Las partidas
Gonzalo Fonceca
Compro el diario. Siempre empiezo a leerlo por la parte de atrás. Curiosa costumbre que sospecho multiplicada por miles.
En estos días donde no sale el sol, las páginas del tabloide me han dado certeros balazos en forma de necrológica. Y así muero con los muertos más queridos. Y sin embargo vivo gracias a ellos.
Y así me doy cuenta de la sensación única y terrible que para cada ser significa el adiós, el despedirse, el viaje cuando éste es definitivo, de las gentes que a uno le marcaron la vida propia.
Vida de uno mismo, propia, única, irrepetible. Enfrentarse a la ritualidad de la muerte con la sensación de que con cada una de ellas nace paradojalmente una nueva realidad.
El acostumbramiento a ese vacío. El rebelarse contra la certeza de que a cada paso la tenemos allí mismo. Acechante, agazapada, a la espera de un descuido. Pero nos hacemos los distraídos.
Sí, hoy el diario me trajo la noticia de otra muerte y ya van muchas.
El avión
Cuando se está parado allí, esperando la partida del ser más querido, y éste te mira a través de una mampara, sabés que quizás no vuelvas a verlo más.
El cuerpo se convulsiona y las lágrimas brotan solas. Por la razón de la partida. Pero te queda la esperanza. Siempre. Eso te mantiene alerta, vivo, y entonces, empecinadamente, seguís soñando con el encuentro a futuro.
Pero cuando comprás el diario y no sabés que te enterarás por la prensa de una partida definitiva, te das cuenta que quizás el boleto que la persona querida compró es sólo de ida.
Entonces ves despegar el avión como si fuera la última vez.
El Cerro
No hay capital en el mundo más linda que Montevideo. Su nombre es hermoso. Su entorno es de gloria y hay imágenes que te marcan a fuego para siempre. Luego de descubrir esos secretos ya no sos el mismo. Lográs capturar el secreto de lo mágico. Y es para siempre. Historia y gente, cultura y remolinos, pasiones y combates. Luchas. Respetos. Y más adioses.
Tengo mil amores con el Cerro. Y tengo dos imágenes que son la postal de lo inigualable con él.
1 – Desde lo alto de una torre y a lo lejos verlo amanecer, con el viento volando las cortinas de la ventana. El sol naciendo y despertando a la bahía. La magia misma del renacer y sentirse más vivo que ayer pero menos que mañana. El mar azul, la paz del mundo y allá lejos, la fortaleza y su estirpe.
La gallardía hecha dignidad. El saber que vale la pena el haber esperado tanto es un acto de amor en las mañanas.
2 – En lo alto del Cerro mismo, de noche, con las luces haciendo a Montevideo la capital del mundo. Con una lluvia de Este a Oeste, empapándose, desde el pie hasta el alma, con la sensación que son lágrimas por las partidas que fueron y las que serán. Allí, la falda, en los pies, y la lluvia cayendo sobre la desazón del mundo.
Más allá, una ciudad que está llena de gente querida y que hace tanto que no veo. Los extraño. Los atrapo en mi memoria y en mi corazón.
Dos momentos, únicos, encontrados, atrapados, solo míos, egoístas, como la vida propia, misma de uno mismo.
El diario
A veces el tormento tiene forma y aroma a diario. Y nombres que no me son ajenos. Así, las páginas guardan para siempre la fotografía y el recuerdo de Tota y me da por escribir una nota contra su partida. Y me acuerdo de no olvidarme. Luego, en poco tiempo la misma historia con nombre diferente y se va en el vuelo de la ida Perico. Callo y pienso.
Hace unos días el Tola pluraliza lo que estoy escribiendo en total primera persona. Y su figura inmensa en el entierro de Manolo y su voz y su sentencia repican en mi pobreza de ánimo. Y Carlitos Núñez no podrá escribir más nunca tampoco. Es mucho. Es lacerante tanta cosa.
Partirse es un segundo.
El Santa
Las banderas flameaban aquella noche en el Franzini. Hablaba Sendic y mi juventud llevaba una bandera roja y negra en su sangre. Mis padres habían sido los educadores del ejemplo de la vida. Los compañeros me enseñaron todo lo posterior.
Juan Carlos Mechoso sobrevivió a todo lo que un hombre puede sobrevivir. En el Cerro mismo lo conocí y allí conocí por él al Santa Romero. Comedor infantil del Cerro, Federación Anarquista Uruguaya, compañeros obreros y estudiosos.
En el patio de la casa, el Santa escuchaba la grabación de los goles de Cerro. Juan Carlos enseñaba la vida misma y el futuro.
El Santa me hizo socio de Cerro y alguna vez salimos a verlo por las canchas de la ciudad. Su risa y su alegría lo decían todo.
Luego la vida siguió su camino y ellos siguieron en la lucha. No nos vimos más.
Pero no olvidar y el respeto por los días vividos es la Máxima que alguien alguna vez me legó.
Compartí poco con los compañeros, pero intensamente.
Y entonces no olvido. Carlitos Molina, El Santa, Manolo, muchos más, las consignas quedan chicas cuando la muerte los llama y se los lleva.
La nota de página 9 de un 23 de marzo de 2001 en La República y firmada por Juan Carlos me llena el corazón de desolación.
Utopías
La Grecia antigua dejó para el pensamiento la razón misma de su existencia. Platón, Aristóteles, Diógenes Laercio, Teopompos de Quíos, Yámbulo; todos ellos definieron a su modo y manera la búsqueda empecinada de la perfección y la convivencia. La imaginación al poder se dijo luego. Ninguna novedad siglos después. Los romanos y los cristianos no tenían mucha imaginación, más bien el pragmatismo y la resignación.
Erasmo de Rotterdam lo estampa.
Tomás Moro da el salto. Ninguna parte, Utopía, un mundo opuesto a la realidad. La isla de la perfección queda frente a Sud América, ¿visionario? Libertad y perfección. ¿Demasiado para ser cierto?
Campanella y Bacon, Wells y Huxley, nombres y gentes para una búsqueda.
El pensamiento y la acción, el ideal y la búsqueda, la lucha y la esperanza.
El hombre y su destino.
Fines
La música sugiere y acompaña nuestros momentos más amables. Y soñamos. Imaginamos. Creemos. Asociamos cada frase con lo que nuestra perversidad interpreta a su manera. El autor nunca imagina dónde terminan sus invenciones. La máquina humana tiene intrincados mecanismos de supervivencia y de resistencia. Así, inventa, crea, modifica, destruye, mutila, cercena, se las ingenia para entrar y salir de su propia trampa.
A veces la música trae presagios de naufragios. Suena en el alma la sinfonía de la partida cuando el avión sobrevuela el Cerro de Montevideo.
En su interior viaja un desconocido con un diario arrugado en sus manos. Abandona este país bajo lluvias torrenciales con la esperanza marchita y un porvenir en ninguna parte.
Utopía de principios de siglo
Lleva en sus maletas la vida y en sus manos la noticia de que un compañero libertario ha dejado su lugar para siempre. No lleva banderas en su corazón. Lleva la angustia de millones de años.
Y llueve sobre el corazón del mundo.
La vida, empecinadamente, sigue.
*Edil de la Unión Frenteamplista por Maldonado
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