Coloradismo y "renovación"

¡Sanguinetti para el 2004!

Decididamente, la capacidad para la renovación de los líderes no es el fuerte del coloradismo.

El ingreso de figuras jóvenes, entendiendo esto como ¡algo menores de 65 años!, que no es la adolescencia precisamente, hace tiempo que no se da.

Como es habitual, la fuente, la raíz nutricia del liderazgo es el ejercicio mismo del poder político.

Una tendencia creciente a la repetición conduce a que no hay otra carrera hacia la presidencia que no pase por el ejercicio del poder y principalmente del poder presidencial.

El envejecimiento de los líderes es la contrapartida humana del conservadurismo en materia de ideas, programas y proyectos.

La «carrera» hacia el poder supone el adiestramiento en el ejercicio del mando burocrático y, sobretodo, el ingreso al sistema de compromisos con los representantes de los intereses del «orden conservador».

Sanguinetti, primer civil que accede a la primera magistratura después de doce años de dictadura, fue el caballo del comisario de una elección donde los candidatos, los tres candidatos naturales –Jorge Batlle, Wilson Ferreira Aldunate y Líber Seregni– estaban electoralmente proscriptos por los militares en el poder.

En los cinco años de su primera presidencia alcanzó las destrezas y acordó los compromisos que le dieron la jefatura de su partido y su segunda candidatura, en la que volvió a salir airoso como el candidato de las tendencias anti-progresistas.

El acto, en cierto sentido de proclamación, realizado por el Foro Batllista en Maldonado mostró de manera simbólica los rasgos esenciales de lo que ha sido, es y será el sanguinettismo como expresión de las tendencias rutinarias más corrosivas del sistema político uruguayo, de las formas de acción política que se amamantan del Estado.

En materia programática, las definiciones son las consabidas fórmulas retóricas que pretendiendo abarcarlo todo no se definen por nada: «el Estado –dice la declaración aprobada– no es más el planificador pero tampoco un desertor indiferente a la penuria de sus ciudadanos».

Ni un extremo ni el extremo contrario: o sea, no hay definición: «El país –agrega la declaración– no quedará encerrado en un debate ideológico trasnochado entre quienes todo lo siguen reclamando al Estado y quienes todo lo esperan del mercado».

La parte oratoria estuvo también ilustrada por una serie de invencibles parejitas dialécticas donde se enfatizó la necesidad de «armonizar el desarrollo económico con el desarrollo social y otras» genialidades completamente novedosas.

También revisten significación inocultable otros tramos de la jornada del jueves.

En el acto, tal como lo registra la crónica de nuestro corresponsal en Maldonado, no faltó el mensaje autoritario y vagamente populista, propio del «heredado pachequismo» que hoy encarna el Foro Batllista.

Efectivamente, el señor Alejo Fernández Chaves volvió a reiterar el peligroso sofisma de contraponer los derechos humanos de los presos con los del resto de la población: «Hay una discusión absurda sobre los derechos humanos de 3.000 o 4.000 personas en el país que han violado todos los derechos humanos de la sociedad».

Esta «humanista» reflexión fue seguida de una serie de elogios al ministro Stirling, quien, según conjeturamos, es posible que haya pensado para sí en ese momento «buen Dios cuídame de mis amigos que de mis enemigos me cuido solo».

Simbólico resulta asimismo la suerte de homenaje político con que fue favorecido el señor Benito Stern, quien hizo referencia a «la postura ética de los colorados de Maldonado a lo largo de su historia».

El ex ministro de Turismo, como se sabe, es acusado penalmente por el fiscal Enrique Moller a partir de las denuncias realizadas apenas asumió la cartera por el nuevo ministro, Alfonso Varela.

Un acto, como se puede apreciar, bastante completito para apreciar el perfil político, programático y ético de un sector del coloradismo en el gobierno.

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