Universalismo musical

Días atrás falleció René Marino Rivero. Anteriormente fue Ariel Ramírez. Ambos fueron figuras consulares en sus respectivos géneros musicales. El primero, destacado por su universalismo musical, fue compositor de tango, pianista, director de orquesta, pedagogo, especialista en armonía, contrapunto y composición. Transcribió obras de Bach, Vivaldi, Monteverde, Prokofief y otros. ¡Y por supuesto, gran maestro del bandoneón!

El segundo, gran pianista, compositor, artista de enorme musicalidad y metodismo, abordó varios géneros musicales, producto de su amplia concepción del folclore argentino. Aunque sea discutible, quizás su obra cumbre haya sido La Misa Criolla-1964, la más interpretada en el exterior y que más versiones ha tenido, incluyendo tenores intérpretes de música del clasicismo. El español José Carrera entre ellos. Como dato anecdótico, constituye un honor para este mercedario, que la gran obra se haya presentado por primera vez en público, en mi querida ciudad de Mercedes.

Rivero y Ramírez son ejemplos de lo que en 1975 nos decía Daniel Vidart, cuando aún el tema se discutía: «Existe una falsa tensión cultural entre lo considerado como vernáculo y lo recibido aluvionalmente desde el continente europeo. Y agregaba que «la síntesis podía ser lograda, entre otras cosas, por el genio de un escritor, de un músico, pintor, filósofo o por la acción consciente del Estado» Y ¿qué son sino Rimsky Korsakov, Igor Stravinsky, con sus tradiciones folclóricas del mundo en el que vivían; el húngaro Bela Bartok, quien estaba convencido que el análisis del folclore podía ayudar al mejor conocimiento de la historia de los pueblos centroeuropeos, lo que se visualiza claramente en su Cantata Profana.

En esa línea ubicamos a René Marino Rivero, Ariel Ramírez y Astor Piazolla. Porque como decía hace muchos años Bing Crosby cuando le preguntaron qué opinaba sobre ese argentino (así fue la pregunta) que cantaba música popular, llamado Carlos Gardel, contestó: la música no es popular o clásica, sino simplemente buena o mala.

Nos cuenta Piazzolla una anécdota que refleja lo que decía Vidart. Eran los años 60 del siglo pasado, días en los que existía cierta moda de hacer conciertos, luego de lo cual venía el debate con el público. Dice Astor: «El coordinador me cedió la palabra y hablé sobre lo que pensaba del tango y luego vinieron las preguntas. Un tipo me la tiró sin pestañear: Maestro, terminó el concierto ¿por qué no se toca un tango?’ Se pudrió todo. Creo que le tiré una carpeta. No fue la única vez que lo escuché como una persecuta, incluso de algunos que se las daban de expertos, lo que me fastidiaba doblemente.» ¡Cosas de la vida! El genio musical argentino recorrió América y el mundo imponiendo su arte, el tango fundamentalmente, pero también otros géneros, de lo que rescato su excepcional «Concierto para orquesta y bandoneón».

En definitiva, la música, lenguaje cultural universal, como toda expresión artística, transmite emociones, sentimientos. Y éstos también son universales. Y si desde el punto de vista técnico se analiza la música, se trata de organizar sensible y lógicamente la melodía, armonía, ritmo, sonidos y silencios.

¡Vaya si lo hacían Bach, Beethoven, Stravisnky, Bartók, Los Beattles, Piazzolla, Ramírez o René M. Rivero, Villalobos y tantos otros!

Decía Einstein: «Lo permanente es el cambio». Pensar que tuvieron que transcurrir decenas de años para que el tango de ser prohibido, excepto en el bajo fondo y la bohemia, pasara a ocupar el lugar que le corresponde en los grandes, formales y atildados teatros del mundo. Eso, a pesar de que en febrero de 1916 en Rusia, El Choclo suplió al Himno argentino, que no figuraba en el repertorio del pianista que amenizaba. Hubo emociones, lágrimas, abrazos.

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