Feliz Navidad
Un lejano 25 de diciembre, guiados por una estrella, tres príncipes de Oriente llegaron a un humilde pesebre en Belén, donde nacía el hijo de Dios, a rendirle honores y pleitesías. Su nacimiento no fue en magnos palacios llenos de dignatarios domésticos. Su única riqueza emanaba del espíritu divino y los ejemplos que de esa imagen se desprendían. Unidad familiar de un núcleo humano, o sea la Santa Madre, el casto José y el niño Dios que venía para la salvación futura de los hombres. O sea, no había divorcios, ni luchas o discrepancias propias del rompimiento de la célula madre base de toda la sociedad sana como es el matrimonio. Tampoco presentaban discrepancias de clases u odios sociales. ¡Nacía entre los más miserables y necesitados del mundo! Pastores y simples animales, en un pesebre de paupérrimas condiciones. Representa entonces, la igualdad del amor a todos los seres vivientes y sufrientes.
Pudiéndolas tener con largueza, carece y desprecia las riquezas y poderes materiales y políticos. Es obvio, que como hijo de Dios pudo nacer con el peso y fuerza de todos los poderes fáticos, económicos y políticos más contundentes, en imposición de sus mandatos futuros. En cambio, sufriendo miserias, dolor y un futuro material nada venturoso, con apariencias reales ruinosas, sus padres no lo abortaron eligiendo la muerte o conveniencia económica. Sino por el contrario, nace en representación de la vida. El valor de ese ejemplo es más real y decisivo que todas las fuerzas y razones ideológicas humanas por poderes imperiales que puedan esgrimirse a través de los tiempos. Esa es también, justamente la razón de amor entre semejantes más perpetua y perfecta dado por el ejemplo divino, que mandata en la imagen de la Sagrada Familia la vida de todo núcleo normal regulada por relaciones de afectos y sacrificios entre hombre y mujer que debe tener toda sociedad igualitaria, estrictamente regulada por el sentimiento más puro de amor y concordia que formaran naciones dignas, justas y equilibradas ajenas a vicios dispendiosos y antinaturales. O sea, el nacimiento de Jesús, desde su advenimiento vital, que irá desarrollándolo en el tiempo con los diversos ejemplos de su vida y verbo expuesto, que culminara con el sacrificio más enorme y sublime que jamás podrá ser igualado por razón humana alguna, calvario salvaje y de cruel refinamiento mediante, clavado en la cruz. Cada año se recuerda estos ejemplos, para que el mundo tome equivalencias y adopte el ejemplo de amor que comenzó en esa Navidad primigenia. No hay ambiciones por obtener riquezas materiales quitándoselas a otros hombres, o pueblos que las poseen legítimamente por derecho natural, ni tampoco odios y venganzas oscurantistas raciales, ni filosóficas ni religiosas dando interpretaciones intervencionistas vinculadas a centros económicos imperiales. Por el contrario, se bendice al que sufre, al pobre, al hambriento, al nacesitado, en puridad al explotado. Será más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, a que un poderoso o imperialista entre en el reino de los cielos. No importan los orígenes de las víctimas, sean indios, negros, árabes, chinos o blancos del tercer mundo, ni siquiera las diferencias en creencias filosóficas. Baste que sufran y sean explotados para que la cruz o la imagen de esa Sagrada Familia, propia de la Navidad, esté presente para su consuelo y salvación eterna del alma por encima de las discriminaciones, muerte provocadas, intervenciones depredatorias particulares o colectivas y demás crímenes. Para los que somos creyentes, nace el hijo de Dios, Cristo, y con él, la esperanza del perdón y salvación eterna del alma.
¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
¡Zorionak Gabon Onak!
¡Zorionak Eta Urte Berri On!
¡Feliz Navidad y Año Nuevo!
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