Maestro de maestros
Hace una semana fuimos sorprendidos por la muerte del Tola Invernizzi. Le ocurrió en la madrugada siguiente a su participación en un homenaje a Eduardo Mondelo, joven militante frenteamplista de Piriápolis que fue asesinado durante la dictadura.
Como siempre, estuvo presente con los amigos, homenajeando a un compañero, valorando la dimensión del individuo.
Muchas personas son maestras en alguna materia que dominan, durante un período de su vida. El Tola también lo fue. Enseñó su especialidad, la pintura, en la Escuela Nacional de Bellas Artes, luego del retorno a la democracia.
Muchas personas han dedicado y dedican su vida a la acción por la causa del hombre; por su dignidad. El Tola también lo hizo. Desde su militancia antifascista durante la dictadura de Terra hasta esa participación en un homenaje a un militante asesinado, en la víspera de su muerte.
En sus cuadros y dibujos aparece, casi siempre, una opinión expresa–un graffiti, podríamos decir– definiendo una situación, levantando una consigna. Siempre procuró que arte y militancia caminaran juntos.
Su figura fue machadiana. Desde su conocido y querido torpe aliño indumentario, pasando por haber recibido la flecha que le asignó Cupido y haber amado cuanto ellas pueden tener de hospitalario. El también tuvo en sus venas, gotas de sangre jacobina, aunque su verso brotaba de manantial sereno. Por eso todos coincidimos –creo — en que fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Bien: todo eso es verdad. Pero no es lo único. Ni siquiera lo más importante.
Yo deseo comentar con usted, que siempre tuvo tiempo para enseñar –en conversaciones lentas, sin pretensiones, pero con mucho contenido– la importancia que tiene «pensar en el otro». Saber que el otro existe, siente y piensa con su propia cabeza, al margen de mis ideas, mis acciones y mi influencia, con los mismos derechos que tengo yo.
Me explico: no importa que el hombre roture la tierra desde tiempos inmemoriales, para procurar su sustento. Cada vez que un niño germina una semilla en un trozo de algodón está descubriendo el secreto de la creación. Y esa sensación de triunfo, logro y grandeza, no debe sufrir el desánimo de que otros lo han hecho antes, porque atenta contra el desarrollo de esa persona. Porque la acción del individuo conectada con la de todos los demás, en un ambiente de libertad, garantiza el avance de la civilización.
El hombre siempre estuvo y está en el centro del universo. De ahí su explicación lógica de que la naturaleza imita al arte. Claro: aunque uno haya visto mil puestas de sol, recién aprende a apreciarlas, cuando en una de ellas, puede compararla con la que ha pintado un artista sensible. Porque el arte nos ayuda a ver la naturaleza.
Esta dignificación de la acción del hombre, respetándolo aunque sin hacerle concesiones, es decir, sin renunciar a la polémica, creo yo que es la esencia de todo lo que nos ha dejado el Tola durante su extensa y rica trayectoria entre nosotros.
Nunca pretendió ser meta, sino que siempre funcionó como punto de partida o continuación de un camino que no acaba. Se me ocurre la imagen de Gorgias aconsejando a sus alumnos que no tomaran sus enseñanzas como una verdad definitiva, sino como un desafío, a partir del cual es necesario avanzar.
Por eso, aunque me sienta triste porque ese amigo ya no está, no lo considero catastrófico, en la medida en que sepamos aprovechar ese dardo que sigue en el aire, para seguir avanzando desde él.
* Militante del Frente Amplio
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