EDITORIAL

Aceptar bases es una traición

El intento norteamericano de consolidar su presencia militar en Colombia no es, para nada, un hecho aislado o coyuntural. Apoyar al gobierno colombiano en el combate al narcotráfico, el terrorismo, el tráfico de armas, la emigración ilegal y los desastres naturales es un mero pretexto para la política imperial de Washington hacia Latinoamérica.

 

Sin embargo, la pretendida iniciativa antinarcóticos y antiterrorista se traduce en una gigantesca operación militar que tiene como verdadero propósito servir como valla de contención social, y al avance progresista en América Latina, trascendiendo las fronteras de Colombia.

 

Las instalaciones militares en Cuba, Puerto Rico y Panamá constituyeron el embrión de lo que hasta hoy ha sido la presencia y, sobre todo, la nefasta influencia militar norteamericana en la región.

 

Históricamente, el imperio del norte garantizaba así la defensa de sus intereses en lo que aun sigue considerando su patio trasero. En reiteradas ocasiones, partieron de esas bases o se entrenaron en ellas las fuerzas norteamericanas y sus cómplices criollos, para agredir a naciones latinoamericanos.

 

Juntos con las bases, vienen los programas de ayuda militar, las ventas de armas, la capacitación de oficiales latinoamericanos en centros de instrucción en Estados Unidos y la, cada vez más creciente, realización de ejercicios conjuntos, lo que también es una evidencia de la injerencia de Washington en una región en donde el progresismo avanza y se consolida.

 

Las bases colombianas, con la presencia norteamericana, es una clara señal de amenaza a la Venezuela socialista del presidente Hugo Chávez.

 

Hoy Colombia es el caballo de Troya en la Unasur, así lo demostró en la reciente reunión de Quito, en donde se negó a dar los detalles de los acuerdos militares con Estados Unidos. Todos lamentamos la intransigencia de Colombia que no quiere transparentar el convenio sobre las bases militares, y esa es sin duda la opinión de los restantes once países de la Unasur. El encuentro de Quito puso en evidencia el aislamiento de Colombia en un contexto en el que los países sudamericanos avanzan en la búsqueda de medidas comunes capaces de lograr la región de paz que requieren los pueblos para su desarrollo, pero que no podrá lograrse hasta eliminar las actuales amenazas que llegan desde el Norte.

 

Debe quedar claro, los políticos latinoamericanos que acepten una base militar estadounidense en su país son traidores a su patria, porque para combatir el narcotráfico o proteger la población ante desastres naturales un país que se respete a sí mismo no necesita mercenarios, ni soldados, ni bases militares norteamericanas.

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