Chávez, Marcos, Marulanda

Leopoldo Amondarain

 

Tres hombres indoamericanos. Tres figuras que con dignidad se enfrentan al imperio y sus oligarquías vernáculas cipayas. Tres luchadores por las libertades de sus patrias y pueblos más carenciados, los indígenas y criollos propiamente dichos.

Chávez en su ámbito institucional dio cuatro elecciones en un año arrasando con el 80% de los votos a una clase política corrupta que tenía a Venezuela, una de las naciones más ricas del continente, tercer productor de petróleo del mundo, con más del 80% de su pueblo por debajo del nivel de pobreza. Reflotó la OPEP con los árabes que le dieron la presidencia y recuperó el precio del petróleo y sus riquezas en beneficio de su patria y su nación. Su revolución bolivariana marcha a velas desplegadas recuperando la economía, la producción, pero sobre todo dándole pan y cultura real y cívica al pueblo venezolano. Pero además, como si fuese poco, prohibió el vuelo de aviones militares yanquis en cielos venezolanos en defensa de la soberanía nacional, sentando de esa manera un ítem independiente del monstruo imperial del norte.

La otra figura es Marcos y sus indígenas zapatistas. 500 años de explotación rayana en la esclavitud del pueblo de Chiapas por las clases oligárquicas y con el apoyo durante 70 años del PRI gubernamental, que en forma dictatorial y arbitraria tiranizó México. Una resistencia y enfrentamiento constante de este líder carismático con sus indios en la selva Lacandona hace revivir emulando la histórica, principista y romántica figura de Emiliano Zapata que murió en su tiempo por idénticas razones.

Hoy se impone y es recibido por el gobierno y el parlamento mexicano tradicionalmente hostil a sus intereses y libertades, después de haber abandonado la protección natural que es su selva Lacandona y haber marchado más de 3.000 km desarmados para defender sus derechos. Verdadero ejemplo de coraje, entrega y convencimiento en una lucha absolutamente despareja en fuerzas materiales y militares pero rica en ideales, principios e ideas que redundan en logros libertarios, económicos y de vida digna de ese pueblo zapateca.

El tercero es Marulanda alias Tirofijo. Si bien no compartimos su filosofía política es innegable su lucha libertaria, entrega y sacrificio por el pueblo que como el suyo, colombiano, sufrió directamente como el que más las arbitrariedades y despojos yanquis. Teodoro Roosevelt les dividió el país, istmo de Panamá mediante, y con esa excusa, les creó otro estado «independiente», Panamá, que le aseguró el marco legal para adueñarse del canal con todas las prerrogativas y ventajas consabidas. De allí en más el sueño de la Gran Colombia se desvaneció bajo las botas y las presiones del imperio Marulanda ha pasado 40 años de guerrilla. Mucho antes que los cárteles de la droga existieran. O sea, su lucha no es punto de referencia comercial política o social con los cárteles. Fue en cambio la misma, desde su origen, contra la explotación vernácula de la oligarquía colombiana. Y ésta, apoyada por los yanquis y gobiernos dictatoriales, mantuvo la recepción económica, cultural, industrial y política por décadas. Por allí surge entonces la guerrilla reivindicatoria de los derechos legítimos y naturales del pueblo colombiano con los albores de Tirofijo.

Surge además, muy incipientemente la figura ecuatoriana del indio Antonio Vargas, presidente de la Celai, organización creada en defensa de los derechos indígenas, que defiende la dignidad nacional reclamando entre otros logros, reivindicar el Sucre como moneda propia ecuatoriana contra la dolarización que los gobiernos cipayos transaron y entregaron a los «rubios del norte». En buen romance, hay un despertar indoamericano en éste, nuestro tan castigado y sufrido continente. Estamos fallando en el sur, donde se nos quiere imponer un «gato pardo». Cambiar «algo» muy pocón, para que todo siga como está. La recesión galopante, la crisis económica real, la huida de la juventud y familias enteras al exterior a diario, la falta de horizontes y futuro es el denominador común en estos lares. ¿No habrá empezado a llegar el momento de «mirar y emular» a los pueblos norteños de nuestro continente en sus movimientos nacionales contra el entregamiento y corrupción de nuestras clases políticas dominantes?

* Convencional del Partido Nacional

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