EDITORIAL

Honduras: libertad o despotismo

El lunes el mundo fue sorprendido por la noticia. Después de 86 días de exilio obligado, tras ser derrocado por un golpe de Estado, Manuel Zelaya, el presidente constitucional hondureño regresó en forma clandestina a su país. Según narró el propio Zelaya, ingresó desde Nicaragua con un reducido grupo de acompañantes, atravesó montañas y sectores de selva y burlando la vigilancia golpista llegó a la capital.

La presencia de Zelaya en Honduras actuó como catalizador de al menos tres factores trascendentes.

El primero: la inmediata respuesta popular en respaldo al presidente constitucional. Los que enfrentamos golpes de Estado sabemos que no es fácil sostener durante 86 días una movilización. Se requiere decisión, valor y organización. Las organizaciones populares hondureñas han demostrado tenerlo. ¿Les alcanzará para hacer retroceder a los gorilas que ahora detentan el poder? Todo parece indicar que no. Que solos no.

Por eso es tan importante el segundo factor: La condena internacional a los golpistas ha sido de una fuerza desconocida en la región. Todos los gobiernos, es cierto, algunos con más fuerza que otros; todos los organismos regionales, han condenado el golpe y no reconocen a la dictadura.

La Unasur, el ALBA, el Parlamento Centroamericano, hasta la OEA han sido firmes en sus pronunciamientos. Los gorilas están aislados como nunca estuvo una dictadura en la historia del continente.

Además la actitud de Brasil de resguardar a Zelaya en su embajada es un gesto político de enorme magnitud. El gobierno de izquierda de Lula se jugó la ropa en defensa de la democracia y contra el golpe. Es un gesto que no debe pasar desapercibido.

La interrogante planteada es si la confluencia de estos dos factores, la movilización popular y el decidido respaldo internacional a la democracia, serán suficientes para derrotar a los gorilas hondureños.

No queda otra opción que profundizar las dos cosas. La más riesgosa y jugada, que es la movilización popular y el respaldo interno y la también decisiva solidaridad internacional.

Es la única posibilidad para incidir sobre el tercer factor que es el resquebrajamiento o consolidación del bloque de poder golpista.

El golpe de Estado en Honduras, no es un golpe militar, los militares una vez más fueron un instrumento y son claramente un factor de poder. Pero no son los únicos. El golpe lo dio la oligarquía hondureña, los propietarios de las maquilas y los señores feudales del agro; los dueños de los medios de comunicación; los banqueros y financistas y también, una elite corrupta y clientelar que lleva décadas haciendo de la política un negocio muy lucrativo. Además, recibieron el apoyo de la jerarquía de la Iglesia Católica, aunque no, por cierto, de las comunidades católicas de base y de un muy importante número de sacerdotes y laicos que están movilizados con su pueblo.

Esta rosca oligárquica, parece estar dispuesta a todo. Ayer, lejos de abrirse al diálogo, lanzaron una represión salvaje contra los miles de manifestantes que rodeaban la embajada de Brasil: balas de goma, gases lacrimógenos, garrotes, todo el arsenal represivo tan conocido en estas sufridas tierras. Incluso llegaron a mandar a cuerpos represivos a la puerta de la embajada brasileña para exigir a Zelaya que se entregara.

Ante esa reacción, cabe la pregunta: ¿actúan solos? ¿solamente son cavernarios o cuentan con algún respaldo? No hay respuestas claras aunque si algunas pistas.

El gobierno de EEUU ha condenado el golpe, pero no es un secreto que los golpistas, militares y civiles, cuentan con simpatías en el Pentágono, en los aparatos de inteligencia y hasta en los sectores más retrógrados del Capitolio. También cuentan con simpatías entre las oligarquías latinoamericanas. La derecha del continente no se ha jugado explícitamente pero ha dado señales. El gobierno derechista de Panamá anunció que esta dispuesto a reconocer un gobierno surgido de elecciones convocadas por la dictadura. Los medios que son la claque de la SIP, en todo el continente, también aquí en Uruguay, no hablan de golpe ni de dictadura, llaman a los gorilas «gobierno interino». El FMI otorgó hace unos días un crédito de 140 millones de dólares a la dictadura. ¿Llamativo no?

Por todo esto, es la hora de la solidaridad sin fisuras, sin dudas.

Solidaridad con el gobierno legítimo de Honduras y sobre todo con su sufrido y valiente pueblo.

No hay lugar a equívocos ni a medias tintas. La cuestión es entre la libertad y el despotismo.

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