EDITORIAL

Lo posible y lo utópico

No bien Tabaré Vázquez asumió la Presidencia en marzo de 2005, la derecha encarnada en los partidos tradicionales desató una furibunda oposición. Nada hay de qué asombrarse por ello ya que la lógica del juego político indica que los partidos del llano dediquen todos sus esfuerzos en desacreditar al gobierno, en cuestionarlo, en criticarlo con el fin de obtener réditos electorales. Se sucedieron las interpelaciones a los miembros del gabinete, y se desarrollaron arduas batallas en ambas cámaras legislativas.

Pero lo curioso es que también desde sectores de izquierda ­actuando sobre todo en el ámbito sindical­ se lanzaron duras críticas y severos cuestionamientos al gobierno popular. En este sentido la actitud del gremio municipal fue paradigmática: exhibió una hostilidad sin precedentes hacia el gobierno comunal, hostilidad que se expresó no solamente en la intransigencia de sus reclamos, muchas veces abusivos, sino, además, en la particular agresividad y violencia física de sus acciones.

El de Adeom no fue el único caso: otros sindicatos ubicados en la ultraizquierda emularon los desbordes de los municipales. Esa intransigencia se manifestó políticamente en la escisión de algunos sectores del Frente Amplio que conformaron la Asamblea Popular. Disconformes con la gestión gubernamental del Frente Amplio, siguieron levantando viejas consignas que tenían razón de ser hace cincuenta años pero que la realidad de hoy en día, con un mundo globalizado, las torna impracticables. Al respecto, vale la pena recordar lo expresado por Margaret Randall. En entrevista con LA REPUBLICA, la célebre poeta y luchadora social estadounidense, al requerírsele su opinión sobre esa postura radical, manifestó:

«No pretendo dominar el tema completamente, pero fíjese qué interesante: pienso que hace años, yo quizá me habría identificado con ese grupo de izquierda radical… Tal vez sea algo de la edad, pero prefiero pensar que es una cosa más de sabiduría que de edad. El estado del mundo actual, en todas partes, me lleva a poner el acento en lo posible más que en lo utópico. Con esto no quiero decir que deje de creer en la utopía, pero para mí es tan importante lo que ha logrado el Uruguay en tantos campos… Cuando veo las mejoras que hay en la salud pública, en la educación, en el nivel de vida de los pobres, y comparo todo eso con la situación en mi país, que ha ido para atrás en todos los campos, la conclusión es clara». Sabias palabras.

La revolución y el socialismo ya no están a la vuelta de la esquina. Ya no es posible imaginar en lo inmediato la construcción de una sociedad sin clases aunque sea ese el objetivo final de toda nuestra lucha, meta a la que no renunciamos. Hace cincuenta años no era descabellado pretender cambios revolucionarios y desdeñar los intentos reformistas; hace cincuenta años, había espacio para la intransigencia. Pero la historia demostró que lo peor no era lo mejor, que lo peor era un verdadero infierno, en una lección que hubimos de aprender a costa de sufrimientos indecibles.

Mantengamos, pues, la llama de la utopía. Pero no pretendamos alcanzarla ya. Y, sobre todo, apostemos a los cambios posibles, a las mejoras del nivel de vida de la gente en general y de los postergados en particular.

El realismo y el posibilismo no son malas palabras en la medida que sean el camino hacia el bienestar de los más infelices.

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