Bush: la agresividad y la contaminación al poder
Todo parece indicar que el celebrado inicio del milenio no se caracteriza por una mejoría en las perspectivas para la mayor parte de los tripulantes del planeta.
El ascenso de Bush a la presidencia de la mayor potencia económica y militar de la tierra, y las fuerzas de la ultraderecha fundamentalista que lo acompañan y condicionan, ha venido demostrando en lapso breve una inflexión de reiteración general y enconada de algunos de los peores males que soporta la humanidad.
Si para cualquier país del mundo el proceso de elaboración y aprobación legislativa de un presupuesto es una verdadera radiografía de los designios de sus gobernantes, el presupuesto anual enviado por el presidente Bush al Congreso de los Estados Unidos da varios motivos de preocupación y no sólo a los ciudadanos norteamericanos.
El proyecto de presupuesto, presentado al Congreso el día lunes 9, contiene –además de una humorada al estilo Bush (cada ejemplar va acompañado de un disco de los Rolling Stone: «No siempre puedes conseguir lo que quieres»)– por lo menos dos orientaciones sumamente preocupantes: un acrecentamiento del gasto militar y un abatimiento de los gastos en proyectos sanitarios y de mejoramiento del medio ambiente.
La decisión de reactivar la construcción de centrales nucleares y el increíble rechazo a los acuerdos internacionales de Kioto sobre la emisión de gases, protocolos que intentan frenar el diabólico proceso de recalentamiento y «efecto invernadero», marca un antes y un después de Bush y ha de constituir, sin duda, un desafío para todas las organizaciones e individuos que dentro y fuera de los Estados Unidos militan para poner fin a estos flagelos.
El conjunto de los programas dedicados a la preservación del medio ambiente sufre un recorte presupuestal importante, del orden de los 2.300 millones de dólares.
Al mismo tiempo, la asignación de los recursos federales prevé un crecimiento del gasto militar en el orden de un 14% alcanzando lo 310.500 millones de dólares.
Si bien el presupuesto prevé un aumento de los gastos en educación, sobre todo primaria, en el orden del 3%, se recortan o suprimen algunos programas en materia sanitaria, de transportes y de policía que tenían la impronta de la administración demócrata del presidente Clinton.
También en esto la derecha pone su sello de fábrica. El acento está puesto en fortalecer el papel de los fiscales, en un proceso de endurecimiento de la Justicia.
Estas disposiciones presupuestales se asignan en el marco de una gestión estatal de la economía signada por la rebaja de impuestos, como factor que se espera que actúe como estímulo a la reactivación de la economía, que está dando señales de agotamiento.
Más allá de los resultados en materia de reactivación y caída del desempleo, lo tremendamente preocupante de la inflexión que le imponen Bush y la derecha norteamericana a la administración del principal Estado del planeta tiene que ver con su desdén por el cumplimiento de los acuerdos de Kioto, es decir, la falta de una mínima conciencia ecológica y la persistencia del peso del militarismo norteamericano en las decisiones del gobierno.
Sobre su inconsciencia ecológica, un suelto periodístico de ayer miércoles de El País de Madrid comentaba que Bush mal podría apelar a su formulación preelectoral de desarrollar el conservadurismo compasivo. «Conservadurismo puede ser, pero no resulta compasivo ni con las personas ni con la naturaleza.»
En cuanto al incremento del gasto militar no hace sino reiterar una tendencia profunda del Estado norteamericano de los últimos 50 años: el peso creciente del gasto militar aun cuando, desde 1990, hayan desaparecido, con el derrumbe de la Unión Soviética y el campo socialista, los adversarios capaces de disputar la hegemonía militar de los Estados Unidos.
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