Los muros

Con bombo y platillo y mucho alborozo mediático, se celebraron, en el continente europeo y en otras latitudes del mundo, los veinte años del derrumbe del Muro de Berlín, hecho ocurrido el 9 de noviembre de 1989.

La experiencia indica que hay una tipología de muros. Hay unos muros, como dijera Immanuel Wallerstein, que se construyen para dejar gente afuera y hay otros que se hacen para mantener gente dentro. Mientras que en el primer tipo de muros, muchos humanos desean traspasarlos para mejorar sus condiciones de vida, obtener seguridad, trabajo; los segundos, funcionan como un mecanismo de protección ante los otros, ante los que constituyen una amenaza política, religiosa o laboral, que buscan expropiarlo de lo que ellos consideran como suyo.

La historia es sabia en recordarnos la significación de muchos de los muros que se construyeron para evitar invasiones o combatir la violencia, hoy la existencia de algunos de ellos, que imposibilitan el libre flujo de las personas, son absolutamente contradictorios o paradójicos con un mundo de flujos, redes, continuidades o desdibujamientos de las fronteras.

Los muros de la globalización ya dividen a infinidades de países. Es así que tenemos, entre otros, los siguientes muros: México­EEUU, Israel­Cisjordania(Palestina), Ceuta­Melilla, Marruecos­Sahara Occidental, Chipre­Turquía, India­Pakistán (Cachemira), India­Bangladesh, Botswana­Zimbabwe, Arabia Saudita­Yemen, Kirquistán­Uzbekistán y la línea de paz entre el Belfast católico y protestante de Irlanda del Norte.

El muro que se construye entre México y Estados Unidos, se dice, forma parte de las modernas fronteras, aunque en la realidad significa el regreso a una definición primitiva y estancada del territorio, donde no sólo limita el libre desplazamiento de las personas, sino que ­fundamentalmente­ se convierte en una expresión de apartheid, de separación, segregación, aislamiento, repudio y sobre todo de exclusión.

Por si esto fuera poco, podríamos hacer mención también al muro de la desvergüenza y la inmoralidad, que no es de púas, no es de alambre y tampoco de cemento. Es un muro muy concreto, es el del hambre y viene in crescendo, tiene rostro humano, se anida en el alma, la sangre y el cuerpo de más de mil millones de seres humanos, según datos de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Los muros contemporáneos fragmentan el territorio y se oponen a los individuos, su estética ­desnuda e inhumana­ es lo que más perturba, su fin de excluir, de separar, de romper es lo que más escandaliza. Más allá de su apariencia, incluso artística: muros gruesos, altos, con cámaras de circuito cerrado, electricidad o alambre de púas, en su interior se encuentran miles de vidas humanas tratando de buscar un destino mejor.

Los muros ­y el emblemático de Berlín lo constató­ pueden ser eficaces en dejar fuera a mucha gente y en mantener dentro a muchas otras, pero a largo plazo su costo es altísimo, son políticamente abusivos y magnifican la injusticia y más si estos se convierten en las nuevas fronteras.

En definitiva, los muros no son ingenuos, amigables ni caritativos, constituyen, más bien y sin duda alguna, una expresión concreta que conspira contra la libertad y la democracia.

Por supuesto, hay quienes ante la existencia de los muros piensan, ­y asimismo actúan­, con una doble moral, esto es, les parece loable, gratificante y por ello lo celebran, con tanta pasión y entusiasmo, que el Muro de Berlín haya sido derrumbado, pero son los mismos que callan, promueven e incluso apoyan la existencia de los otros muros que se han venido construyendo en tiempos cuando se consideraba que ya nadie sería capaz de levantar su voz en defensa de tal perversidad.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje