EDITORIAL

Lacalle y un "ligero" cambio de opinión

LA REPUBLICA publicó ayer el contenido de una entrevista realizada al doctor Luis Alberto Lacalle, en 1999, en momentos en que apoyaba la candidatura presidencial colorada de Jorge Batlle para el balotaje.

En la nota Lacalle declaraba que «una de las razones para no votar al doctor Vázquez es porque no puede asegurar la obtención de una mayoría parlamentaria que sí tiene el doctor Batlle. Ese argumento es claramente determinante de que mucha gente no lo vote, porque genera incertidumbre, inseguridad, interrogantes acerca de lo que podrá hacer».

Diez años después, el doctor Lacalle, ahora candidato presidencial por el Partido Nacional, sostiene exactamente lo contrario. El centro argumental y también propagandístico de la campaña de la fórmula del Partido Nacional es el equilibrio, de hecho, su consigna central es: «El equilibrio está en tus manos».

Todo el andamiaje discursivo e ideológico del Partido Nacional se basa en que «es mejor» que el presidente «no tenga mayorías parlamentarias» y que lo ideal para el país es un supuesto «equilibrio» que se daría, según sostienen, si un partido tiene las mayorías en el Parlamento y otro ejerce el Poder Ejecutivo.

Lacalle fue consultado ayer sobre esta flagrante contradicción y su explicación fue: «Diez años no pasan en vano, tengo derecho a cambiar de opinión».

Cambiar de opinión sobre uno o varios tópicos es un derecho que le asiste a todo ciudadano, de hecho, son los cambios en la opinión de la ciudadanía los que permiten y hacen viables los cambios políticos, estos no se explicarían ni serían posibles sin aquellos.

El problema aquí es que no estamos hablando de cualquier cambio de opinión, de un matiz digamos.

Estamos hablando de uno de los elementos centrales de la institucionalidad del país, de uno de los fundamentos mismos del funcionamiento democrático y por si todo lo anterior fuera poco, estamos hablando del argumento central por el cual fue promovida la reforma constitucional que instauró uno de los balotajes más restrictivos del mundo en nuestro país.

El argumento central, sostenido por blancos y colorados, para impulsar la instauración del balotaje, como también recordó ayer LA REPUBLICA, fue justamente que permitía un presidente con respaldo popular y con mayorías parlamentarias.

En la explicación sobre su ligero cambio de opinión, Lacalle dice que el problema es el programa del Frente Amplio y que eso es lo que no tiene que tener mayorías. El argumento lo complica más aún, en ningún momento de la entrevista de 1999 se refirió al programa de Jorge Batlle, argumentó que Vázquez no podría gobernar porque no aseguraba mayorías parlamentarias. El ligero cambio de opinión de Lacalle no es comparable con otros, también llamativos, que tuvo durante el desarrollo de la campaña: primero iba a aplicar la motosierra al gasto social, luego dijo que mantendría los programas sociales del gobierno del FA; primero calificó a los beneficiarios del Panes como «80 mil atorrantes», luego cambió de opinión; primero comparó al Plan Ceibal con la tarjeta joven, luego reconoció que era muy importante y que lo apoyaba.

El punto de si un gobierno y más precisamente un presidente de la República debe tener o no mayorías parlamentarias es un aspecto clave de la política en cualquier país, en este también.

La campaña del Partido Nacional, se basa, casi exclusivamente en que eso es malo para el país y que lo mejor sería que no las tuviera.

Esa teoría, sumamente novedosa, del «equilibrio» es muy difícil de sustentar razonablemente, casi imposible.

Es muy difícil convencer a la ciudadanía que un partido con menos del 30% de respaldo del electorado, que debería hacer acuerdos con otros dos partidos, el Colorado con un 17% y el Partido Independiente con menos del 3% y ni aún así le alcanzaría, tendría mejores condiciones para gobernar que un partido, el FA, que por sí solo asegura mayoría en las dos Cámaras y además tiene el respaldo del 49,3% de la ciudadanía.

Tan difícil es que hasta el propio Lacalle argumenta en contra de Lacalle.

Los partidos políticos, cualquiera sea su signo, compiten democráticamente por lograr ¿qué?, el voto mayoritario de la ciudadanía. ¿Cómo se puede sostener que si un partido lo logra eso es malo? Difícil, muy difícil. Ni siquiera cambiando ligeramente de opinión, como dice que le ha ocurrido al doctor Lacalle.

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