¿Una nueva política de fusión?
El matutino El País se ha convertido en vocero (¿oficioso, oficial?) de la tendencia que promueve la unión de blancos y colorados.
La idea no es nueva. Ya en el siglo XIX hubo un fuerte movimiento conocido como la política de fusión, que preconizaba el fin de los enfrentamientos entre los dos bandos, proponía dejar de lado las divisas y promovía la fusión de blancos y colorados en un único partido.
Esa iniciativa no prosperó aunque contó con entusiastas adherentes como don Bernardo Prudencio Berro, un idealista identificado con el Partido de Oribe, quien combatió la división de los orientales desde la Presidencia, pero volvió a filas blancas cuando comprendió la inviabilidad de su proyecto de fusión; murió asesinado a manos de colorados «candomberos», acusado de ser el instigador del asesinato de Venancio Flores.
La violencia política seguirá por muchos años. Tendremos los levantamientos de Timoteo Aparicio junto a Anacleto Medina; más tarde el militarismo, y por fin, las revoluciones lideradas por Aparicio Saravia.
A partir de entonces, comienzos del siglo pasado, las luchas políticas se encauzaron por caminos civilizados y no sangrientos, trocándose las armas por las urnas. Se mantuvieron, no obstante, las diferencias entre los dos partidos; persistieron los enconos y las rivalidades. Sin embargo, a partir del golpe de Estado de Terra en 1933, se puede afirmar que las eventuales diferencias entre blancos y colorados empezaron a esfumarse, a diluirse, para dar paso a enfrentamientos de carácter más ideológico entre bandos integrados por dirigentes, cuadros y militantes de ambos partidos. La alianza entre Terra y Herrera llevó a que blancos independientes cerraran filas junto a batllistas y partidos de izquierda.
El resto es historia conocida. En el interior de los dos lemas tradicionales fue posible encontrar puntos de vista, concepciones filosóficas y proyectos políticos radicalmente opuestos. Piénsese en el conservadurismo del diario El Día frente a la socialdemocracia de Luis Batlle Berres; o en la propuesta progresista de Wilson Ferreira Aldunate coexistiendo con la derecha pura y dura del general Aguerrondo. Y ni que hablar del hecho que durante la dictadura hubo blancos y colorados colaboracionistas, al tiempo que en la trinchera opuesta militaron, también, personalidades de ambas colectividades.
Esa mezcla, ese desdibujamiento del perfil que otrora caracterizó a uno y otro de los partidos históricos, ha llevado a que los sectores progresistas fueran abandonando paulatinamente sus respectivos lemas para sumarse a la izquierda en ascenso. Y el tiro de gracia fue la reforma electoral de 1996, que obligó a todos los partidos a presentar un solo candidato a la Presidencia, impidiendo presentar el abanico de ofertas que permitía captar votos de todo el espectro político.
Esa misma reforma fue la que instauró la segunda vuelta, con la ilusión de que en el balotaje pudieran unirse los dos partidos para impedir el triunfo del Frente Amplio. Los resultados de 2004 y de 2009 dieron por tierra con esa ilusión conservadora. Pero ahora, ante la instancia electoral de mayo, para la cual no hay balotaje y se permiten hasta tres candidaturas a intendente por lema, blancos y colorados advierten que corren el serio riesgo de seguir perdiendo gobiernos departamentales. Independientemente de los departamentos en los que el Frente obtuvo la mayoría absoluta, hay otros en los que la izquierda puede lograr el triunfo con mayoría relativa.
Esa es la razón de la alarma que cunde en las filas conservadoras y la explicación de la propuesta de que blancos y colorados se junten para derrotar al Frente en los departamentos en que éste tiene mayoría simple. Como nuestro sistema electoral no prevé la posibilidad de acumular votos entre dos lemas, los partidos tradicionales deberían ponerse de acuerdo para decidir bajo cuál de los dos lemas habrán de presentarse en cada departamento.
No solamente se trata de una tarea harto dificultosa, sino que, además, el hecho implicaría una pérdida de identidad que pone en peligro la existencia misma de los lemas.
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