Tola Invernizzi

Alberto Caymaris

 

Muchos escribirán sobre el Tola, y con datos más abundantes que nosotros, sobre su vida tan rica, vibrante y alegre. Pero nosotros estamos escribiendo con la admiración y el amor que le profesamos durante los largos anos que nos conocimos.

Lo recordamos cuando lo vimos por primera vez –cuando yo era un joven recién venido del Interior– entrar por la puerta ancha del Sorocabana, altísimo, con una gran melena, y tomando a dos muchachas por los hombros. Fue una ráfaga de alegría y belleza, inolvidable imagen que me hizo sentir como querer ser él.

Después, aunque no nos tratábamos, seguíamos las alternativas de su vida ligada siempre al arte y a las luchas y a las definiciones políticas. Supimos más tarde que había ido a vivir a Piriápolis, y ahí, gracias a otro querible como Pinio Ungerfeld, nos conocimos directamente. Luego, largas charlas, conocimiento de primera mano de su arte, integración a la Casa de la Cultura y Amistad Uruguay-Cuba donde un enorme cuadro suyo muestra el tesón inquebrantable del país hermano de defender su soberanía y su dignidad.

Nosotros casi no podemos con este dolor que nos deja ver que somos mortales, que no nos veremos más. Que para él no existirá más nada, que no volverá a entrar por la puerta ancha del Sorocabana de la plaza Libertad con dos muchachas tomadas por los hombros.

Milka, su esposa, Mario, Claudio, y Carlos, sus hijos, merecen el respeto a su silencio.

* Abogado

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