"Gallego" Aurelio, a secas, y con honores
Porque a las figuras que trascienden se las reconoce por su nombre, no es necesario apellido o título de profesión. El «Gallego», es registrado en nuestro país por tan sólo su nombre. Marroquí de nacimiento y bautizado «Gallego» por los uruguayos que lo cobijaron desde su llegada a nuestras playas allá por la década del 50.
Su espíritu aventurero lo llevó a viajar de polizón desde el viejo mundo y recalar en el Puerto de Montevideo en un barco que lo trasladó para que sus ojos vieran el nuevo universo.
Sus primeros años entre nosotros fueron marcándolo; por aquí no tenía familia alguna, por lo tanto debió sortear escollos peliagudos.
Trabajó en la industria metalúrgica, en la construcción, como lo hicieron tantos y tantos europeos llegados a nuestras tierras para intentar forjarse un futuro.
El «Gallego» Aurelio se fue acercando a los centros de luchas sociales y también al Partido Comunista. Un fotógrafo le enseñó las primeras armas en esa materia y se unió, tras haber adquirido alguna experiencia, a «El Popular» a su salida a la luz allá por 1957. En mi ingreso a él, en 1960, me permitió conocer muy de cerca a este entusiasta, fervoroso y alegre trabajador. Sus fotografías nos han llenado los ojos a través de los años en que estuvo en la calle el diario, hasta que la dictadura, en 1973, lo clausuró para siempre.
La actividad del «Gallego» era permanente, registrando los actos y asambleas partidarias, obreras, universitarias, acontecimientos culturales, la marcha de los cañeros desde Bella Unión, las vueltas ciclísticas, mostrando el interior del país por donde transcurría el evento. En fin, una labor enjundiosa, que junto a los demás compañeros fotógrafos del diario dejó para siempre plasmadas en blanco y negro lo que fue esa etapa del país, para hoy en colores ver resplandecer el fruto de aquella lucha tenaz del pueblo uruguayo.
El «Gallego» Aurelio fue portavoz valiente en cada fábrica tomada en la gloriosa huelga general de 1973 contra la dictadura que se instalaba en nuestro país. Llevaba la solidaridad de los demás trabajadores, estudiantes y pueblo uruguayo a cada lugar que concurría. Nuestro diario en esos días permanecía clausurado momentáneamente, por lo tanto Aurelio se transformó en su voz cantante, informando lo que acontecía.
Con ese espíritu aventurero y consciente de lo que significaría con el tiempo el «tesoro» que constituía el archivo de rollos fotográficos de «El Popular», lo llevó a intentar esconderlo. ¿Dónde? En el mismo «Edificio Lapido» donde se encontraban los talleres gráficos, redacción y administración. En esos días las condiciones eran delicadas. La represión campeaba a todo momento, por lo tanto él, que era una figura conocida y codiciada por los dictadores, no podía trasladar esa cantidad enorme de rollos y resolvió, y muy bien, haciendo lo que hizo.
Vinieron años negros para los uruguayos. El «Gallego», hábil, escurridizo, inteligente, supo eludir a los que apetecían detenerlo.
Ello lo llevó al exilio por varios años, pero llegada la democracia volvió, y como no podía ser de otra manera, cámara en mano, siguió plasmando la realidad de este Uruguay que salía de las sombras.
Pero en su mente estaba fija la idea de recuperar aquel «tesoro» que las paredes del viejo edificio cobijaron, como sabiendo que a pesar de algunas refacciones, debía mantener intactas esas cajas que guardaban la historia gloriosa de las luchas del pueblo uruguayo y de los demás aconteceres. Y el «Gallego» las recuperó. Obtuvo el apoyo de quienes al día de hoy han logrado formar una colección invalorable para el futuro y dejar plasmadas en esas imágenes para siempre lo que fueron esos años, el Centro Municipal de Fotografía.
La cámara fotográfica ha sido su fiel compañera, no lo ha abandonado nunca. Aún hoy, y todos los días con ella a cuestas, mantiene viva la llama de esa curiosidad que lo llevó a reflejar tantas y tantas situaciones.
Por lo tanto este homenaje, nombrándolo «Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Montevideo» por parte de la Junta Departamental, es más que merecido y justificado, a este hombre que llegó desde tierras lejanas desprovisto de bienes materiales, pero con una fuerza incontenible, valentía, sueños, esperanzas, hoy ha logrado a través de su trayectoria el bien más preciado que puede pretender un ser humano, es decir, el respeto, aprecio, afecto y reconocimiento general. Te envío un apretado abrazo de todos aquellos que te conocemos y contamos con tu amistad. ¡Salud, «Gallego»!
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