Piñera y el discreto encanto de la democracia

No comparto el aforismo de mi admirado Churchill de que «la democracia es la peor forma de gobierno a excepción de todas las demás» porque ésta es excelente por méritos propios.

La rotación partidaria que tuvo lugar en Chile es la más cercana comprobación del encanto de la democracia. La competencia electoral fue entre dos coaliciones de partidos tal como viene sucediendo cada vez con más frecuencia en países del primer mundo. De esta manera, se simplifica la decisión del elector a la hora de votar y se facilita después la gobernabilidad de quienes hayan triunfado.

En efecto, la «Concertación para la Democracia», coalición de partidos de izquierda que gobernó Chile, se enfrentó a la «Coalición para el Cambio» que aglutinó los partidos de derecha. En Chile, el término «izquierda» no conlleva necesariamente un aprecio a priori, ni el término «derecha» su correlativo desprecio. Esto evita una modalidad de descalificación hacia quien no se autodefine de izquierda, y el rencor propio de fanáticos, a quien piensa distinto. Al cabo de veinte años de gobierno, la «Concertación» puede exhibir logros impresionantes. Desideologizó y abrió la economía al continuar en este aspecto la política de Hernán Büchi, ministro de Economía de Pinochet; salió a competir en el mundo globalizado y pudo desarrollar políticas sociales que descendió en dos tercios los índices de pobreza.

En el último año y medio tuvieron lugar acontecimientos políticos y económicos, internos y externos, que afectaron la coalición de gobierno. Problemas en el seno de la «Concertación» provocaron importantes defecciones. El impacto de la crisis mundial afectó un país cuyo comercio internacional había crecido tanto. Disminuyó la recaudación tributaria y, como resultado de estos factores, en 2009 hubo un déficit fiscal de 4,5% del PBI. Mientras tanto, Piñera consolidaba la otra coalición tras el lema ­siempre seductor­ de un «Cambio» que se avizoraba como una alternativa cada vez más interesante. Pero estaba claro antes de las elecciones, y se confirmó después, que si ganaba la oposición no se ampararía en una supuesta «herencia maldita»; no haría borrón y cuenta nueva para refundar el Estado, crear «un hombre nuevo», ni nada por el estilo. Piñera asumiría, como es habitual donde arraiga la cultura democrática, los logros y frustraciones del gobierno saliente para, a partir de ahí, ir a más.

Después de las elecciones fue notorio que entre Bachelet y Piñera había una suerte de amistad cívica. La imagen del presidente electo esperando con su esposa la llegada de la Presidenta de la República, fue más elocuente que cien discursos. Durante la transición no faltó alguna escaramuza. Piñera reiteró que se proponía «una política pública y fiscal…sustentable, lo que significará un marco presupuestario austero para el año 2010″ criticando al mismo tiempo el exceso de gasto del gobierno de Bachelet. La respuesta no de hizo esperar, pero fue un hecho menor.

El 27 de febrero, la tragedia se abatió sobre Chile provocando cientos de muertos y enormes daños materiales. Al compromiso de Piñera de llegar al equilibrio presupuestal sin aumentar la presión tributaria y retomar el crecimiento manteniendo los programas sociales, ahora se le suma el costo de una gigantesca reconstrucción. ¡Tremendo desafío! para el cual conformó un gabinete de técnicos y empresarios, reservando las subsecretarías a los principales partidos de su coalición y una de ellas a la «Concertación».

La presidenta Bachelet, con un 83% de aprobación de su gestión, se retiró ­ella misma lo dijo­ por la puerta grande, al tiempo que, después de la transmisión del mando una multitud que la esperaba frente al Congreso, coreaba «Bachelet, Bachelet, te queremos otra vez». Obviamente, la rotación entre las dos coaliciones no pasó por «el voto castigo», sino que una mayoría entendió, sin drama, que había llegado el momento de darle su oportunidad a la oposición.

En la actual coyuntura, Piñera parecer ser el hombre indicado en el lugar y momento oportunos. Aunque la vida le sonrió desde el vamos, nunca se conformó y tanto en lo público como en lo privado apuntó a lo más alto y ganó todo. El día que asumió dejó en manos de su esposa y del canciller la atención de las delegaciones oficiales, y por dos veces en el espacio de horas, sobrevoló las zonas más afectadas. Acto seguido, adoptó las primeras medidas en una muestra de eficiencia y ejecutividad propias de su trayectoria y que en el futuro le serán más necesarias que nunca.

«No seremos el gobierno del terremoto sino el gobierno de la reconstrucción» expresó en su primer discurso como presidente, «sequemos nuestras lágrimas y pongamos manos a la obra».

Ojalá tenga éxito.

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