¿Hacia dónde va el Partido Nacional?
Una nota de opinión del embajador Hernán Patiño Mayer publicada en un medio de prensa argentino sirvió de pretexto para que el Partido Nacional intentara recuperar protagonismo en medio de la canícula estival.
Vale la pena proceder a un breve resumen de los hechos. El artículo en cuestión hacía un repaso de la historia uruguaya y señalaba la coincidencia de que tres personajes relevantes fueran conocidos por el mismo sobrenombre. A la derecha vernácula le chocó sin duda que de alguna manera se comparara al presidente electo con Artigas y con Batlle y Ordóñez. Pero a la dirigencia nacionalista le resultó seguramente indigerible que en la nota del embajador argentino se mencionara a figuras de otros partidos junto al prócer, y no hubiera ningún blanco en el podio.
Los doctores Larrañaga y Abreu pusieron el grito en el cielo, declararon a Patiño persona non grata y, con presteza, hablaron con el canciller Vaz ante lo que consideraron una intromisión del embajador en los asuntos internos del país; en este caso, en la historia uruguaya. El epílogo del episodio es por todos conocido: Patiño había presentado su renuncia mucho antes de la publicación de su artículo y estaba a la espera de que su gobierno la aceptara, por lo que ni fue removido ni renunció como consecuencia de la gestión de la dirigencia nacionalista.
Cierto es que la derecha uruguaya nunca vio con buenos ojos a Patiño, fundamentalmente por sus ideas progresistas. Pero la reacción de Larrañaga y Abreu sorprendió por su virulencia, y sólo puede deberse a un afán de protagonismo luego del resultado electoral del último domingo de noviembre. Llama la atención, por otra parte, ese encono tan especial con el embajador de un gobierno argentino en manos de una corriente peronista de izquierda, dado que tradicionalmente el Partido Nacional, a diferencia del batllismo, tuvo buena sintonía con el peronismo.
Tal vez el hecho responda al cambio que ha venido sufriendo la gran colectividad de Oribe desde la desaparición de Wilson Ferreira Aldunate. Bajo el liderazgo de Wilson, el Partido Nacional se había fortalecido no sólo electoralmente sino, también, desde el punto de vista doctrinario. A las viejas banderas del nacionalismo y del americanismo, Wilson supo sumar postulados de neto corte progresista que dotaron a la fuerza política de un contenido popular, antiimperialista y socialdemócrata, más cerca de las posturas neokeynesianas y cada vez más alejado de las recetas neoliberales. La muerte del último gran conductor frustró ese proyecto y condujo al Partido hacia posturas exactamente opuestas al wilsonismo. Recuérdese al efecto lo que fue la administración del doctor Lacalle entre 1990 y 1995: se desmanteló el aparato productivo, se quiso convertir al país en un paraíso fiscal, se desregularon las relaciones laborales y se intentó privatizarlo todo. Desde entonces, el Partido Nacional se fue despojando de progresismo, y no sólo no apareció un líder que hiciera suyos los postulados de Wilson sino que aquellos dirigentes más consustanciados con el caudillo abandonaron las filas partidarias para engrosar el Frente Amplio.
Luego de la última derrota electoral, algunos dirigentes parecen haber percibido el fenómeno. Es el caso del senador Sergio Abreu, quien reflexionó a propósito reconociendo que el Partido Nacional debería «actualizar el discurso, mirar la realidad actual con mayor sensibilidad social»; y prosiguió: «Tenemos que desprendernos definitivamente de una visión conservadora. (…) A nosotros nos manotearon las banderas. Y las nuestras no las hacemos flamear de acuerdo a los tiempos».
Como ha dicho el diputado reelecto del Espacio 609 Ruben Martínez Huelmo, wilsonista fervoroso: «A confesión de parte, relevo de prueba». Tal vez la dirigencia blanca debería preguntarse si realmente las banderas les fueron manoteadas o si, por el contrario, ellos mismos las abandonaron.
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