Masacre en la Seccional 20 del PCU

Un aniversario, un acto y una investigación

El martes 17 se cumplió el 29 aniversario de los luctuosos acontecimientos que ensangrentaron el local partidario de la Avenida Agraciada y Valentín Gómez.

Ocho trabajadores que se encontraban en el local fueron ultimados por un grupo de tareas de las Fuerzas Conjuntas, sin piedad y absolutamente sin ninguna razón de tipo militar o policial que justificara la cruel acción de represalia. Fue un crimen político brutal, sin atenuantes.

En abril de 1972, cuando en el país se intensificaban las acciones represivas que culminarían en el golpe cívico militar de 1973, el crimen significó un impacto tremendo. Resultaba claro para la ciudadanía que en aquel lugar no se había producido un combate, como se intentó presentarlo por parte de la Oficina de Prensa de las Fuerzas Conjuntas.

El oficial Rusconi, que resultó herido y finalmente murió, no lo fue por un disparo realizado por ninguna persona de las que ocupaban el local del PCU. No obstante, en pleno delirio belicista, se lo presentó como un mártir de la lucha contra la subversión.

Una inmensa y conmovida muchedumbre acompañó al cementerio a los militantes comunistas ultimados. Entre un sinnúmero de personalidades que expresaron su dolor en aquella jornada, estuvo el obispo de Montevideo, monseñor Partelli, lo que dio lugar a los ataques más soeces por parte de quienes desde la prensa o la tribuna apostaban al golpe y a la profundización de la represión.

Como es sabido, mañana el Partido Comunista Uruguayo recuerda a sus camaradas caídos hace casi treinta años.

Lo hace, como es tradicional, en un acto público, que tendrá junto con su parte oratoria, un contenido moral y emotivo de la mayor importancia.

Importa detenerse en la valoración de esta jornada de rememoración, cuando vemos que se alzan voces de algunos que se pretenden periodistas que, en su condición de obsecuentes y tránsfugas, claman por que se olviden los crímenes cometidos contra la izquierda.

En su odio visceral a lo que ellos mismos eran y dejaron de ser, tan característico de todos los renegados, claman por que se ponga fin a los reclamos sobre las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura y anuncian que «sus hijos no se interesarán por lo ocurrido hace treinta años». La esencial ordinariez de este razonamiento porcino ignora, en su ofuscamiento, en qué medida todas las tradiciones partidarias nacionales se fundan en el humano y comprensible respeto por los compañeros muertos. Como ocurrió en la década del 30 del siglo XIX, en la solidaridad en el dolor compartido que nació en cada uno de los partidos al día siguiente de la batalla de Carpintería, cuando surgieron las divisas.

¿Es posible entender la historia de los partidos tradicionales sin evocar aquellas guerras, sin hablar de Leandro Gómez, de Francisco Labandeira y de Aparicio Saravia como figuras raigales de la identidad nacionalista?

¿Es acaso posible pensar la historia del Partido Colorado sin evocar a los caídos en Quinteros, sin sentir la emoción del martirio de Brum, la muerte de Julio César Grauert?

Digamos finalmente que, tal como lo anunciaba LA REPUBLICA en su edición del martes, el PCU ha venido realizando una investigación sobre aquellos trágicos sucesos del año 1972.

No quieren los comunistas, como no lo quieren las fuerzas progresistas y la más sencilla y extendida sensibilidad humana, que sobre aquellos acontecimientos no se conozca la verdad.

Como lo ha planteado también con mucha claridad el diputado Edgar Bellomo (Alianza Progresista, FA-EP, Canelones) es necesaria una investigación. Como lo ha dicho la señora Lile Caruso, del Comité Central del PCU, este partido se propone impulsar una campaña de firmas pidiendo una investigación a fondo sobre aquellos sucesos.

Este esfuerzo de reconstrucción de la memoria histórica, esta voluntad de saber la verdad, no sólo no es incompatible con ninguna otra iniciativa. Más bien apunta a coadyuvar en un esfuerzo que la sociedad uruguaya tiene que hacer para terminar con la situación de patología de la memoria que se ha venido imponiendo desde esferas del poder.

Patología de la memoria a la que se pretende agravar con el miedo o con insólitas invocaciones al olvido.

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