Está soplando en el viento
Miren hoy los colores del país: ¡hay novedades! Un verde fluo pequeño y rectangular, laico, gratuito y obligatorio ha impregnado el paisaje hasta en el más recóndito rincón del país, universalizando la cultura digital como otrora; el Uruguay acometió con éxito el reto de universalizar la alfabetización. Se agrega con orgullo al blanco de la túnica y al azul de la moña.
Otros colores son de circunstancia: colores de campaña. Rojo, azul y blanco que brotan con alegría y esperanza en todas partes, aún en tierras ancestralmente hostiles a la bandera de Otorgués.
¡Cuánto ha cambiado el Uruguay en las últimas décadas! Vale la pena recapitular a modo de sinopsis en tantas alegrías y padecimientos, en siembras y en cosechas.
Lo cierto es que uno contempla el espectáculo de estos días y no puede sino advertir que las ideas y valores del progresismo han devenido en sentido común: el frenteamplismo se respira en el aire y sus distintivos lucen desinhibidos en rincones perdidos del Uruguay, dónde sólo 30 años atrás no eran siquiera imaginables
Ya desde 1994 no fueron sólo obreros y estudiantes sino excluidos, pobres y empresarios de cabeza abierta y predispuestos a la innovación. Por eso en la caravana de éste último domingo salieron a la calle, a defender la siembra, los hurgadores en sus carritos, con sus niños exhibiendo las «ceibalitas», como estandartes, pero también se podían apreciar autos costosos y muy costosos de compatriotas de buen pasar, cuyos vehículos embanderados denotan una serena convicción : «Bienvenido sea el impuesto a la renta que me cobran, si el destino es, por ejemplo, el Plan Ceibal». En términos evangélicos, parecen ser los «camellos» que pasan «por el ojo de la aguja» y apuestan a confluir en un proyecto nacional que construya un Gobierno honrado y un país de primera». No son pocos, son muchísimos.
En 1895 se reeditaba «Las luchas de clases en Francia» de Karl Marx y era Frieidrich Engels, quien redactaba el prólogo correspondiente. Mucha agua había corrido por debajo del puente a esas alturas. Marx ya había muerto en 1883.
Friedrich Engels describe, con insuperable buen decir, una escalada represiva que llevaba a los defensores del statu quo a endurecer sus proyectos de ley contra la «subversión».
Hemos leído millones de veces el cierre de este Prólogo y nos conmueve siempre como si se tratara de nuestra primera lectura. Ilegalizado y perseguido el Partido Socialista Alemán, que venía avanzando en forma significativa a través de vías democráticas y pacíficas, Engels cierra este prólogo con este símil de insuperable sagacidad política y bellísima factura literaria.
Muchos ubican en este perspicaz prólogo de Engels el click fundamental del tránsito del socialismo revolucionario al socialismo reformador. También se ha anotado su categórica influencia sobre el comunista italiano Antonio Gramsci, cuando elabora, como eje estratégico para las transformaciones económicas y sociales, el concepto de hegemonía tomando distancia del paradigma clásico de la «toma del poder» (con sus clásicos íconos: «La Bastilla» o el «Palacio de Invierno»)
Recapitulemos el iter constitutivo del Frente Amplio, su ilegalización, las persecuciones de que fue objeto, sus héroes y sus mártires y compartamos la lectura de la pieza de Engels. Allí donde dice cristianos, lea usted frenteamplistas y adónde reza cruces, sustituya por escarapelas tricolores; permítase el disfrute y la emoción de haber participado en la gesta de semejante construcción colectiva.
«Hace casi 1600 años, actuaba también en el Imperio Romano un peligroso partido de la subversión. Este partido minaba la religión y todos los fundamentos del Estado; negaba de plano que la voluntad del Emperador fuese la suprema ley; era un partido sin patria, internacional, que se extendía por todo el territorio del Imperio. Llevaba muchos años haciendo un trabajo de zapa, subterráneamente, ocultamente, pero hacía bastante tiempo que se consideraba, ya con la fuerza suficiente para salir a la luz del día. Este partido de la revuelta que se conocía por el nombre de los cristianos, comenzó también a tener representación en el ejército: al tiempo, legiones enteras eran cristianas. Cuando se los enviaba a los sacrificios rituales de la iglesia oficial pagana, estos soldados de la subversión comenzaron a llevar su atrevimiento hasta el punto de ostentar, en sus cascos, distintivos especiales cruces en señal de protesta. Hasta las mismas penas cuartelarias de sus superiores eran inútiles. El emperador Diocleciano no podía seguir contemplando como se minaba el orden, la obediencia y la disciplina dentro de su ejército. Intervino enérgicamente porque todavía era tiempo de hacerlo. Dictó una ley contra los socialistas, digo, contra los cristianos. Fueron prohibidos los mítines de los revoltosos, clausurados e incluso derruidos sus locales, prohibidos sus distintivos las cruces como en Sajonia los pañuelos rojos. Los cristianos fueron inhabilitados para desempeñar cargos públicos, no podían ser siquiera cabos. Se prohibió sin rodeos que los cristianos pudiesen reclamar sus derechos ante los tribunales. También esta ley de excepción fue estéril. Los cristianos, burlándose de ella, la arrancaban de los muros y hasta, se dice que, le quemaron al emperador su palacio, en Nicomedia, hallándose él dentro. Entonces, éste se vengó con la gran persecución de cristianos del año 303 de nuestra era. Fue la última de su género. Y dio tan buen resultado, que diecisiete años después, el ejército estaba compuesto predominantemente por cristianos, y el siguiente autócrata del imperio romano, Constantino, al que los curas llamaban el Grande, proclamó el cristianismo religión del Imperio».
Está soplando en el viento. Son vientos de octubre: traen aire fresco: ¡Carpe diem!
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