Frente a la emigración y la miseria

Uruguay, ¿país inviable?

Carlos Santiago

 

La línea de pensamiento que tiene hoy el gobierno se basa en el convencimiento de que el país no tiene perspectiva de desarrollar sus potencialidades. Ya algunos historiadores hablaron de la falta de vigencia histórica y política que tendría Uruguay como nación independiente. Ello ha influido en muchos y, obviamente, se trasladó al actual primer mandatario, cuyas afirmaciones –si uno no tuviera la tendencia a tomarlas en broma– siempre están destinadas a reafirmar ese ligero concepto.

El camino que sigue transitando el gobierno así lo demuestra. También lo hacen las declaraciones que realiza a cada vuelta de esquina, las que tienen siempre el mismo objetivo, cuestionar la vigencia del país y lanzarse, como ahora, a conseguir un guiño de los EEUU, entendiendo (claro está) que el camino propio, en el marco de una integración regional, es imposible y que lo único que nos queda es utilizar al capital financiero para tapar los agujeros que continuamente aparecen en el país.

Por supuesto, ello multiplicando el peso de los pagos de los servicios de esa deuda. El capital no se amortiza ya que los préstamos de ese tipo son el gran negocio de la banca internacional y, por lo tanto, el crecimiento de los mismos es incesante. Pero, nos preguntamos: ¿hasta cuándo podremos pagar?

El gobierno no hace nada para contestar esa interrogante, ya que sigue desprotegiendo no sólo a la producción nacional, sino que realiza una política destinada a que los costos de todos los desaguisados los paguemos los sufridos uruguayos que, aunque muchos todavía no lo tengan claro, vivimos en uno de los países más caros del mundo.

Pero la presión sobre la gente tiene sus límites y cuando la misma se hace insoportable –como está ocurriendo desde hace un tiempo– se abren válvulas de escape que reducen la presión, pero que cuestionan nuestro futuro productivo y, lo que es peor, el funcionamiento armónico de nuestra desgarrada sociedad.

Hablamos, en primer lugar, de la emigración de hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, que tratan de rehacer sus vidas en el exterior porque aquí, la que alguna vez fue llamada «tierra purpúrea», no les ofrece ningún tipo de solución para sus vidas. Y también nos referimos a los desgarrantes bolsones de pobreza que crecen hora a hora en un proceso de marginación que engloba a porcentajes altísimos de la población. Allí no hay esperanza, sólo se espera la muerte. Mientras tanto esas condiciones de vida engendran la violencia.

Ahora, en otra insólita actitud, el gobierno trata de dar la espalda al Mercosur que estaba concretando uno de sus objetivos básicos, la unión aduanera. Intentará negociar directamente con los Estados Unidos, como si el país del norte nos pudiera ofrecer alguna salida para nuestras desdichas. ¿Cree Batlle que Estados Unidos nos comprará los «comoditis» que ya no podemos colocar en Brasil o Argentina? No lo hará porque nuestros precios no son competitivos y ellos, hoy por hoy, no tienen nada para regalar.

Para el capital financiero, sin embargo, todavía existen algunas cosas apetecibles: por ejemplo las empresas públicas que todavía siguen funcionando, castigando a los uruguayos con tarifas y precios altísimos y, por consiguiente, achicando su mercado potencial. Sería bueno preguntarle al ingeniero Bracco cuántos teléfonos están cortados por falta de pago o al presidente de Ancap, cuántos miles de litros de combustible de menos se han vendido desde el último aumento.

En una palabra, para Batlle y su corte lo que importa es ofrecer lo más barato posible, en un paquete con moñita y todo, lo que resta del patrimonio nacional.

Esa política contraria al interés nacional, adoptada a espaldas del pueblo y del Parlamento, confirmará que quienes nos gobiernan comulgan con el pensamiento que sostiene la inviabilidad del Uruguay. Juegan todos sus boletos al capital financiero, lo que determina transitar por un camino corto, acotado, que se recorre en muy poco tiempo, cuyo final podría convertir al país en un páramo infértil e inhabitable.

Hoy parece insólito que alguien se sorprenda de que casi nadie invierta en este país, que tiene el triste privilegio de poseer los guarismos más bajos del continente en este rubro. Obviamente ¿quién puede integrar capital de riesgo para desarrollar la producción en cualquier rubro o levantar una empresa si al comenzar a trabajar deberá pagar los combustibles, la energía y las comunicaciones más caras del continente? Además, se enfrentará a los intereses bancarios, también récords, que dejan al más poderoso y pujante fuera de todo margen de competitividad.

Este es el país que tenemos y en el que perdurarán las miserias mientras estos gobiernos, al margen de un razonamiento que tenga en cuenta, centralmente, a la gente, sigan aplicando recetas elaboradas para favorecer al capital financiero.

Por la buena, podríamos definir la dramática situación como el desagradable producto de un pensamiento ultraconservador carente de perspectivas tanto políticas como sociales, que no cree en las fuerzas que pueden poner en marcha los uruguayos para escapar del pozo en que está el país. Lo otro sería pensar que esta política de destrucción nacional la realizan personas vinculadas a la banca financiera, que pretende exprimir al país y a la gente hasta el límite final. Ello, de alguna manera, le daría la razón a quienes sostienen la inviabilidad de este pequeño país.

Pero en realidad sería otra cosa.

* Periodista, secretario de redacción de Bitácora.

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