El viraje del doctor Larrañaga
Nadie puede olvidar el fraternal encuentro ocurrido en la chacra floresina del senador Larrañaga entre éste y el senador José Mujica, hace aproximadamente un año.
Por entonces, las encuestas de opinión todavía revelaban una predominancia del líder de Alianza Nacional sobre el doctor Lacalle en la puja interna del nacionalismo que meses más tarde se resolvería en las internas de junio con el triunfo incuestionable del ex presidente.
Pero interesa recordar cómo se situaba el ex intendente sanducero en el panorama político nacional y qué imagen intentaba transmitir a todo el electorado, y no solo a los votantes blancos. Eran tiempos en que la autodefinición ideológica del larrañaguismo ubicaba al Partido Nacional en el centro del espectro político-ideológico. ¡Cuántas veces hemos oído al doctor Larrañaga proclamar «los blancos no somos de derecha ni de izquierda; somos los blancos, y ocupamos el centro»!
Es así que el «Guapo», creyéndose invencible, trataba de mostrar a su Partido como la encarnación del centro, equidistante de la izquierda y de la derecha, pero con un fuerte componente de progresismo heredado del wilsonismo, de cuyos principios se proclamaba sucesor. La propuesta y el discurso nacionalistas tenían cierta credibilidad y parecían ofrecer al electorado uruguayo una tentadora alternativa entre la propuesta socialdemócrata del Frente Amplio y la restauración conservadora propiciada no sólo por el Partido Colorado sino, también, por el lacallismo.
De ese modo, Larrañaga se desmarcaba del Herrerismo y del gobierno conservador que encabezó su líder entre 1990 y 1995; pretendía, por lo menos formalmente, derrotar al Partido de contenidos wilsonistas.
Prescindiendo de aquella postura intransigente observada en oportunidad del ofrecimiento gubernamental para integrar organismos de gobierno, Alianza Nacional y sus aliados llevaron adelante una oposición moderada. Y el encuentro entre Larrañaga y Mujica a que hacemos referencia al comienzo fue visto por muchos como una señal positiva hacia posibles acuerdos. El discurso de Jorge Larrañaga en la campaña por las internas se alineó en el mismo sentido, con propuestas medianamente progresistas y con críticas muy duras a su adversario interno y competidor, doctor Luis A. Lacalle; recordemos que hubo una severa condena a los hechos de corrupción ocurridos bajo el gobierno de Lacalle, al tiempo que se lo acusaba de haber llevado al Partido a la estrepitosa derrota de 1999.
Sin embargo, el triunfo del Herrerismo en las internas trajo aparejados muchos cambios. En primer lugar, trajo consigo un predominio absoluto del pensamiento herrerista dentro del Partido Nacional, que lo obligó a abandonar todo intento de reconstrucción wilsonista. Contra lo que suele ocurrir cuando se sella un pacto o se llega a un acuerdo, no hubo en la conformación de la fórmula nacionalista concesiones recíprocas; ni tampoco incorporación de propuestas del perdedor al programa común. Hubo un sometimiento del perdedor a la línea ideológica y programática impuesta por el vencedor.
Y eso trajo como consecuencia un viraje marcado en el discurso del doctor Larrañaga. Sepultando rápidamente toda referencia a acuerdos y olvidando el trato cordial que había mantenido con José Mujica, Jorge Larrañaga aceptó complaciente el papel que le asignó Lacalle y su discurso apuntó a denostar si no a agraviar al candidato frentista.
Con esa postura, el candidato blanco a la vicepresidencia ha perdido credibilidad, y será muy difícil que logre atraer a esa masa de blancos marcados por el wilsonismo, que no ven en Lacalle a un correligionario sino prácticamente a un adversario.
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