En defensa de la enseñanza laica

El presidente de la República lanzó hace unos días otro de sus dardos ingeniosos al poner en tela de juicio la hasta entonces sagrada e intocable enseñanza laica. El doctor Batlle, con esa suerte de inmunidad que le da el hecho de hallarse ‘en la estación Carnelli’, se lamentó de que por culpa del laicismo los uruguayos exhibían carencias en su formación moral, y dejó entrever la posibilidad de rever ese viejo y sólido pilar de nuestra educación pública.

Afirmar que la sociedad exhibe un descaecimiento de los valores es ya un lugar común. A diario asistimos a comportamientos en los que predominan los impulsos violentos, la insolidaridad, el individualismo. Conste que no nos referimos solamente al auge de las conductas delictivas: hablamos de las formas de relacionamiento en todos los sectores sociales.

Ahora bien, que el jefe de Estado proponga –para combatir esos vicios– que se imparta educación religiosa, es por lo menos descabellado.

Más allá de la sorpresa que causó en distintos medios y de las reacciones (en su mayoría felizmente adversas) que provocó, conviene no tomar ésta como una más de sus salidas ingeniosas porque hay en ella una peligrosa luz verde a las iniciativas que insistentemente vienen proponiéndose desde la derecha confesional más recalcitrante. No puede verse como una humorada más o menos frívola, sino que corresponode a todos los espíritus libres lanzar un llamado de alerta para frenar cualquier asomo de amenaza a uno de nuestros principios más caros.

En ese sentido se pronunciaron la profesora Carmen Tornaría y el doctor Hebert Gatto en sendas cartas publicadas en el último número del semanario Búsqueda. Cada cual en su estilo, ambos enfrentan decididamente la audaz pero desacertada y –lo reiteramos– peligrosa propuesta presidencial.

El doctor Gatto aborda el tema con una precisión muy pertinente. Dice el analista: «En cualquier sociedad una cosa es la cultura laica, un fenómeno social de creencias y valores compartidos que relega o desconsidera lo religioso oponiéndole lo racional, y otra el laicismo como política, una decisión expresa del cuerpo político que separa, en todos los campos, el Estado de la religión por considerarla un asunto privativo de los ciudadanos.» En nuestro país, el batllismo de principios del siglo pasado en cierto sentido mezcló ambos conceptos con su implacable prédica antirreligiosa. En cuanto a imponer una cultura laica, su éxito fue relativo; en cambio logró afirmar en el cuerpo social la idea de laicismo como política de Estado, que es en definitiva lo que estamos defendiendo.

La profesora Tornaría –con una claridad y una solidez argumental destacables– expone la laicidad como praxis, recordándonos, entre otras cosas, que «(la escuela laica) nos enseña desde pequeños que los diferentes podemos convivir juntos y que sólo nuestra inteligencia, en ese espacio, nos convierte en mejores o peores.» Y agrega más adelante: «La escuela laica no anula convicciones ni creencias; ayuda a construirlas sin fundamentalismos porque, sin optar por ninguna, las convoca a todas.» En su alegato a favor del laicismo, Tornaría resalta el papel fundamental de la escuela pública en cuanto brinda valores y patrones morales que –en conjunción con la formación que supuestamente ha de darse en los hogares– se internalizan en la conciencia de los futuros ciudadanos de una auténtica sociedad democrática: el respeto a las leyes, el respeto por el prójimo, la tolerancia, la solidaridad, la participación responsable. Como se advierte, no es menester una enseñanza confesional para incorporar estos valores; antes bien, algunos de ellos pueden entrar en colisión con ciertos dogmas.

Para concluir, vale la pena hacer notar que los cuestionamientos a la laicidad provienen, sintomáticamente, de los espíritus más consustanciados con los dogmas neoliberales que preconizan la absoluta prescindencia del Estado en materia tan sensible, para dejar la educación de los jóvenes librada exclusivamente a la responsabilidad y voluntad de los padres. Se trata de una doctrina que no tiende a la cohesión social sino que por el contrario propugna una sociedad desarticulada y profundamente individualista, lo cual es nada menos que la negación de una sociedad.

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