Ginebra: Cuba vs EEUU

La honorabilidad de los gobiernos latinoamericanos a prueba

Jorge Casals Llano

 

De año en año, desde hace ya nueve, los Estados Unidos son abofeteados diplomáticamente por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Por novena vez consecutiva, el 9 de noviembre pasado, la inmensa mayoría del más representativo organismo internacional apoyó la posición de Cuba y marginó totalmente a la representación norteamericana. Ante su aislamiento en la Asamblea General, cobardes y taimados, los representantes del imperio del norte cada año mueven sus peones en la Comisión de Derechos Humanos de NNUU para, en Ginebra, lograr que Cuba sea condenada y justificar así su deleznable política contra los cubanos.

Así, entre 1992 y 1997, los Estados Unidos, mediante presiones, chantaje y la intervención directa de sus más connotados dirigentes –incluido el propio presidente norteamericano– promovieron con relativo éxito la condena a Cuba en Ginebra. Luego del fracaso norteamericano en 1998, en 1999 y en 2000 los gobiernos de la República Checa y Polonia fueron las marionetas utilizadas por los representantes del imperio para lograr sus objetivos. Una idea de lo absurdo de la posición norteamericana –y la de los que la siguen– lo da la comparación de los resultados de las votaciones en la Asamblea General y en la Comisión de Derechos Humanos: en la Asamblea General, 167 votos a favor de Cuba, 3 en contra y 4 abstenciones (año 2000); en la Comisión de Derechos Humanos, en 1999, 21, 20 y 12, en 2000, 21,18 y 14. Sólo los tontos o los malintencionados pueden no ver la relación entre las votaciones, sólo los necios o los perversos pueden querer hacernos creer que en Nueva York y Ginebra se votan cosas distintas. Allá y acullá se vota a favor de David o de Goliath, por Cuba o por el imperio, con honor o con deshonor, se le da o no a los EEUU la apariencia de legalidad para justificar sus acciones contra el pueblo cubano.

Nuevamente este año, en este mes de marzo, volverá a la Agenda de la Comisión –como no podía ser de otra manera promovido por los EEUU– «el caso Cuba». Y desde ya los representantes norteamericanos mueven sus peones e inventan nuevas historias de terror y sofisticadas maneras de repudio a la revolución cubana –como la excrecencia artística «Antes de que anochezca», que seguramente pronto será presentada en Montevideo– con el objetivo de generar sentimientos anticubanos. Sin embargo, no han podido –porque nunca existieron– dar la ubicación de un cementerio clandestino en la isla, ni el nombre de un desaparecido, ni dar pruebas de un torturado, ni de una sola lesión producto de la tortura, ni de una secuela de una enfermedad mal atendida en prisión, ni de una foto, aunque fuera trucada, de un campo de tortura. Acompañan esta vez los enemigos de Cuba sus mentiras con los intentos de confundir a la opinión pública y por ello «discuten» en sus cámaras un supuesto levantamiento parcial del bloqueo económico, cuando en realidad han hecho éste aún más feroz (si alguien duda de la anterior afirmación, le recomendamos leer las declaraciones de la Cuban American Foundation –en inglés, en español no existe– en las que más que aprueban, aplauden, las nuevas medidas legislativas en discusión en los EEUU).

Al lector objetivo, que busca entender de qué lado está la razón, le basta con responder unas pocas preguntas para saber quién o quiénes realmente son los que violan los derechos humanos en Cuba, quienes deben ser juzgados en Ginebra:

¿Fue el actual gobierno de Cuba el que armó y entrenó a los soldados de la dictadura de Fulgencio Batista que mató a más de 20.000 cubanos?

¿No fue el gobierno de Eisenhower el que armó y entrenó y el de Kennedy el que dio apoyo logístico a los mercenarios que, desde territorio centroamericano, atacaron a Cuba por Playa Girón con el costo de decenas de cubanos muertos y heridos?

¿No fue acaso desde territorio norteamericano –con la anuencia de los gobiernos norteamericanos de turno– desde donde partieron decenas de incursiones mercenarias que bombardearon La Habana, quemaron cañaverales, atacaron centrales azucareras y realizaron decenas de incursiones terroristas contra la isla con su natural secuela de muertos, heridos y mutilados?

¿No fueron los gobiernos de los EEUU –desde Eisenhower hasta Clinton y seguramente también así será el de Bush– los que decretaron y reforzaron el bloqueo económico a la isla para, en acción genocida, hacer que el pueblo cubano se rindiera por hambre?

¿Acaso no tiene prohibido el gobierno de Cuba utilizar en sus transacciones internacionales la moneda más utilizada, el dólar estadounidense, lo que trae innumerables dificultades y costos adicionales a la isla en sus operaciones con el resto del mundo?

¿Será Cuba –o más bien a la inversa– la que prohibe que los buques mercantes que toquen sus puertos no puedan hacerlo en puertos norteamericanos?

