EDITORIAL

Hacia un desarrollo con justicia social

Más allá de los actos protocolares que habrán de desarrollarse mañana, de todo el significado que tiene cada recambio presidencial y del carácter simbólico que adquiere el hecho de que alguien como Pepe Mujica se convierta en el segundo presidente de izquierda en la historia del país, más allá de la algarabía popular, está la expectativa que se ha generado en la población y en el sistema político, su asunción.

Ya desde antes de la elección que lo consagró como futuro presidente, la opinión pública pudo ir percibiendo cuáles serían las características sobresalientes de su mandato, así como los lineamientos del programa a desarrollar, las prioridades y los rumbos a seguir.

Por lo pronto tenemos, como primer aspecto, la confirmación de la capacidad de diálogo del presidente electo, su voluntad de acordar. Es éste un hecho no menor que ha ido tomando fuerza y concretándose durante el lapso que va desde el último domingo de noviembre hasta la asunción de mañana. La participación de los partidos del llano en las empresas y organismos estatales ya es un hecho del que faltan sólo algunos detalles. Del mismo modo, la mesa de diálogo instalada a iniciativa del gobierno electo para acordar con la oposición políticas de Estado sobre cuatro grandes áreas está dando sus frutos y ya se han anunciado acuerdos básicos nada desdeñables en seguridad, en medio ambiente, en energía e incluso en el tema más urticante y polémico como es la educación.

Mujica y Astori ­porque este gobierno exhibe la peculiaridad de que el vicepresidente tendrá un protagonismo mayor que el que suele tener­ ingresan a la Casa de Gobierno con el pie derecho. Asumen sus cargos en medio de un moderado y razonable optimismo de la sociedad e incluso de los partidos de la oposición. Todo hace pensar que el país conocerá tiempos de concordia, de acuerdos y de desarrollo.

Atrás han quedado los duros enfrentamientos entre la izquierda y los partidos tradicionales debidos en gran medida a la irreductibilidad de las posiciones de uno y otro adversario. Porque no solamente el Frente Amplio ha revisado sus posturas intransigentes y aggiornado su programa, sino que los partidos tradicionales también han flexibilizado sus dogmas conservadores. El Frente Amplio actualizó su discurso advirtiendo que ciertos postulados y principios eran impracticables; los partidos tradicionales, por su parte, parecen haber comprendido que el fundamentalismo neoliberal no conduce a ninguna solución viable. La realidad obligó a reflexionar a propósito de estrategias y tácticas, y ello tuvo como resultado un saludable acercamiento entre bloques antagónicos.

Luego de haberse jugado la vida en pos de ideales revolucionarios por medios ilegales, don Pepe Mujica hizo una profunda evolución que lo llevó, no a abandonar sus ideales pero sí, a comprender la realidad y a plantear metas factibles de corto y mediano plazo, ya que la coyuntura nacional e internacional obligan a buscar otras alternativas. En el Frente Amplio ya nadie duda (y todos lo aceptan) de que el programa de la izquierda uruguaya no es un programa socialista; y el propio Mujica ha dicho ­no ahora sino hace ya un buen tiempo­ que el país debe tener una burguesía sólida y moderna; este concepto lo reiteró más explícitamente en el encuentro con empresarios en el Conrad.

Esto no quiere decir, lo hemos aclarado ya, que la izquierda haya renunciado a la utopía de un mundo mejor, de una sociedad justa, más igualitaria y más solidaria sin explotación del hombre por el hombre. Lo que decimos es que no podemos proponernos una transformación radical y abandonar el modo de producción capitalista de un día para el otro.

Eso la izquierda lo ha comprendido y trata de que el necesario desarrollo capitalista se acompañe de fuertes políticas de protección a los menos privilegiados y de salvaguarda del interés nacional. En eso estamos.

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