EDITORIAL

Bastonazos de ciego y resignación

No hemos encontrado otro calificativo más apropiado para referirnos a lo que viene siendo la campaña electoral de la derecha rosada, aunque tal vez se podría recurrir a otra expresión sinónima: manotones de ahogado, que tiene la ventaja de metaforizar la situación en que se halla la fórmula de la coalición conservadora, sumergiéndose cada vez a mayor profundidad en el pantano de falsedades, infamias y calumnias que ellos mismos urdieron.

El Frente Amplio no logró el exigente porcentaje de votos requerido para obtener el gobierno en la primera vuelta, pero quedó en inmejorable posición para derrotar a la fórmula adversaria el último domingo de noviembre, con un total de votos que supera a los dos partidos tradicionales sumados. La inexplicable algarabía, el exultante regocijo exhibido la noche del 25 de octubre por la dirigencia y parte de la militancia nacionalista fue trocándose en alarma con el paso de los días y al conocerse la tendencia del electorado; y los rostros sonrientes se transformaron en muecas demudadas que revelan los verdaderos sentimientos de los candidatos rosados; lo único que se mantiene en pie son las sonrisas forzadas, huecas, inauténticas de los doctores Lacalle y Larrañaga como para ofrecer, inútilmente, la imagen de seguridad y optimismo necesaria para captar algún votito.

La suerte está echada, pero la derecha no baja los brazos aunque el agua le llegue al cuello; antes bien por el contrario, Lacalle, Larrañaga y sus aliados coyunturales como Batlle y Sanguinetti, se han dado a la tarea de agitar las extremidades superiores en busca de una soga salvadora. Pero es inútil: los manotones de ahogado sólo operan para hacerles perder pie y posibles votos. Como si estuvieran bajo el efecto de un hechizo, o como si fueran víctimas del «trabajo» de un macumbero, cada nuevo elemento al que apelan para salvarse se vuelve inexorablemente en su contra, describiendo una perfecta trayectoria de bumerán.

La prueba más concluyente de esto que afirmamos la tuvimos el martes 10, cuando el diputado Gustavo Borsari promovió el circo montado en el Senado con motivo de la interpelación a dos ministros por el caso Feldman y sus eventuales vínculos con el Frente Amplio y su candidato presidencial José Mujica. Toda una bajeza deplorable que terminó, como no podía ser de otra forma, en un gran papelón y con sus principales actores en medio del ridículo.

Han tocado fondo, y ese fondo nauseabundo y pringoso les atrapa los pies, se los envuelve y les impide subir a la superficie. Lo interesante es que, pese al discurso falsamente optimista de los dos integrantes de la fórmula blanca, se percibe claramente la desazón que ha ganado a las filas conservadoras ante una nueva e inevitable derrota electoral. A tal punto esto es así que un columnista de «El País» ­sí, ese matutino que ha proclamado su propósito de denostar a Mujica para impedir por todos los medios que sea ungido presidente de la República­ que firma como Pepe Preguntón, reconoce que la última esperanza a la que se aferra es a la ocurrencia de un milagro para evitar el triunfo de la fórmula frentista. Aquejado de una profunda resignación, dice el columnista: «La realidad que manejan los analistas indica que si antes del domingo 29 de noviembre no ocurre algo lo suficientemente extraordinario como para lograr que varias decenas de miles de uruguayos recapaciten acerca de su voto, el ex líder tupamaro José Mujica Cordano será el próximo presidente de la República». Y luego de un repaso de la trayectoria del presidenciable frentista en la que no faltan todos los lugares comunes habidos y por haber, termina sentenciando: «Mal que le pese a Mujica Cordano, y a su fiel ladero, uno advierte que al Uruguay sólo la Divina Providencia le puede salvar de este desastre. Yo, por si acaso, ya estoy rezando. ¿Y usted?». Todo sic.

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