EDITORIAL

Progresismo versus restauración conservadora

Lo dijimos en nuestra edición del lunes siguiente a las elecciones internas, cuando quedaron definidas las candidaturas presidenciales de todos los partidos: la cuestión es entre la restauración conservadora y la profundización de los cambios impulsados por el primer gobierno de izquierda en Uruguay.

Al ser ungido el doctor Lacalle como candidato único del Partido Nacional, esa colectividad histórica pasó a ser fiel representante de los intereses de las clases dominantes, reacias a los cambios progresistas, aferradas al «ancien régime» y a los privilegios de que gozan merced al sufrimiento de las mayorías postergadas. El viejo partido de don Manuel Ceferino Oribe y Viana se despojó de todo resabio progresista. El tímido intento del doctor Jorge Larrañaga de mantener a su partido ubicado en el centro del espectro fue derrotado por la propuesta y el carisma indiscutible de un caudillo que nunca ocultó su adhesión a las doctrinas más reaccionarias. El doctor Luis Alberto Lacalle se ubica, ideológicamente, en el polo derechista de un partido que supo contar con hombres de neto perfil progresista como Lorenzo Carnelli, con su Radicalismo Blanco, abogado defensor de ácratas expropiadores; como don Bernardo Prudencio Berro, defensor de la soberanía y anticlerical (recuérdese el conflicto con las autoridades eclesiásticas en 1861); como Luis Alberto de Herrera, ilustre abuelo materno de Lacalle, que tomó partido por César Augusto Sandino y fue el mayor opositor a las bases militares yanquis en Uruguay; y finalmente ­sin olvidar a otras figuras relevantes del mejor nacionalismo como el doctor Héctor Lorenzo Ríos­ el último gran caudillo blanco, Wilson Ferreira Aldunate, bajo cuyo liderazgo indiscutible el Partido Nacional representó una opción claramente ubicada en el centro izquierda del espectro.

Todas estas figuras emblemáticas han sido prolijamente sepultadas o, lo que es peor, arteramente manipuladas para despojarlas de contenido con el propósito espurio de usarlas en beneficio del interés electoral. El doctor Luis Alberto Lacalle representa exactamente lo opuesto a la mejor tradición blanca, es decir que se ubica en la línea trazada por Martín Recaredo Etchegoyen, Mario Aguerrondo, Alberto Gallinal y otras connotadas figuras de la derecha más recalcitrante. Bajo su gobierno (1990-1995), llevó a cabo una gestión claramente antinacional impulsando políticas de efectos devastadores para el aparato productivo y, consecuentemente, para los asalariados y los humildes. En la línea del más puro neoliberalismo, fue un decidido partidario de la desregulación laboral y dejó de convocar a los Consejos de Salarios; cual émulo de Carlos Saúl Menem, propició la privatización de las empresas públicas, lo que le valió la radical oposición de una aplastante mayoría que derogó la ley en un plebiscito memorable; y, un dato no menor, entre los más férreos opositores a esa política se encontraba nada menos que el doctor Alberto Zumarán, coherente con sus profundas convicciones wilsonistas.

Este somero repaso de la personalidad y las características del candidato blanco permite concluir que la fórmula nacionalista ofrece un modelo de país radicalmente opuesto al que ha hecho suyo el Frente Amplio y que impulsa su fórmula.

El último domingo de noviembre, el electorado uruguayo habrá de optar por uno de dos modelos claramente definidos: o la profundización de los cambios que han permitido mejorar la condición de vida de las grandes mayorías, o el desmantelamiento de las reformas y una marcha atrás en el camino de la justicia social.

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