¿No ha sido acaso la Central de Inteligencia norteamericana la que ha introducido las más variadas enfermedades en la isla –lo que ha sido más que probado por científicos cubanos– y el gobierno a la que sirve la que le ha prohibido a Cuba adquirir tecnología médica y hasta medicamentos, incluidas las aspirinas?

¿No ha sido esta propia agencia la que, en colaboración con la mafia norteamericana, ha tratado de crear el caos y desestabilizar al gobierno cubano mediante el asesinato de su presidente?

¿No fue la CIA la que entrenó a los que posteriormente volaron un avión cubano en pleno vuelo matando a todos sus tripulantes y que aun hoy organizan actos de terrorismo contra la isla?

¿No han sido los sucesivos gobiernos norteamericanos los que han promovido los viajes ilegales a su territorio, incluyendo el estímulo a los viajes ilegales mediante la llamada «Ley de Ajuste Cubano», en la que han muerto centenares de cubanos?

Para alertar contra la nueva afrenta que se gesta para su puesta en escena en Ginebra, recientemente, en la inauguración de una escuela internacional de deportes en La Habana, el presidente cubano, Dr. Fidel Castro Ruz, exhortó a los gobiernos latinoamericanos a asumir una posición «digna, honorable, valiente e independiente» en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, a lo que añadió, advirtiendo al imperio: «Creen que acaso nos atemorizan con sus miserables maniobras en Ginebra, no se imaginan hasta qué punto nos reímos de sus ridiculeces». Es que, como señalara en las NNUU refiriéndose a Estados Unidos el ministro de RREE de Cuba, Felipe Pérez Roque: «Se puede inspirar terror mediante el uso de la fuerza, pero jamás simpatía. Se puede ser el más fuerte, pero no querido y respetado. Se puede imponer el poderío, pero no tener autoridad moral ante los demás. Se puede ser el más rico, pero no el más virtuoso. Se puede mentir, pero no lograr engañar a todos indefinidamente. Se puede martirizar a un pueblo, pero no se le puede impedir que luche con todas sus fuerzas por el derecho a la libertad y a la vida».

Y luchar por la vida y la libertad es lo que han hecho los cubanos durante ya más de 40 años en batalla desigual contra el imperio más poderoso que jamás haya existido sobre la faz de la tierra. Y lo que más le duele a sus enemigos, con éxito.

Mucho se habla de la Declaración Universal de los Derechos Humanos al propio tiempo que se oculta su contenido. Sería bueno que los detractores de Cuba la releyeran y, con honestidad, busquen otro lugar en el mundo donde se garantice, como en la isla, el derecho a la salud, a la educación, al trabajo digno y sin discriminación, el respeto a la dignidad humana. Ni un solo torturado desde la época de la lucha contra la dictadura, ni un solo desaparecido, ni un solo niño arrancado de los brazos de sus padres, ni un solo niño, j
oven o adulto sin escuela, ni un solo habitante de la isla sin trabajo o asistencia social, ni un solo cubano sin la mejor asistencia médica absolutamente gratuita, ni un solo joven que no pueda desarrollar al máximo sus capacidades y su inteligencia, ni un solo niño o adulto hurgando en los basureros para subsistir… y todo ello a pesar del infame bloqueo, del desmoronamiento del campo socialista y hasta de los errores cometidos en la conducción de la economía. Ningún pueblo culto es un pueblo esclavo y en Cuba es ley la enseñanza de su Apóstol, José Martí: «Ser cultos para ser libres» por lo que no existe país en el mundo que dedique tantos recursos y esfuerzos a la educación de su pueblo.

No es Cuba una sociedad perfecta pero si perfectible y los cubanos luchan cada día denodadamente por ello. Aceptan consejos pero no imposiciones, críticas aunque no mandatos, sugerencias, nunca ucases, vengan estos de donde vengan y háganlos quienes los hagan. Al propio tiempo no olvidan nunca al enemigo poderoso que tan cerca tienen –ni a sus aliados internos y externos– ni la guerra que no pueden perder porque perderían la cubanía que les es tan cara. Por ello mismo, tampoco aquí, olvidan las enseñanzas de Martí: «… y cuando la guerra, como en Cuba, es la patria, cualquier falta de vigilancia, cualquier falta de persecución, cualquier falta de ataque, cualquier descuido que de al enemigo lo que se le puede quitar, o le permita recibir lo que no debió llegar a él, es un delito de traición a la patria».

Hoy nuevamente, cuando los enemigos declarados de Cuba vuelven a tocar las puertas de las casas de gobierno de América Latina en busca de cómplices para la fechoría en Ginebra, bien vale recordar la admonición martiana: «A los pueblos de la América española no pedimos aquí ayuda, porque firmará su deshonra aquel que nos la niegue».

* Cubano, profesor universitario

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