Guerras paralelas

Plutarco nos ha legado lo que se conoce como su principal obra «Vidas Paralelas», cuyo cometido era reflejar virtudes, deméritos y rasgos comunes en tiempos diferentes; un romano célebre: Mario, y un general de frase bíblica: Pirro, y así va trazando con pinceladas geniales figuras del mundo helénico y de la sagrada Roma.

Salvando las distancias y por supuesto el carácter de la guerra, una era civil, entre hermanos. La película «Lo que el viento se llevó» de niños nos ilustró la crudeza de una guerra fratricida que sólo el tiempo y la madurez intelectual nos condujo a entender lo que se jugaba en esa contienda entre el Norte y el Sur.

Leyendo los poemas de Hojas de Hierba, de Walt Whitman, percibimos un himno al desarrollo, a las entrañas de la sociedad que se abren generosas al maquinismo, al vapor, a la electricidad, a la revolución industrial que para afirmarse necesitaba liquidar la mano de obra esclava de millones de negros para incorporarlos a la producción y al consumo, con nuevas reglas de juego. Abraham Lincoln fue la figura visible del cambio necesario e inevitable, ante la intransigencia retrógrada, la guerra con todas sus consecuencias. En el campo de la encarnizada batalla de Gettysburg, transformado en un inmenso cementerio, dirá su famosa oración, expresada en pocos minutos para luego, analizada y comprendida, como las palabras más notables dichas por un presidente norteamericano:

Ochenta y siete años ha, nuestros padres dieron vida en este continente a una nueva nación, concebida en la libertad, y sustentada en el principio de que todos los hombres han nacido iguales.

Estamos ahora sumidos en una gran guerra civil, poniendo a prueba si esta nación, o cualquiera otra así concebida y sustentada, puede perdurar. Nos encontramos reunidos en un vasto campo de batalla de esa guerra. Nos hemos congregado para dedicar parte de él a lugar de eterno descanso de aquellos que dieron su vida para que la nación viviera. Es de todo punto justo y natural que así lo hagamos. Pero, en un sentido más amplio, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos bendecir esta tierra. Los valientes vivos y muertos, que aquí lucharon, la consagraron ya con su esfuerzo, sin que esté en nuestra mano añadir ni quitar nada a tal consagración. El mundo poco notará que lo que aquí digamos, ni lo recordará durante mucho tiempo; pero jamás olvidará lo que ellos aquí hicieron. A nosotros, los vivos, tócanos el deber de dedicarnos a la obra inacabada que ellos con tanta nobleza empezaron y continuaron. Tócanos a nosotros consagrarnos a la tarea inmensa que tenemos delante: honrar estos muertos, y con su ejemplo acrecentar nuestro entusiasmo por la causa a que ellos dieron todo su esfuerzo; mostrarnos decididamente resueltos a que los caídos en la contienda no hayan perecido en vano; hacer que la nación, con la ayuda de Dios, reciba un nuevo bautismo de libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo, no desaparezca de la tierra.

Coincide el calendario en ilustrarnos que, en 1864, en el Uruguay, en una ciudad del litoral noroeste, Paysandú, sitiados por fuerzas brasileñas que contaban con la complicidad del gobierno de Buenos Aires, el general Leandro Gómez se niega a replegar la bandera de la resistencia y se somete al juicio histórico, abriendo una página de gloria en la historia nacional. Secundado entre otros por el legendario Lucas Píriz, ofrenda con su vida la determinación de no rendirse a las fuerzas sitiadoras, la defensa de Paysandú es una expresión de la nacionalidad levantada en armas y a la vez, un símbolo negro de una historia patria marcada a fuego por dos poderosos vecinos que siempre trataron de incidir en el destino nacional, apoyándose en nuestros propias contradicciones. Así, el general Urquiza se instaló en el Pueblo Peñarol en el período de 1828, Convención Preliminar de Paz donde surgirá la República Oriental del Uruguay. Casi un siglo después, con un Uruguay ya institucionalizado en el que Batlle y Ordóñez trata de sacudirse la «Enmienda Pratt del Río de la Plata», el espíritu siempre presente de Lord Ponsomby «de la rubia Albion» abriendo caminos hacia la moderna potencia del Norte quienes azarosos, desbordando los fines de Jefferson, Franklin y Thomas Payne, se encaminan aceleradamente hacia la Doctrina de «América para los americanos».

En ese cuadro histórico concreto, la paz de la República es sacudida por un levantamiento armado que tiene su final en la Batalla de Masoller, acorralado por el general Galarza o lugar estratégico elegido por la cercanía y la simpatía de la frontera abierta, siempre generosa para abastecer, logística o replegar fuerzas.

Registramos hechos históricos dolorosos que tratándose de la nación, no pueden, no deberían tener banderíos propios. El que esté libre de culpas que arroje la primera piedra, sentenció el Gólgota. Me siento comprendido en las raíces de la nacionalidad, así como en sus dolores más extremos. Vengo de familia paterna jugada al Partido Colorado, y de mis ancestros maternos de la herrería de Don Paulino García, casado con Galdina Bidart, se hacían trabajos de armería para las fuerzas de Aparicio. En la leyenda familiar tirios y troyanos narraban sus propias historias.

Y así se formó opinión de un lado y del otro pero, acaso son menos héroes los obreros de los frigoríficos muertos en una huelga de hambre, los mártires de Quinteros que tan poco reivindican, porque esas confusas muertes muestran el eclecticismo y las fantasmadas de las falsas divisas que tanto mal han hecho al país.

Sí, la patria en su larga gesta por identificarse ha ido sembrando de hombres y mujeres cuyas vidas también fueron sacrificadas por el despotismo y la arbitrariedad. Hace pocos días, en Canelones, asistimos a la colocación de una placa a los cinco fusilados de Soca. ¿No es pues hora de embanderarse con los muertos del pueblo? ¿Con los héroes anónimos de la nación? Sí, es hora mirar largo para que la identidad nacional sea defendida y con ella el derecho a la vida que garantiza la Constitución de la República. Entonces, memoria, verdad y justicia son símbolos y exigencias que van de la mano como un derecho irrenunciable que los pueblos han conquistado desde los albores mismos de la Revolución Francesa, cuando lanzó al mundo, además de «Libertad, igualdad y fraternidad», los Derechos del Hombre y el Ciudadano.

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