EDITORIAL

Reivindicar el estudio, ahora

En esta última semana hubo una situación relacionada con el comportamiento social, que merece ser destacada. Nos referimos al fracaso de la convocatoria a una «rateada» ­faltar a clase en los liceos sin justificación­, organizada a través de las nuevas forma de comunicación que permite el alto desarrollo que ha tenido Internet y con el apoyo de los grandes medios de comunicación, por lo general identificados con la enseñanza privada y elitista.

Haber aceptado esa convocatoria por parte de la mayoría de los alumnos y de las familias, hubiera significado un grave retroceso de nuestra sociedad, que por cierto tiene momentos en los cuales parece perder el rumbo, producto de factores internos y externos.

La convocatoria por parte de algunos estudiantes de Enseñanza Secundaria, que no superaron el centenar, no tuvo origen en reivindicaciones concretas de los estudiantes, sino en la ya tradicional costumbre de que cuando la estupidez se resfría en Argentina, aquí estornudamos.

Esta vez se resfriaron en Argentina y aquí no estornudamos, lo que muestra que aún tenemos ciertos códigos ­como sociedad­ que la posmodernidad no ha logrado terminar. Y eso debe alegrarnos.

También hay que destacar el lúcido papel que jugaron las autoridades de Enseñanza Secundaria, que en ningún momento buscaron demonizar a las líderes de ese fracasado movimiento, sino que se manejaron con el respeto que siempre se debe tener para con los adolescentes.

El tema central sigue siendo que desde las autoridades y desde las familias ­así como del cuerpo docente­, hay que recuperar la idea de que la mayor rebeldía ante las injusticias de la época no es faltar a clase por cualquier cosa, sino que el mayor acto de rebeldía es estudiar, aunque a la vez se tenga que trabajar, para poder transformar nuestra vida cotidiana, que tiene que apuntar a construir una sociedad del conocimiento. Y esto se puede hacer porque hay un gobierno progresista que promueve la enseñanza pública y que le asegura el 4,5% del PBI a la educación, porcentaje que en moneda constante va creciendo en la medida que ese PBI aumenta, gracias a la justa política económica y financiera que se lleva adelante desde 2005.

A la vez no hay que creer que intentos de convocatoria primitiva como el que se promovió no vuelvan a repetirse y que en el marco de otra situación puedan lograr una mayor adhesión.

Por eso el sistema educativo público, así como la familia uruguaya, tiene que tener el oído en la tierra, para adelantarse a los problemas con la intención de encontrar salidas civilizatorias.

Todo indica que la gran batalla que tenemos que dar los uruguayos es a favor de recuperar el prestigio del estudio, como herramienta fundamental de la construcción de la pública felicidad. Quizá por aquello de Artigas de que «Sean los orientales tan ilustrados como valientes».

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