El desempleo y la miseria o las consecuencias sociales de un modelo inhumano

En la sección Sociedad de nuestra edición del sábado 24 hay dos notas que, si bien no guardan relación entre sí, resultan por demás significativas del deterioro social del país. Ambas tienen un denominador común: la pauperización de la población, la miseria y la marginalización. Ambas develan una realidad que a nadie gusta, que incomoda a las conciencias, y que sin embargo es menester no olvidar, tener siempre presente y denunciar, como única forma de intentar modificarla, revertirla.

Una de las notas se refiere al derrumbe producido en una finca ruinosa de la Ciudad Vieja, barrio histórico que el Municipio intenta revitalizar pero que exhibe aún contrastes brutales y carencias alarmantes. Nuevamente, un hecho fortuito pone al desnudo, con nombre y apellido, los datos asépticos y las cifras objetivas que todos conocemos pero que son una entelequia mientras no se corporizan en una situación concreta; y es así que la realidad nos golpea, presentándose sin maquillaje ante nuestros ojos.

La tugurización de ciertos barrios montevideanos parece una tendencia difícil de controlar y de revertir. Por más esfuerzos que realiza la Intendencia –y nos consta que es una de las prinicipales preocupaciones del arquitecto Arana– la etiología del fenómeno escapa a las atribuciones municipales y es responsabilidad del gobierno nacional.

Como recordábamos en editorial reciente, hay varios artículos de la Constitución perfectamente ignorados por los gobernantes desde hace ya demasiado tiempo. Notoriamente el 45, que establece el derecho a una vivienda decorosa a todos los habitantes de la República.

En efecto, el derrumbe ocasionado por la sudestada que nos está azotando deja en evidencia todo un cuadro de miseria y de omisión de los deberes del Estado. En el triste episodio se mezclan el drama del desempleo, el de las pésimas remuneraciones, el de la inseguridad, el de la marginalidad. ¿Cuántas otras familias uruguayas vegetan en condiciones similares, sobreviviendo de changas mal remuneradas, en viviendas indecorosas y en medio de la promiscuidad?

La otra noticia proviene de Fray Bentos y da cuenta de la drástica decisión adoptada por un grupo de jóvenes. Siete de ellos, nucleados en el Movimiento de Jóvenes Desocupados, han iniciado una huelga de hambre como medida extrema para llamar la atención de las autoridades sobre la situación límite que están viviendo.

En la nota se recuerda que el departamento de Río Negro ostenta el índice más alto de desempleo de todo el país, con el escalofriante porcentaje de cuarenta por ciento de la población económicamente activa.

El hecho –independientemente de sus ribetes dramáticos– mueve a una reflexión no exenta de ironía. Río Negro fue, durante muchos años, uno de los departamentos más ricos del país, con tierras feraces que permitieron un vigoroso desarrollo diversificado del sector agropecuario y de agroindustrias varias. Pero además, Fray Bentos –la capital departamental– fue un polo de desarrollo con una pujante industria frigorífica y con un movimiento portuario que la distinguía notablemente de las otras ciudades del Interior.

El caso de Río Negro se convierte así en un ejemplo escandaloso de hasta dónde puede llegar el abandono del aparato productivo y de cómo las políticas económicas dictadas desde los centros de poder y seguidas fielmente por los gobiernos locales, son capaces de desarticular una sociedad.

Dos noticias que muestran en toda su crudeza una sociedad desestructurada por un modelo inhumano que beneficia cada vez a menos personas y sume en la miseria a las grandes mayorías.

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