Las palabras del mundo
Flaubert escribió que no es conveniente acercarse en exceso a los ídolos de oro porque con el transcurso del tiempo el dorado se pega a los dedos. Pero hay excepciones en las que el tiempo opera en sentido inverso, como el agua de la lluvia diría Rodó que al derramarse sobre algunas lápidas, las hace relucir.
Es lo que me sucedió con uno de los ídolos de mi temprana juventud. Con el fervor de entonces sucumbí al encanto de las obras teatrales de Albert Camus antes de adentrarme en el resto de su obra. Y hoy, transcurridos 50 años de su muerte acaecida el 4 de enero de 1960, compruebo que el tiempo no ha hecho más que realzar el deslumbramiento de entonces.
La lucha contra todos los totalitarismos lo involucraron como uno de los escritores más comprometidos de su tiempo, pero no de manera incondicional. Defendió la libertad como el supremo bien, sin que ello fuera un justificativo para volver la espalda a la justicia ni para atribuirse el derecho a matar. Un ejemplo: asumió como propios los ideales de la Revolución Francesa, sin dejar de repudiar la ejecución de Luis XVI. Se oponía a la pena de muerte sin excepciones. Entendía que como de todos modos estamos condenados a morir, la muerte como una pena aplicada por la Justicia era una segunda muerte que debía impedir; una muerte prematura es irreparable. El fin no justificaba los medios. Fue así que se apartó de la lucha independentista de los argelinos cuando asumieron el terrorismo como un método justificado al servicio de su causa.
Se enroló tempranamente en la Resistencia francesa, para erigirse en su «voz clara y justa». Eso no fue impedimento para oponerse a la ejecución de los colaboracionistas, todo ello expresado a través de una densa poesía en prosa que hizo proclamar al editorialista del New York Times, «He aquí una de las raras voces literarias que ha emergido del caos post-guerra con el tono armonioso y medido del humanismo».
En «Carnets I» escribió que «la política y la suerte de los hombres están hechas por hombres sin ideal y sin grandeza. Los que tienen adentro alguna grandeza, no hacen política.» Sin embargo, sentía «un deseo tan fuerte de ver disminuir la suma de desgracia y de amargura que envenena a los hombres», que se sumó a la acción política adhiriendo al Partido Comunista.
Obviamente, no iba a durar, porque cualesquiera fueren los ideales, el humanista no tenía cabida en el dogmatismo marxista y en la dictadura de una nueva clase de inquisidores. La brújula de la libertad y la justicia que guiaba su trayectoria, determinó que al mismo tiempo que era orador en un acto comunista en apoyo de sindicalistas españoles condenados a muerte por Franco, se retiraba de la Sociedad de Cultura que propiciaba un imposible diálogo Este-Oeste con intelectuales soviéticos que no podían hablar de la represión en su país, mientras que los del oeste no tenían limitaciones de ninguna especie.
En el agitado ámbito cultural de la Francia de entonces se encontró en franca minoría cuando se produjo la previsible ruptura personal e ideológica con Sartre. La razón puntual fue una crítica de «El hombre rebelde» publicada en la revista que Sartre dirigía. Pero si no fuera ésta, no tardaría en surgir otra razón porque Camus y Sartre seguían un rumbo de colisión.
A los 44 años de edad recibió el Nobel de Literatura. Lo merecía con creces porque su producción literaria, incluso la referida a densos temas abstractos, está impregnada de una poesía que lo erigió en uno de los grandes escritores franceses del siglo XX. Curiosamente, cuando recibió el galardón había entrado en un período de sequía que su biógrafo, Herbert Lottman, definió como bloqueo literario. Con el importe del premio se compró una casa en Lourmarin, en cuyo entorno apacible pudo retornar a la creación de lo que él mismo dijo que sería la obra de la madurez, «El primer hombre», una novela épica situada en la Argelia francesa. A pocos metros del árbol contra el cual se estrelló fue encontrado parte del manuscrito que no llegó a completar.
Murió cuando aún se podía esperar lo mejor de él. Sin embargo alcanzó a dejar una estela luminosa y perdurable que tenía marcada por su inclaudicable pasión por la libertad y la justicia, y el respeto a la vida.
«Si alguien os arrebata el pan, suprime al mismo tiempo vuestra libertad. Pero si alguien os roba la libertad, estad seguro, vuestro pan está amenazado, puesto que ya no depende de vosotros y vuestra lucha, sino del capricho del amo.»
Si el escritor dice su verdad, los lectores encontrarán que esta verdad también les pertenece a ellos, decía Octavio Paz, y se oye en sus momentos más intensos, las palabras del mundo.
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