Lágrimas y sonrisas

Los frenteamplistas sentimos habernos dado una puñalada artera, al provocarle dolor a quienes menos lo merecen, las víctimas del terrorismo de Estado. Si las listas del Frente Amplio suman más que las papeletas rosadas (47,49% y 47,36% respectivamente) cuando hubo votantes de todos los partidos que ensobraron la rosada, la responsabilidad principal es nuestra y de nadie más. Dijo bien Mujica que los plebiscitos quedaron opacados por la campaña electoral, pero ¿por qué? Porque el Frente Amplio como tal, y sus candidatos en particular, no enfatizaron la importancia del tema. Habrá que indagar los motivos. Pero está claro que el Frente no asumió la tarea como debía. Se evidencia una vez más la inadecuada conexión entre la fuerza política y los movimientos sociales. Otra vez, la iniciativa partió, se fortaleció y ganó la posibilidad del plebiscito desde el movimiento social, y tarde, como ha ocurrido otras veces, remoloneando, a regañadientes, el Frente le dio el visto bueno, de hecho lo puso bajo su égida y lo dejó fracasar.

Sus gobernantes y legisladores tendrán que enmendar el error. Con el pronunciamiento de inconstitucionalidad de la Suprema Corte en el caso de Nibia Sabalsagaray, lloverán solicitudes semejantes y se reiterará ese pronunciamiento, produciéndose una situación semejante a la inconstitucionalidad del IRPF. Esperamos que desde el gobierno se actúe contra la ley inconstitucional como se actuó en el caso del IRPF.

La segunda herida fue inflingida a los compatriotas residentes en el exterior al no aprobarse la ley que concede el sufragio epistolar, con guarismos peores: 36,93% de adhesiones. Este plebiscito convocado por el Frente Amplio tuvo aún menos divulgación, porque tampoco fue asumido con fuerza por el movimiento obrero-popular. Por ende, el 20% de los compatriotas residentes en el exterior seguirán excluidos de la posibilidad de votar, salvo que puedan venir desde sus países de residencia, convirtiendo este derecho en privilegio clasista. El Frente deberá seguir impulsando el tema, tanto ‘abajo’ en las organizaciones sociales y populares, como ‘arriba’ en las cámaras y en el Poder Ejecutivo.

En cambio, son muy buenos los resultados electorales, aunque no se haya logrado la victoria en la primera vuelta. Por lo pronto, será difícil perder la mayoría absoluta parlamentaria. Además, nuestros votos suman más de dos puntos de ventaja sobre el «Partido Rosado», por lo que si bien a éste no le es imposible, sí le será muy difícil vencer en el balotaje. Bastará para triunfar el apoyo de parte de los votantes del Partido Independiente, y no dudamos, de la mayoría de los votantes de Asamblea Popular.

Como jugada postrera, la reacción impulsa la falacia de pretender que se elegirá entre personas. La falacia ­lanzada al ruedo por el presidenciable colorado­ cumple varias funciones. La primera es ocultar la identidad de clase entre los dirigentes blancos y colorados. Aunque las figuras a optar no fueran Mujica ni Lacalle, ellos optarían por su candidato de clase. Ambos partidos, desde hace décadas, no representan aspiraciones diferentes y sobran ejemplos. Así vale recordar que el Sr. Juan María Bordaberry, presidente de la República electo por el Partido Colorado, años antes había sido senador del Partido Nacional.

En segundo lugar, la falacia busca concentrar el odio de clase contra Mujica por su actividad guerrillera, por su apariencia desaliñada, por la empatía alcanzada entre él y las clases populares. Se dice que Mujica es muy diferente al académico doctor Vázquez y se le contrapone. La campaña será agresiva y alcanzará ribetes sensacionalistas, arteros. Ya no son los tanques rusos los que vienen a destruirnos, ahora es Chávez, que ataca la propiedad y la democracia. Afinemos el discurso más allá de las valoraciones sobre Chávez, pues no es a él a quien se elige, ni Venezuela es Uruguay. Reflexionemos estas palabras: «Los altos sacerdotes políticos del privilegio de la riqueza tienen aguda conciencia del antagonismo existente entre la riqueza privada, la pobreza y la democracia política. No piensan que su obligación es la de llevar a la sociedad más allá, superar la era de la pobreza. Su misión, tal como ellos la ven, es engañar a la democracia y convencerla de que, en cada elección, debe votar a la riqueza y colocarla en el poder. Para este fin combinan sus planes y adaptan su lenguaje.» (Aneurin Bevan, dirigente laborista británico de posguerra en «Pobreza, propiedad y democracia»).

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