El proyecto ALCA y la democracia uruguaya

La inminente realización de la conferencia cumbre de Québec para analizar la eventual conformación –como lo quieren las autoridades de gobierno de los Estados Unidos–, de un área librecomercio desde Alaska a Tierra del Fuego, viene colocando en la orden del día de los países sudamericanos entre otras, la cuestión de cómo se deciden estos tratados, cómo se sustancian estos procesos de integración económica, dónde y quiénes analizan sus consecuencias sociales y económicas sobre el mundo del trabajo y sobre las economías menos desarrolladas.

El tema importa mucho para nuestra particular situación como país, inmerso en un largo ciclo recesivo y con una situación social de creciente deterioro.

También el tratamiento de la cuestión del ALCA ha venido siendo oportunidad para que se exprese una tendencia muy fuerte impresa por el doctor Jorge Batlle al desarrollo de su gestión presidencial. Nos referimos al peso personal que el Presidente asume en la conformación y definición de políticas de gran importancia nacional.

En los últimos meses, y a un ritmo uniformemente acelerado, y sin que para estos asuntos se reúna siquiera el Consejo de Ministros, las decisiones pasan siempre por la voluntad presidencial.

Asistimos a un proceso por el cual, desde el Poder Ejecutivo, se minimiza el papel del Parlamento en áreas fundamentales. El asunto importa no sólo porque el famoso «equilibrio de poderes» proclama la legitimidad y jerarquía de los órganos legislativos. No sólo por eso. Tampoco se trata de que nos aqueje una suerte de erupción de alguna forma de sarpullido parlamentarista.

Lo que ocurre es que no hay remisión al Parlamento de los informes pertinentes, solicitados o no; no hay discusión ni pronunciamientos de los partidos políticos.

En este cuadro, tampoco la prensa está en condiciones de brindar una información precisa sobre los términos en que se desenvuelven las instancias políticas a las que se ve enfrentada la República.

Cuando de lo que se trata es –nada más ni nada menos– que de la conformación de una unidad entre países altamente desarrollados, como los Estados Unidos y economías pequeñas y débiles como la nuestra, la cuestión de informar a la población de cuáles son los pasos, las consecuencias previsibles y los riesgos de este tratado del ALCA es un derecho político elemental.

En los últimos meses, sea a través de la coordinación de instancias sindicales sea en ámbitos como la reunión del Foro Social Mundial realizada recientemente en Porto Alegre, se ha desarrollado la idea de promover, en los distintas países sudamericanos convocados para integrar el ALCA, la realización de una consulta popular, de un plebiscito, para conocer cuáles son las opiniones de las mayorías y –sobre todo– para brindar la información que hasta ahora sólo vienen manejando los expertos en esa materia.

Un acuerdo como el que se proyecta, que apunta a eliminar todos las barreras arancelarias que –en cierto sentido– todavía actúan, aunque sea en forma reducida como mecanismos de protección de los espacios económicos nacionales, el estímulo a la libre inversión de capital extranjero, la eliminación de todo factor de estímulo al consumo de bienes nacionales, son todos factores destinados a impactar fuertemente la estructura productiva ya maltrecha de los países de menor desarrollo relativo, y particularmente a los que como el nuestro tienen una economía cuantitativamente poco relevante.

Sin menoscabo de cualquier instancia de mayor democratización, como podría ser una consulta plebiscitaria, no se necesita ninguna innovación institucional, ninguna acción extraordinaria para informar a la sociedad en qué se está en materia de integración: allí está, previsto en la Constitución, el Parlamento nacional. Allí están los partidos, la prensa, la atención de la sociedad civil. Los destinos de todo un país no pueden seguir tan sujetos a las ocurrencias, por ingeniosas que puedan parecer, de tal o cual personalidad política.

La cuestión no es de ahora. Desde los albores mismos de la nacionalidad, las instituciones se forjaron para marcarle los límites a la «veleidosa voluntad de los hombres».

 

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