El Tola pasó a la eternidad
Escribe Héctor Vernengo *
La otra noche El Tola cambió de rumbo. Le debe de haber hecho una guiñada a Milka –su amor eterno–, debe de haberle sonreído y cambió de ruta.
No fue intempestivo. La vieja máquina a vapor, alimentada por bondades, nicotina, amoríos y todas las destilaciones conocidas, exhibía esas improntas.
El Tola era un artista. Plástico, pensador, profesor emérito de relaciones humanas. Todo diluido en un fisicón al que no le costaba nada tener la ternura de un tímido adolescente. Amigo de los amigos, y amigo de los amigos de los amigos.
Sin proponérselo jamás como meta, despertaba y sembraba quereres. Ahora mismo tengo dos nietas de 12 años que lloran, lloran sí, su muerte. Había llegado hasta ellas, dos hermosas y lúcidas pícaras, yendo como despistado hasta sus incipientes desarrollos. Lo adoraron porque no les había hablado desde el Olimpo; lo hizo deambulando como al descuido por sus caminitos. Y fue este verano que fueron receptoras de su inconmensurable tibieza.
Debo reconocer que no lo traté mucho. Sí lo quise mucho. Y también lo envidié mucho, no porque hubiese querido que me quisieran los mismos que tanto lo querían, sino porque hubiera querido que así me quisieran quienes han sido mis afectos queridos.
Hace poco se les incendió el rancho que era medio estudio y archivo. ¿No lo habrá hecho hacer de gusto para que la leyenda se autoalimente indefinidamente? Porque fue un protagonista de leyendas, pero además, todas las grandes y hermosas leyendas merecen su protagonismo.
El y su familia toda sufrieron el odio, la persecución y la ordinariez del régimen oprobioso. Como en pocos casos los aplastó a grandeza. Nunca pudieron llegar a su altura. ¡Era mucho pedir! Incluso que sólo se arrimaran para entender algo…
El Tola era agudo, profundo, y cultivaba el humor en sus mejores dimensiones. Y nos deja algunas.
Decidió que lo cremaran y hoy se sonreirá entre su melena enmarañada cuando intenten cremarlo y se den cuenta de que es incombustible. La materia de que estaba constituido era sólo el sostén de la espiritualidad esencial. No arderá, no se quemará, sembrará conciencias y lugares alimentando recuerdos.
¿Quién se anima hoy impunemente a pasarle una raspa a Pinio?
Y se va a dar otros gustos. Ya cuando vayamos llegando a Pirirápolis no nos invadirá la tristeza que nos produce hoy día ver ese armatoste arquitectónico que se ha querido adueñar de la entrada al balneario, porque asomará su inmenso recuerdo, como un hombre montaña, sosteniendo en su mano, con una sonrisa comprensiva, una pequeña maquette del intruso.
Yo nunca puedo evitar mi condición de notario. Y les hago un prevención a Mario y a Claudio. Una prevención con fines contrarios a la común de los colegas. Les recomiendo que acepten la herencia bajo beneficio de inventario, no por el pasivo sino por el activo, ese activo de vida, de generosidad, de sabiduría, de libros o de boliches, activo difícil de llevar en la mejor y más fuerte de las alforjas.
Ayer se fue un pedazo de patria, Piriápolis quedó como embobado y envuelto en la tristeza.
Pero su recuerdo –que no sufrirá de amnesias– seguirá iluminando a Piriápolis de todo su color y su poesía.
Te fuiste así, Tola, para no abandonarnos.
* Periodista
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