A propósito de las Criollas

"Desencuentro" entre orientales

Julio César Martínez*

 

Pasa todos los años, y es al fin de cuentas como decía mi padre: «Nunca falta un buey corneta…». Me refiero a la Semana Criolla, de Turismo o como desee usted llamarla. Un oriental vestido con sus pilchas criollas (bombachas y botas prolijitas, sombrero requintado con barbijo de lujo con hebilla y cadena de plata y oro, rastra amonedada con cinto de cuero crudo, corralera bordada prolijamente y poncho de apala atravesado sobre el hombro izquierdo. Una pinturita seguramente). Y otro oriental, junto a dos o tres orientales como él, lo miran, se ríen y le gritan: «Â¡Che Martín Fierro, donde dejaste el caballo!» Y se siguen riendo.

El paisano los miró y no les contestó, siguió en la esquina esperando el ómnibus sin hacerles caso. La «barrita» de «orientales» siguió riéndose y gritando cosas tan «ingeniosas» como: «Â¡Pa’ché… pisé una bosta e vaca loca…!», u otra como «Está esperando un ómnibus pa’ el Cerro Ñato…«.

El oriental de pilchas criollas no tendría más de 26 o 27 años. Los «orientales» «ingeniosos» todos rondaban los 19 o 22 años. Es decir unos y otros eran jóvenes uruguayos. Futuro del país que queremos integrar y que creemos que estamos forjando con una conciencia de unidad y de identidad nacional.

Cuando somos testigos de situaciones como éstas (y lamentablemente sucede siempre año a año cuando llegan las fiestas criollas y el paisanaje llega a la capital y sale en sus horas libres de las jineteadas a recorrer la ciudad), cuando las presenciamos repetimos nos sentimos profundamente angustiados, porque esos mismos muchachos seguramente ven por la calle a cualquier turista estrafalariamente vestido y no solamente no se asombran ni se burlan de él, sino que tratan después de «copiarle» «la onda» en sus propios gestos y vestidos.

Pero ven a un oriental como ellos mismos, a un hijo de su propia tierra, a un hermano al fin y al cabo y lo destratan y miran con asombro como si se tratara de un esperpento llegado vaya a saber de dónde.

Afortunadamente se trata de una situación aislada (aunque constante) pero a pesar de ello alcanza para la reflexión y para mirarnos al espejo de nuestra propia identidad, tratando de encontrarnos y reconocernos. Durante mucho tiempo los uruguayos hemos estado mirando hacia Europa como si allí estuviera «La Meca» de la cultura universal y muchos hemos estado tan deslumbrados por ello que incluso llegamos a considerar a nuestras expresiones auténticas una «cultura de segundo orden», es decir una «subcultura» en vías de extinción. Y es entonces que el tema salió de la órbita de los maestros y pasó a la de los antropólogos.

Sin embargo, la realidad es muy otra cuando se traspasan las barreras de la frontera del macrocefalismo montevideano. Por eso, porque entiendo que estamos a tiempo de abrazarnos y de valorarnos entre orientales, es que quiero convencerme que lo sucedido el sábado a las seis de la tarde en la esquina de 19 de Abril y Lucas Obes fue solamente una circunstancia aislada. De todas formas, si el muchacho de las pilchas criollas llega a leer estas páginas humildemente le pido perdón, en nombre de todos los jóvenes y no jóvenes de estos pagos capitalinos que, por supuesto, muy lejos están de pensar como aquellos «ingeniosos veinteañeros» del sábado.

* Periodista

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