La M de Mujica
Es imposible despojarse de la subjetividad que cada uno tiene para opinar de otros, más aún cuando ese otro es el candidato favorito para acceder a la Presidencia de la República, cuando se tienen años y se ha transitado con él en circunstancias diversas, y cuando hay que esperar el momento adecuado para responder a afirmaciones equivocadas e inoportunas. Pero debe intentarse.
Con el Pepe militamos pocos años juntos. Compartimos la experiencia imborrable cuando Fidel anunció las primeras 36 nacionalizaciones de compañías norteamericanas en el Estadio Latinoamericano de béisbol (1960). Compartimos la alianza que significó una de las experiencias de acercamiento entre izquierdas, la Unión Popular. Pero después de las elecciones (1962) se resquebrajó (1963) y dejamos de vernos, hasta que compartimos el 10 de marzo de 1985, día de la amnistía de los presos políticos. El 14 salieron los indultados, condenados por «delitos de sangre», para quienes se negó la exculpación judicial, aunque delitos de lesa humanidad cometidos al amparo del terrorismo de Estado fueron sepultados hasta hoy bajo la Ley de Caducidad.
Meses antes los rehenes tupamaros fueron traídos al Penal de Libertad. Se vivía la agonía de la dictadura de la Doctrina de la Seguridad Nacional, no obstante lo cual, la guerra sicológica duró hasta el minuto final. El 10, pasado el mediodía, los militares empezaron a liberarnos por orden alfabético. Cuando llegó la hora de los presos de la L, la inteligencia militar invirtió el abecedario y comenzó la liberación de los compañeros de la letra Z. Llegada la M, con el abecedario de atrás para adelante, nuevamente se invirtió. Tocó el turno de la L. El último «ropero» que llevaba hasta la puerta de entrada a los amnistiados, se cargó con rezagados de la L y con los apellidados con la letra inicial M. Ahí se nos aclaró porqué tanta inteligencia derramada. Era la M de Mujica, el rehén al que no pudieron acusar de «delitos de sangre», siendo en el trayecto insultado y amenazado por los custodios, obligándonos a todos a guardar la calma duramente aprendida.
¿De qué se le acusa hoy a Mujica? Los tontos y sinvergüenzas le acusan de lo que no le pudieron acusar jueces de la calaña de Silva Ledesma. Un rehén, de desprenderse de las humillaciones sufridas. Un «investigador» de traicionar como Rivera. El presidente coopera: después de elogiar a Lacalle como «un gran presidente» sostiene que él dice estupideces.
¿Por qué todos le disparan? Más allá de sus lagunas teóricas y errores políticos, Mujica ha demostrado consecuencia militante, aún en sus lagunas y errores, resaltable frente a otros líderes sin pasado militante. Nada garantiza ni en él ni en ningún otro que los superará. Pero, ¿alguien que ha pasado catorce años en cárceles, atravesando las peores situaciones, y que liberado sigue militando, puede traicionar a los vivos y olvidar a los muertos? Si bien «nunca digas nunca» esta hipótesis catastrófica no parece razonable.
Lo esencial, empero, radica en la relación conductor-conducido. Siempre, entre quien está al frente de su pueblo y éste, se establece una relación dialéctica, en que cada uno influye en el otro. Todo dirigente, que acaudilla o lidera a los suyos desde una comisión barrial a un presidente de la República, piensa, busca soluciones, da órdenes, y a la vez, se ve influido por ideas, por sentimientos, por voces de apoyo o discrepantes. La capacidad del dirigente radica en escuchar, adoptar ideas de otros, pero a la vez, mantener el rumbo. De los precandidatos del FA demostró ser, para la militancia y los votantes, el mejor (y quizás el único) capaz de garantizar esa relación de conductor y conducido. Por eso, los militantes más cercanos o lejanos a él, tenemos que ser firmes y aun duros en la crítica, sin caer en la bajeza del agravio o de la atribución de intenciones.
El elegido por los fascistas para ser el último insultado es el elegido por su pueblo para afirmar la soberanía nacional, cesar o aminorar la fractura social con la inclusión de los desheredados y de los compatriotas dispersos por el mundo, escudar a los suyos del odio de clase de los privilegiados asustados y soñar con un Uruguay integrado y hermanado con los pueblos de nuestra América. Por eso él debe tener presente a Don José: «Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana», que es la del Congreso y la del pueblo. Y la de nadie más.
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