Edilberto, el revolucionario
\Mi sobrino Edilberto siempre fue medio díscolo; desde chiquito prefería juntarse con los botijas más reos del barrio antes que con sus compañeritos del British. Toda la familia estaba alarmada, y sus padres ni te cuento. Como no podía ser de otra manera, cuando le llegó la hora de votar, Edilberto marcó distancia de su familia y, en su primera experiencia de ciudadano, introdujo en el sobre de votación un papel con la inscripción «Políticos putos».
Luego fue madurando y votó al Partido Comunista, pero poco a poco supe que había sido ganado por los grupos radicales; con el rostro oculto por el «passe-montagne» que le tejió la abuela para el frío, se dedicó con ahínco a apedrear vidrieras y a arrojar cócteles molotov.
Con el objeto de conocer cuál es su inclinación electoral actual, lo visité en su pent-house de Villa Biarritz (regalo de sus padres cuando cumplió 18). La cordialidad con que me recibió no fue óbice para que me tratara de cerdo burgués vendido al imperialismo, calculando que mi visita se debía al propósito de hacerlo votar a la izquierda.
Pero ¿de qué izquierda me hablás? La única izquierda acá es Asamblea Popular me espetó con vehemencia. Todo lo demás es pura mierda, y el Frente Amplio es la madriguera de los traidores, encabezados por el terrateniente Mujica, que no bien empezó a degustar las mieles del poder, se convirtió en un temible aliado de la derecha. ¿Vos ya te olvidaste del asado que comieron en la chacra del Guapo? ¿O vos te creés que la guerra verbal desatada ahora es posta? Puro grupo. No seas ingenuo, tío, Mujica está más cómodo con Lacalle que con los cañeros de Artigas.
Apenas repuesto de la sorpresa, le pregunté qué medidas proponía él en caso de llegar al gobierno.
–Es tan fácil… Primero, reforma agraria radical. Echamos a todos los estancieros y repartimos la tierra entre los peones. Después, nacionalización de la banca y del comercio exterior. Todo en manos del Estado. Expropiamos todas las industrias y los comercios, talleres, quioscos y puestos de feriantes; los ex dueños pasan a ser funcionarios estatales. Municipalizamos el hotel Conrad y lo destinamos a colonia de vacaciones de Adeom y del Suat. Los yates del puerto de Punta del Este se los damos a los pescadores artesanales.
Enseguida, abolimos la reforma tributaria. ¿Para qué queremos impuestos si el Estado será el dueño de todo, no te parece? Haremos realidad la consigna marxista: de cada cual según sus posibilidades; a cada cual, según sus necesidades. Yo, por ejemplo, necesito «Caballito Blanco», otros necesitan grapa; yo necesito nafta para el Mercedes, otros necesitan boletos para el ómnibus. ¿Entendés?
Designamos a Mabel Lolo como intendenta de Montevideo y vas a ver cómo se acaban los conflictos. Para el Ministerio del Interior, me gusta Sarthou: así se podrá desarticular el aparato represivo del Estado. Y para la Cancillería, Irma Leites: rompemos relaciones con EEUU, con la Unión Europea, con Chile, con Colombia y con Brasil, y nos confederamos con Venezuela, Bolivia y Ecuador… ¿Qué hacés, tío? ¿Te vas? ¡Pará, tío, no te vayas; dejame terminar!
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