El prejuicio y la razón

Para las ideas la máxima tolerancia. Para las conductas la máxima intransigencia. Maestro Osorio

Frente a la descalificación instalada como sucedáneo del pensamiento argumental, razonamos que quizá algún día alguien publicará la Enciclopedia General de la Irracionalidad y el Prejuicio. Cuando eso ocurra, aquí en el Uruguay nos dividiremos seguramente en dos grupos. De un lado los partidarios del prejuicio y la irracionalidad; del otro, los sostenedores del pensamiento de Voltaire, en sus dos ideas clave: 1) «No creo lo que tú dices, pero daré mi vida por tu derecho a decirlo» y 2) «La razón requiere que uno alcance sus conclusiones, sin apelar a la religión, a la pasión o a la regla». Veremos, para sorpresa de los menos, y penas de los más, como los cultores de los extremismos ultra, de ambos signos, manejan los mismos argumentos, razonan sobre los mismos parámetros, y usan iguales armas dialécticas. Pero la minoría sorprendida se apenará y la mayoría apenada se sorprenderá, cuando compruebe que el vendaval de la pasión y la furia del ataque no se da tanto entre los cultores de los extremos, sino que ocurre un curioso contubernio y esos extremos, ahora hermanados, se lanzan contra los cultores de la razón y del respeto al ajeno. Voltaire dixit. Pero hay más. Ese ataque es unidireccional y desigual, como es siempre desigual la lucha que enfrenta al prejuicio apasionado, (que machaca repetidamente una palabra como campana de bronce de un solo sonido) y la razón que sólo se defiende arguyendo.

La palabra, ese don de Dios, suele quedar sujeta al concepto de densidad que enseña la Física. La densidad, es el peso por unidad de volumen. Es la volátil pluma frente al pesado plomo. El plomo tiene mucho peso en su volumen. La pluma casi nada. El plomo golpea y destroza. La pluma acaricia.

Si a una palabra le amontonamos letra sobre letra, sílaba sobre sílaba, conservando siempre el mismo volumen, la palabra se hará cada vez más pesada, será más densa. A medida que la palabra pesa más y más, comienza a dejar de ser una entidad gramatical, interrelacionada en la composición de la frase, para adquirir vida independiente. En ese momento la palabra deja de ser palabra, para convertirse en proyectil o garrote con «licencia para matar». En la Alemania de Hitler, cuando se quería deshacer a alguien se le señalaba como judío. No importaba que el acusado, alto, rubio, de ojos azules comprobara «documentadamente» su «pureza sanguínea» a través de diez generaciones. No, eso no servía. Había sido herido por una «palabra con peso», ­la de más peso en la Alemania nazi­ y todos sus esfuerzos, de ahí en más, se circunscribirían , no a demostrar lo que él era, ­un ario alemán­ sino a probar lo que no era. Era el prejuicio hecho justicia, o lo que es lo mismo, la justicia al revés. En otras palabras, había perdido vigencia el concepto de: «Todo hombre es inocente mientras no se pruebe lo contrario». Su lugar lo ocupaba lo de: «Todo hombre es culpable mientras no pruebe su inocencia». Así camina el prejuicio. En la Alemania nazi se destruía a un hombre acusándolo de judío; en la URSS de Stalin, de reformista o trotskista; en la España de Franco de republicano, o socialista, o comunista, o masón. Y aquí, en Uruguay, se pretende destrozar a los bienpensantes con la palabra-proyectil «marxista». No importa que el marxismo sea para sus cultores, ­que aquí son minoría­, una doctrina total a las interrogantes socio­económicas. Que sea para los más, una herramienta imprescindible ­pero herramienta al fin­ para el correcto análisis de la historia por la vía del estudio de la incidencia de los factores económicos, de época y de ambiente en la conducta de los conglomerados humanos. «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen como quieren; no la hacen bajo condiciones escogidas por ellos mismos, sino en condiciones que les son dadas y transmitidas del pasado», decía Karl Marx, y no hace falta ser marxista para compartir la tesis del filósofo germano. Curiosamente, los ideólogos del prejuicio y de las palabras con densidad, eligieron el anti-marxismo antes que el anti-comunismo como caballito de batalla. «Comunismo» es muy definido y ya no sirve como garrote, aunque «Comunismo chapa 15″ fue usado por el líder ruralista Benito Nardone, en su «período blanco» y, anteriormente, por el presidente Terra para romper con la República Española. Al presente es más funcional lo de «Marxismo». Es más genérico, más impreciso y su uso como arma es por ende más canallescamente efectivo. Durante el «proceso» ­y por el proceso­ los uruguayos fueron agredidos en masa con el anti-marxismo usado a modo de garrote, y fueron miles los que vivieron la peripecia del «alemán ario» arriba citado. Hoy día y en este momento, es deplorable comprobar la existencia de rebrotes de prejuicio, con nuevos ingredientes. «Palabras Garrote» tales como «populista» que amén del prejuicio primario contiene una fuerte dosis de racismo, ­cuando se trata del «indio» y presidente Evo Morales o del «mestizo» y también presidente Hugo Chávez­ se han vuelto recurrentes.

El éxtasis del absurdo en materia de prejuicios es la demonización de las palabras «Asamblea Constituyente». Que por más que el profesor grado cinco José Korzeniak haya explicado hasta el hartazgo, que: «Existen cinco métodos en la Constitución para enmendarla total o parcialmente. Que el de la Asamblea Constituyente ha sido el menos empleado. Que aparte de la de 1830, sólo hubieron Asambleas Constituyentes en 1917 auspiciada por José Batlle y Ordóñez, y en 1934 por la dictadura de Terra. Que todas, las demás modificaciones a la Constitución se hicieron por los otros cuatro medios que ella permite».

Esta apuesta a la mala memoria nos lleva a una historia real. Durante un discurso en el Presidium, el entonces «Premier» soviético Nikita Khrushov atacaba ferozmente al fallecido Stalin, acusándolo de inepto, antipatriota y asesino. De pronto, una voz no identificada salida del fondo preguntó: ¿Y tú, camarada, donde estabas cuando ocurrió todo eso?

Khrushov suspendió la lectura del discurso y contestó: ­»Donde estás tú ahora, camarada».

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