¡Peñarol, Peñarol!
No es una nota sobre el fútbol, pasión de los uruguayos, deporte mundial por excelencia, rey de los espectáculos en los cinco continentes. No es que no quisiéramos escribir sobre este fenómeno encantador de multitudes, capaz de mover 6.500 millones de dólares en cada copa mundial que organiza esta simpática, académica y a la vez poderosa asociación internacional con nombre de señora que se denomina FIFA.
No es Peñarol, ni la AUF, ni la AFA, ni la FIFA; es otro Peñarol, el barrio. Ayer pueblo donde el italiano Pignerolo, allá por el Siglo XVII, se instala con una pulpería y comercio de ramos generales hasta hacerse punto de referencia emblemático, lugareño, que le da significación al punto geográfico, al territorio y sus alrededores, así se fue forjando Montevideo. Allá cerca de la costa era La Mondiola, más al este fue Maroñas, más arriba Sayago, el voceador de Piria que vendía y remataba terrenos a largo plazo para así ir poblando Montevideo en sus alrededores, en sus extramuros. Pero quien le dio el gran impulso al Pueblo de Peñarol fue la decisión de la Central Uruguay Railway de instalar los talleres ferroviarios en una vasta franja de tierra inculta y deshabitada; sale pues de Bella Vista (hoy Carnelli) que mirando hacia atrás era «Bella la Vista», pues la mirada se deleitaba con la imagen de lo más bello que tiene Montevideo: su puerto, estático, inmóvil a la primera mirada y luego del impacto visual, todo él es movimiento, atraque de barcos, carga y descarga de mercancías que van y vienen, en una palabra: el pulmón del país.
Peñarol pues, entra hondo en la historia patria, no sólo integró los 23 pueblos que enviaban delegados a las asambleas electoras de diputados orientales, sino lo más importante de la construcción del Uruguay del futuro estuvo asociado a su existencia. En aquella época se consideraba Montevideo la Ciudad Vieja, Centro, el Cordón y la Aguada, lo demás eran lejanas villas: del Cerro, Santiago Vázquez, Pueblo Victoria, Restauración. En la medida que la urbanización creció, Montevideo se fue integrando en barrios. En estos fueron afincándose emprendimientos, empresas, fabricantes, comerciantes y, por ende, trabajadores en su mayoría inmigrantes, y luego paisanos del Interior, que se enrolan en las modernas plantas frigoríficas (ayer saladeros), en fábricas textiles que empiezan a industrializar la lana: lanado, desborde, hilado y tejeduría. Crece el transporte, la caminería, las comunicaciones.
En medio de ese fragor de desarrollo el ferrocarril de los ingleses y su corazón: Peñarol. Así se forja una población apta, disciplinada, que trabaja y vive por y del ferrocarril. En torno a esos enormes talleres que consumen energía, agua, confluyen desde el horno de ladrillos para novedosas viviendas con diseño inglés areneras, chacras con hortalizas y frutas. Y educación escuela pública un centro social artesano, centros de distracción cultural, dos cines; no podía faltar la comisaría y el cuartel cerca. Tampoco el centro médico, particularmente para el ferrocarril. Todo Peñarol era un centro de trabajo, producción, desarrollo y comercio.
Hasta que vino la debacle: los gobiernos de Sanguinetti y Lacalle pasarán a la historia por haber desmontado los talleres metalúrgicos más avanzados del Uruguay. Su base material, aunque viejo era de primer orden, y el factor subjetivo, la capacidad técnica de sus ingenieros y obreros, era de un nivel de excelencia. Todo trató de tirarse por la borda; de 11.000 trabajadores ferroviarios de todo el país, hoy apenas hay 1.200, y la película es cientos de pueblos abandonados, material rodante desquiciado, y remates de máquinas, herramientas vergonzosos y al peor postor, al precio de ganga.
Por todo ello, cuando nos convocaron para inaugurar una plaza en la vieja Estación Peñarol quisimos estar, y hablar de que los pasados no mueren, sino que se restauran en el presente con actos, lo mejor del ayer. Y así fue, en una «vaporera» de la Sociedad Amigos del Riel» partimos con el intendente municipal, Dr. Ricardo Ehrlich, el presidente de AFE, León Lev, y otros queridos acompañantes, desde Central a Peñarol. El pito de la máquina sacudía el aire anunciando una presencia que se niega a la retirada, y en Peñarol una multitud de gente que espera, también la Sinfónica Municipal, porque habrá fiesta, porque Mario Delgado Aparaín lo dijo: «Con el gobierno de Gijón (España) estamos empeñados en que este centro ferroviario sobreviva a la piqueta desalmada de los aventureros sin principios, que le quitan el alma social del Estado y todo lo transforman en entrega y desolación».
Sí, porque hay gobierno del Frente Amplio, e Intendencia Municipal de Montevideo frenteamplista; no sólo tratamos de impulsar ALUR y los parques eólicos, las carreteras y los puertos, queremos ferrocarril, no como antes: mejor que antes, para integrar el país al Mercosur, y para generar una red de transporte integral, en la que los transportes de la madera sean más ágiles y con menos costos. Todo un desafío.
Peñarol no es una anécdota, es una realidad museística para el futuro, pero también un rostro vivo de un Uruguay que construye y quiere hacerlo con ferrocarril, sí o sí.
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