EDITORIAL

Una sociedad violenta

Toda competición, sea en el campo que sea y sobre todo cuando la misma constituye un espectáculo masivo, es un terreno propicio para que afloren los bajos instintos del ser humano y para que la agresividad contenida rompa las barreras impuestas por las normas de convivencia.

Desde el momento en que un deporte deja de ser un mero ejercicio físico para convertirse en un juego que enfrenta a dos rivales que confrontan sus habilidades y del que resultará un ganador, el deporte pasa a ser un espectáculo que convoca multitudes; con la peculiaridad de que los espectadores toman partido por uno u otro rival. Sucede entonces que el espíritu competitivo desborda el campo de juego y se traslada a las tribunas, donde las hinchadas no sólo alientan a sus respectivos equipos sino que denuestan al adversario con pujas por lo general hirientes. El terreno está abonado para que se pase sin solución de continuidad de los comentarios verbales a los arrojadizos, y de los cánticos más o menos obscenos a la agresión física.

Esto no es un fenómeno nuevo. Hay registros de trifulcas en las tribunas con resultados trágicos desde que el fútbol pasó a ser la competición deportiva que caló más hondamente en nuestra sociedad. Lo relativamente nuevo es que, así como la rivalidad entre dos clubes pasó de la cancha a la tribuna, en los últimos años esa rivalidad desbordó el ámbito del estadio y sus alrededores para seguir exaltando los ánimos; así, fue frecuente que los hinchas del cuadro derrotado manifestaran su frustración agrediendo a los del adversario mucho después de terminado el match y en lugares alejados del escenario donde tuvo lugar el encuentro.

El último partido clásico por el Campeonato Uruguayo tuvo, sin embargo, consecuencias que fueron más allá. En efecto, los sucesos del martes de noche en el centro de Montevideo no enfrentaron a dos hinchadas; los desmanes no fueron producto de una batalla campal entre adversarios; tampoco respondieron al enojo de los parciales del club derrotado, puesto que se trataba del festejo de los del club ganador. Se trató de un desborde demencial de algunos de esos hinchas para quienes no fue suficiente manifestar su regocijo y se dieron a la tarea de destrozar lo que pudieron y agredir a las fuerzas del orden.

¿Qué hacer para combatir eficazmente este fenómeno preocupante? Entendemos que la acción policial resultó exitosa, pues más allá de la faz represiva ­necesaria sin dudas aunque siempre antipática­ la labor preventiva dio sus frutos. Ahora bien, el combate contra la violencia irracional no puede reducirse a la acción policial, sino que debe abarcar otros aspectos. En principio, no somos partidarios del aumento del rigor punitivo plasmado en leyes ya que nos consta que ello tiene un nulo efecto disuasivo. La perspectiva de ser condenado y pasar unos años en prisión no opera en el sentido de hacer reflexionar al delincuente y disuadirlo de cometer una rapiña; los integrantes de la «banda de la granada» saben perfectamente bien que su conducta está penada por la ley, pero no tienen opción: el delito es la alternativa para satisfacer sus necesidades, y la prisión, un riesgo a correr.

Sin embargo, los desmanes ocurridos el martes en el centro y en general los episodios de violencia en los espectáculos deportivos no responden a las mismas causas socioeconómicas. Por ello, tal vez habría que analizar la posibilidad de imponer penas más severas para el vandalismo. Eso permitiría no solamente habilitar a la Justicia a mandar a prisión a los revoltosos sino que probablemente tendría un efecto desestimulante entre los integrantes de las barras bravas.

Esto, desde luego, sin olvidar la ardua tarea de resocialización de los marginados y de reinserción en el sistema educativo de los jóvenes sin horizonte.

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