militantes del Hashomer Hatzair, en particular Willy M., un húngaro con ajedrecistas de nivel en la familia, que con sacrificio se transformó en un buen pianista, trabajando y estudiando. En el Hashomer di charlas sobre marxismo, que derivaron en polémicas agitadas. ¿Dónde estarás ahora, Willy?
Mi padre poseía una sólida cultura universal y judía, y era respetado por su conocimiento del hebreo, esa lengua musical hecha para el «Cantar de los Cantares». Yo me paseaba a veces por los libracos de su biblioteca, entre ellos un grueso volumen sobre Maimónides, de tapas celestes. Como activista de la colectividad, él colaboraba en las tareas para sacar judíos del infierno nazi. Tengo este dulce recuerdo de mi infancia: mi padre llega tarde de sus reuniones, se sienta a cenar frugalmente leyendo a Sholem Aleijem. Sus carcajadas me despiertan, y me vuelvo a dormir, feliz con su alegría en medio de la tragedia en que nos sentíamos inmersos.
En discusiones ideológicas que mantuvimos en mi adolescencia, llegábamos a un punto de coincidencia en torno a los grand
es valores culturales aportados por los judíos a la humanidad. Respetaba al Marx filósofo, se sentía orgulloso por la ascendencia judía de Einstein. En sus días postreros, en el lecho de hospital, nos enzarzamos en una extensa conversación sobre la irradiación intelectual de Baruch Spinoza, el pequeño judío de Amsterdam, tan bien analizado entre nosotros por José Luis Massera.
Mi padre se llenó de esperanzas con la creación del estado de Israel, y viajó a visitarlo. Lo concebía como un hogar para recoger parte de la diáspora judía, donde éstos tuvieran todos los derechos conviviendo pacíficamente con las distintas nacionalidades de la región. Tengo la íntima convicción de que mi padre hubiera desaprobado con energía las masacres de hoy y esta espiral de sangre, por su respeto a la vida y a los derechos de los seres humanos sin excepción. Y porque imponer la fuerza militar bruta contra todas las razones y contra todos los derechos humanos es lo más contrario que imaginarse pueda a la milenaria tradición judía.
* Periodista
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