Batlle, el memorioso, y las tribulaciones del candidato rosadito verdoso
Como es sabido, el tiempo estraga todo. La inteligencia también, aunque se deteriora se vuelve selectiva. Cuando el paso de los años nos augura un futuro incierto, es mejor saber por diablo que por viejo. Y si hay algo que Batlle sabe, es que alcanza con meter la cola, la pata ya la metió muchas veces, para enredar la recta final de la campaña. Hace alarde de una clarividencia que, como el personaje de Borges, Funes el memorioso, demuestra ser conocedor de todos los vericuetos de la historia de las cosas, presumiendo que tarde o temprano lo hará todo y lo sabrá todo. Así se lanza a describir con energía los detalles de oscuras conspiraciones, la identidad de los emboscados y aunque carece de pruebas, Batlle lo sabe todo. «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo», dijo Funes.
La caída de un caballo había despertado en este personaje esa singular cronometría. En Batlle el recuerdo se torna inquisidor pero no sincero. Más le valdría recordar cómo fue que durante su gobierno desaparecieron las armas del arsenal de la Armada y por qué impuso a su ministro de Defensa Brezzo el voto de silencio. También le convendría recordar que en los años de plomo planteó la formación de un comando antiguerrillero. Deseo que tristemente se cumplió y si no que lo diga su mentor Bardesio, que por estos días se empeña en no recobrar la memoria.
Más al final Funes agregó: «Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basura». Así, en esa clase de cloaca donde se cuecen la falta de honor, las lágrimas impúdicas y el cinismo desfachatado, el doctor Batlle pretende contribuir a la restauración del gobierno de unos pocos, hoy cada día más parecidos entre sí, más lejanos de los sentimientos y desvelos de la mayoría.
No menores pretensiones ostenta el candidato a presidente del partido rosado: se siente predestinado por la Providencia. En un rapto de iluminación ha percibido que su clarividencia conseguirá guiar al pueblo elegido entre matos y espinos al país de la redención y el equilibrio. «Qué más quiere uno para sí, equilibrio».
La vanidad de los seres humanos no tiene fondo. Con la misma impavidez que hoy argumenta a favor de compensar la «desproporcionada» representación parlamentaria del Frente Amplio y barrunta que Mujica no es como Vázquez, se presenta a sí mismo registrando derechos de autor del mentado equilibrio. Todo lo contrario de cuando opinaba que no se puede gobernar sin mayorías absolutas.
Porque alguien tiene que frenar ese desbocado corcel del pueblo que el dirigente tupamaro conduce con mano diestra. Los ímpetus de caudillo son superiores a su modestia.
Ya dio acabadas muestras de la cordura y sensibilidad con que trata a los atorrantes. No se sabe ahora si lo que busca es darles un baño o lavarles la cabeza. O por lo menos anestesiar las capacidades mentales de los ciudadanos y hacerles creer que es lo mismo un noticiero de televisión que la obscena patraña que montaron, por supuesto sin su consentimiento. Porque ahora resulta que, en la campaña por el balotaje se le deja libertad creativa a los estrategas para que interpreten las noticias a su antojo.
Pero eso no es todo. El doctor Lacalle y su equipo de asesores «estratégicamente» decidieron que estas piezas creativas se emitan solamente en el Interior. La desfachatez y la falta de respeto llegan al colmo. Digámoslo de una manera más coloquial: el doctor Lacalle salió a cazar a unos paisanos incautos. Canarios brutos, diría la jerga popular. Si no fuera tan insultante y denigrante de la gente diríamos que fue otro exabrupto del doctor, que en la pasión de la lid electoral se cometen deslices. Pero una decisión de esta naturaleza revela una maquiavélica deliberación de manipular las conciencias de la ciudadanía del Interior, a la cual ellos estiman menos crítica, menos preparada, es decir, bruta.
El doctor Lacalle no puede ocultar su vocación de patrón de estancia. La inveterada prepotencia de creer que a los ciudadanos hay que conducirlos con mano fuerte que, no obstante, llegado el momento se desfleca ante la prevalencia de otros más fuertes, como los poderes en la sombra de los tiempos de Berríos.
Mal día para pescar, señor candidato rosadito verdoso. Porque además de rosado es verde, por lo impúdico de su proceder. Este pueblo sí tiene memoria y recuerda el legado de infortunios que usted y su seguidor le proporcionaron. Este pueblo ha decidido que su interlocutor es alguien que nace de sus entrañas, que conoce sus sentimientos y que no necesita argumentar equilibrios porque ya los asumió. Sabe que mañana habrá que dar vuelta la página electoral y ponerse a trabajar con la gente. No sobre la gente. Sin mentiras, vivos para dudar, fuertes para creer y juntos para cantar.
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